Para todos los amigos que aún no lo sepan he abandonado este blog y he abierto otro. Ahora me encuentro en Accés a Maians, lugar en el cual voy colgando las nuevas entradas y donde me gustaría encontraros a todos.

dijous, 29 de març de 2012

PERSONAS

A veces, una breve imagen pillada casi al azar propicia un replanteamiento sobre algún tema. O una nueva perspectiva.

Es lo que me sucedió el otro día. En el informativo de la tele (sería el de TV1 o de TV3, desde la desaparición de Cuatro no veo otros) aparecía un parado hablando de su experiencia. Y puso el énfasis en la cuestión de la autoestima. Vino a decir cosas que también yo, sin haber estado nunca parado, he llegado a plantearme en ocasiones. Y eso que hablo de oídas.

En ocasiones, dijo, cuando estaba a solas pensaba que probablemente su vida había sido un fracaso. Algunas veces pensaba incluso que un gran fracaso. Que algo había hecho mal, que probablemente él no servía para la vida (como si la vida fuera un trabajo, que supongo que un poco lo es), que su mala situación podía deberse esencialmente a no haber sabido manejar bien la existencia. El hombre lo resumía hablando de la anulación afectiva a que le llevaba esa situación.

Todos sabemos que el paro no son cifras, sino personas. Y lo más duro, seguramente, son las secuelas psicológicas. Me gustaría haber podido tener la oportunidad de hablarle a ese hombre para decirle que la culpa no era suya, que nadie había fracasado. Que la cosa era más sencilla, y más terrible. Que la vida de muchos necesita cobrarse estos peajes, exactamente como los imperios necesitan muertos en combate para que algunos puedan vivir como reyes. Y me hubiera gustado poderle dar una palabra de ánimo, con la certeza de que los males tienden a acabar algún bendito día, que espero que sea pronto.

Son esas cosas que le dan a uno: me gustaría decirle, me gustaría contarle a ese señor que sale por la tele. Tonterías... La vida luego hace que la realidad se imponga. No necesitamos tele, en realidad no la necesitamos.
A principios del presente curso descubrí que habían abierto un nuevo restaurante cerca del trabajo. Un miércoles, que es uno de los dos días que me quedo a comer en el trabajo, me dirigí hacia allí, diría que con excesiva desenvoltura, porque me dejé la cartera en el departamento del instituto. El dueño, un hombre de mi edad, era enormemente agradable y cocinaba muy bien. Como no había nadie más nos entretuvimos hablando. En el momento de pagar pasé un malísimo rato cuando comprobé que no llevaba el dinero. Alarmado le expliqué dónde trabajaba y prometí que volvería en un minuto. Pero el dueño no quiso, que se fiaba de mí, que mañana sin prisas... Me despedí algo azorado, dándole las gracias y sintiéndome ridículo. Naturalmente al día siguiente entré en el restaurante con el dinero en la mano y saldé mi deuda.


A partir de entonces cada miércoles durante meses me dirigí a mi nuevo restaurante mientras se iba creando una relación no exactamente de amistad pero sí de confianza y simpatía con Pau. La comida en el restaurante de mi nuevo amigo resultaba agradable, aunque me extrañaba que no hubiera nunca nadie. Sorprendente porque ya digo que cocinaba bien y no era caro (pero en épocas de crisis ni lo más extraordinario puede ser suficiente). Hasta que hará cosa de un par de semanas descubrí el restaurante con la persiana bajada. Oí a alguien dentro y llamé a la puerta de la cocina, que me pareció medio abierta. Una voz, la de Pau, me invitó a que pasara. Entré por la cocina y me dirigí al comedor. El espectáculo no puedo quitármelo de la cabeza: entre montones de cajas de embalar y trastos por doquier, Pau derrotado sentado en una silla con una botella de anís delante. Barba de dos días. Literalmente anulado. Le pregunté lo obvio: que qué pasaba. Tuvo las fuerzas suficientes para hacer un chiste.

- Estic arruinat - me dijo sonriendo amargamente pero con ironía - Semblo la Karen Blixen a Memorias de África.

Se levantó para darme un abrazo. Luego vino lo inevitable: el correo, la promesa de si me enteraba de algo, y nuevamente la autoestima: Ja ho veus, vaig néixer estrellat. Le dije lo que suele decirse en estos casos, pero lo dije sinceramente: que era educado, correcto, simpático, enormemente agradable y que cocinaba muy bien. Y que por tanto era una injusticia que se viera en esa circunstancia, y que llegaría un día en que volvería a tener suerte. Torpe, sí, seguramente, porque uno no está acostumbrado a encontrarse cara a cara con el rostro de la derrota. Me explicó que el restaurante había sido su última apuesta. Con ese fracaso había perdido sus ahorros e incluso su piso; no le quedaba otra que trasladarse a casa de su hermana. En fin, no sigo, porque la escena acaba siendo enormemente previsible.

También lo es cómo he quedado yo desde entonces. Me acuerdo mucho de Pau y deseo que pronto le vaya todo muy bien.

Sí, el paro no son cifras: son personas que las pasan canutas. Me gustaría pensar que nuestros políticos no pierden de vista este detalle nunca.

dijous, 22 de març de 2012

VERONA O LA FATALIDAD

Descubrí el candado como símbolo del amor eterno en Verona, la patria de Romeo y Julieta. En el momento de cruzar el Ponte Navi observé, sujetos a las farolas, un racimo de candados con nombres escritos que, por fuerza, tenían que significar algo. Uno, aunque lento, no es torpe del todo. Y comprendió el simbolismo al pensar que se encontraba en la patria de los amantes literarios por excelencia. Imposible no pensarlo por otro lado: todo en Verona rezuma Romeo y Julieta: al lado de la Trattoria Capuleto encuentras el Forno Julieta o la librería Montesco. Es, a pesar de estos excesos, una ciudad bonita, mucho. Dulce, como un pedazo de Toscana trasplantado al norte.Meses después, en París, vi que en el Pont des Arts, en los pretiles de hierro cantados por Julio, se repetía la historia de los candados. Y todavía hay más; en el puerte de Triana, en Sevilla (recién visto, este fin de año pasado). Siempre el puente sellado con el candado.


Encontrarle el simbolismo es muy fácil, cuando las cosas son tan evidentes. La unión viene señalada por el puente, que une orillas opuestas. La fusión por el candado, que amarra, fija, en un acto burdo de magia simpática.

Así somos los seres humanos. Enormemente previsibles pero con una inmensa necesidad de afecto.Y ahora vean estas otras fotos de la misma jornada en Verona: la primera es del balcón de Julieta. No puede nadie figurarse cómo está de llena la casa de Julieta: cientos de turistas emocionados, pagando sus buenos euros para entrar en la casa y asomarse al balcón. Era tanta la emoción contenida que estuve a punto de gritarles que su mitomanía literaria era mayor incluso que la mía, rayando lo enfermizo. De gritarles lo que toda esa caterva de gente parecía no saber, no sospechar: que Julieta y Romeo son dos personajes literarios, que Julieta no existió, que jamás habitó aquella casa, que no se asomó jamás a ese balcón, que todo es un burdo parque temático para sacarles los cuartos.

Pero hay más: fíjense cómo están las paredes de la casa de Julieta. Hechas un asco. Porque parece ser que también es mágico estampar tu nombre y el de tu pareja. Deben creer que se trata de la fórmula infalible contra los divorcios (escribir dos nombres en una pared o poner un candado exige menos esfuerzo que la paciencia, que el diálogo diario, que los intentos constantes por fomentar las relaciones y dotarlas de cimientos sólidos... en fin).Porque así somos también los seres humanos, aparte de enormemente previsibles y buscadores incansables del afecto: tirando a cándidos, poco dados a la crítica y con una tendencia tremenda a ensuciarlo y destrozarlo todo.

dissabte, 17 de març de 2012

PASTILLAS Y PEDAGOGÍA

Yo, que soy docente, me acerqué siempre, ni que fuera intelectualmente, a la tarea pedagógica con un enorme respeto. El pedagogo, el tutor, era esa persona que hacía que el joven, el puer, descubriera el mundo, aprendiera, asimilara, y llegara a ser mejor persona, más autónomo y con mayor autoestima. El pedagogo ponía límites, normas, mostraba el mundo al adolescente, la mejor y la peor cara del mundo. Le entregaba también las armas para que pudiera valerse por sí mismo en un mundo no siempre fácil, además de darle una cultura, y las herramientas para que pudiera enriquecerla a lo largo de su vida. El pedagogo no engañaba, era duro, inflexible en las cosas importantes, sabía que poner límites es una tarea que no admite rendiciones. Pero el pedagogo era también flexible en el acercamiento al joven; le conocía, sabía de sus momentos, de sus inseguridades, de su carácter, de las particularidades de la adolescencia, y adaptaba su plan docente a esas circunstancias humanas y a la personalidad concreta de cada caso.


Eso es lo que trato de hacer en mi devenir profesional cotidiano. No es fácil porque los alumnos son muchísimos, la burocracia excesiva y las personas no llegamos siempre a todas partes. Pero puedo asegurar, mi conciencia lo sabe, que eso es lo que intento cada día.

Es por eso que cuando hace años me ofrecieron implicarme en el desarrollo pedagógico de un centro dije que sí. Cuando llevaba una semana en el cargo se me acercó la psicopedagoga y me comentó algo sobre cierta alumna con dificultades. Tras una breve charla me soltó a bocajarro:

- ¿Tú crees que debemos derivarla al cesmij?

La miré. ¿Cesmij, había dicho? ¿Qué demonios era cesmij? "Déjame considerarlo un par de días", le respondí sin demostrar mi desconocimiento. Aquel mismo día supe que cesmij significaba Centre de Salut Mental Infantil i Juvenil. Pero aquel día supe también que acababa de abrirse la compuerta del apasionante mundo de las siglas. Nunca jamás he visto tanta sigla junta como en mi época de Coordinador Pedagógico. Afortunadamente las he olvidado todas, menos la del CSMIJ, que así se escribe, y la inevitable del TDAH. Y todas las siglas llevaban más o menos a lo mismo: que los niños que no trabajan o se comportan como verdaderos salvajes es porque están enfermos y por tanto hay que darles una pastilla, justificarlos, no oponerse a ellos, mucho menos a los padres que los defienden de esta forma y entender que como no todo el mundo puede hacer lo mismo se debe hacer lo mínimo para que todo el mundo pueda hacerlo. Aunque luego, ya por cuestión de inercia, ya ni siquiera lo mínimo se termine haciendo.

Supe también al poco tiempo que la tarea pedagógica en nuestro mundo de locos significa llenar papeles y más papeles que luego nunca nadie va a leer. Programaciones, planes pedagógicos, documentos de centro, memorias, los llaman.

No pretendo que esta entrada sea representativa de lo que ocurre en todos y cada uno de los centros de España o del mundo. De todo habrá. Pero no creo equivocarme si digo que las cosas en general no van bien y que buena parte de culpa la tiene el haber olvidado todos lo que significó siempre ser pedagogo. Para el pedagogo en su concepción histórica lo que realmente debería importar es lo que he dicho al inicio: la formación integral y respetuosa del alumno, atendiendo a sus especificidades. El darle al alumno conocimientos y cultura. Y, también, los límites, la educación, y ese gran desconocido, el esfuerzo. Y, otra cosa necesaria, dotar al alumno de resistencia ante el fracaso.

Llevo 18 años en esto y puedo estar equivocado en todo, o en casi todo, pero no en mi experiencia que me demuestra la bajada constante de nivel académico a lo largo de estos 18 años. Algún amigo en la educación universitaria me confirma también que allí llegan cada vez peor, y que la cosa comienza a ser seria.

La izquierda confundió en su día la anhelada educación para todos con el desatino actual. Lo que un pedagogo debería buscar no es igualar el rasero por la parte baja sino una educación integral de calidad. Y por lo que deberíamos luchar no es por un ordenador por alumno (que eso, con la crisis, afortunadamente ya nadie lo dice) sino por un óptimo sistema de becas para que todo el mundo que quiera y tenga aptitudes para estudiar pueda hacerlo de forma totalmente gratuita, recibiendo un sueldo incluso si su talento así lo merece.

A los profesores, en lugar de pedirnos mayores niveles de exigencia cultural y obligarnos a una formación continuada de verdad, nos organizan cursos para explicarnos que estamos obligados a aprobar a un chaval que escribe avia hido a l'istituto aqueya gornada por la sencilla razón de que el niño es disléxico y el pobre no tiene ninguna culpa. Digámoslo claro: los profesores recibimos presiones para aprobar masivamente, incluso a alumnos con un nivel equivalente al del ejemplo.

La culpa es de todos por ser tan acomodaticios con la impostura cotidiana.

(El título de esta entrada remite a la novela unamuniana Amor y pedagogía... ¡Cómo han cambiado los tiempos!)

diumenge, 11 de març de 2012

UMAMI Y LA CULTURA

Pongámonos serios porque la cosa lo merece. Hace cosa de un año, en una conversación a la hora del patio en el instituto, se generó una de esas conversaciones intrascendentes habituales. Alguien comenzó glosando cierto restaurante de moda al que había ido a cenar durante el fin de semana, otro señaló que lo mejor del mismo era la repostería, una tercera persona respondió que ella prefería el sabor salado y el profesor de gimnasia que se estaba sacando un café dijo que no olvidáramos el amargo. Yo, que también lo tomo sin azúcar, le di la razón. Las sonrisas de la conversación intrascendente se interrumpieron en seco cuando apareció la snob del centro, una mujer de mediana edad que sabe de todo. Naturalmente la gente pasa de ella, pero lo terrible es que ella no pasa de la gente. Puso el oído y escuchando la conversación sobre los sabores, aseveró que ella, de entre todos los sabores básicos existentes prefería, sin dudarlo, el sabor umami. Y se marchó con esa altivez que la caracteriza.


¿Umami, había dicho? Como suele suceder en estas ocasiones nadie preguntó que qué sabor era ese. Al contrario, la conversación siguió tras esa sorpresa inicial, ignorando a la snob como hacemos siempre, y pensando todos en buscar ese sabor en google nada más poner los pies en casa.

Hice los deberes. Los cuatro sabores básicos (sabores básicos es lo que dijo la snob, la jodida sabe de todo) son el dulce, el salado, el ácido y el amargo, que se detectan en diferentes zonas de la lengua, desde el extremo hasta el fondo en ese orden. De todos ellos nuestra lengua puede captar diversos matices. Curiosamente del que más matices se pueden detectar es del amargo: ello es debido, según algunos, al instinto de supervivencia, puesto que la mayoría de venenos son amargos (dudo que este detalle lo sepa la snob). Desde siempre se han señalado otras variaciones además de los cuatro sabores básicos, como el agrio o el astringente.

El umami sería, según algunos, un quinto sabor básico. Se detectaría en la zona central de la lengua (ver mapa) y sería un sabor difícil de definir. Bien, difíciles de definir lo son todos. ¿Cómo definir el dulce? ¿O el salado? Los sentimos, los reconocemos y ya está. Imposible explicarlos con palabras. Son, como la mayor parte de cosas que sentimos, claramente inefables.

Pero de la misma manera que decimos dulce y todos sabemos a qué nos estamos refiriendo, porque el dulce forma parte del acervo cultural de todos nosotros, con el umami es más complicado porque en nuestra cultura ha pasado muy desapercibido. Donde sí se ha valorado es en oriente. El sabor umami, definido como el sabor gustoso, es el sabor que hace que un plato resulte más apetitoso. Es el sabor que podemos apreciar en la carne, en el marisco, en ciertos tipos de queso. Hay umami en las conservas, en la comida envasada (lo ponen para que el plato resulte más apetitoso), en algunas verduras, en la salsa de tomate. Es el sabor que impregna la comida rápida, la salsa de soja, las hamburguesas BigMac, el salmón ahumado o las costillas de cerdo. Es el sabor gustoso, como decía.

Se me dirá, ¿qué tiene que ver el el queso con el jamón, y éste con la salsa de soja? Es difícil explicarlo mejor. Todos ellos tienen sabores totalmente diferentes pero comparten el umami.

Siempre es delicado afirmarlo, si uno quiere ser honesto con uno mismo, pero creo que ya lo reconozco. Para asegurarme pensé primero en hablarlo con la profesora snob, pero me dio corte, probablemente porque yo no soy snob (bien, seamos honestos: ni me planteé hablarlo con ella porque no la soporto). Lo que sí hice fue interesarme por ese extraño nombre, de origen japonés, y pensar en cómo podríamos traducirlo aquí (defecto de filólogo, supongo). Un profesor de Navarra propone llamarlo sabor fragante, o incluso una opción que yo prefiero, sabor untuoso. En cualquier caso es curioso nuestro mundo. La cultura condiciona incluso algo tan subjetivo como es nuestro propio paladar, y el nombre que le damos a las cosas, y el reconocimiento de las mismas.

Eso, eso es lo que le diré a la snob cuando me vuelva a incordiar con su sapiencia inoportuna: "Has de pensar, Mercè, que la cultura lo condiciona todo, incluso algo tan subjetivo como es nuestro propio paladar, y condiciona también el nombre que le damos a las cosas, y el reconocimiento de las mismas.". Y entonces me daré la vuelta y me largaré con su altivez característica.

dilluns, 5 de març de 2012

RONDA DEL GUINARDÓ

En la primera guerra del golfo, a principios de los 90, era yo un estudiante de los cursos iniciales de la Universidad que iba a las manifestaciones y gritaba aquello de No volem sang per petroli. Aquella primera guerra no tuvo la repercusión de la segunda, ni levantó tantas protestas. Protestábamos nosotros, los estudiantes. Y, frente a la impasibilidad generalizada, las prostitutas de un lejano país asiático se pusieron de nuestro lado e hicieron un boicot a los productos americanos. Fueron las únicas, que yo recuerde, que actuaron contra aquella guerra. Y yo pensé que en esta vida aprendemos de quien menos esperamos: una puta puede darnos una lección moral.
Esa distancia entre lo esperado y la realidad ha sido tema literario en muchas ocasiones. A veces ocurre al revés: de la inocencia surge inesperadamente alguna forma de horror. Recuerdo una novela (bueno, en realidad mejor decir nouvelle) que siempre me encantó: Ronda del Guinardó, de Marsé, novelita que he vuelto a releer en estos días. En ella se cuenta la historia de una pobre niña de la guerra, Rosita, huérfana, maltratada, que vive en un orfanato y malvive como puede. Rosita fue violada un par de años atrás, cuando no llegaba a los doce años: en un momento determinado uno de los personajes hace una descripción del cuerpo tirado y hecho un ovillo de Rosita tras la violación y observamos en esa descripción toda la maldad de la que es capaz el ser humano.


Conocemos a Rosita desde esa perspectiva de la miseria, pero dos años después. A partir de la particular ronda por el barrio que hace la niña con un policía, en espera de acercarse al Clínico para reconocer el cadáver del hombre que un día la violó, vamos conociendo a este personaje que tan bien refleja la contradicción humana que tanto le gusta al autor. Porque Rosita ya no es esa pobre niña; Rosita, aun y siendo víctima todavía, se ha convertido en una fulana de catorce años, en una pícara que sabe poner la carita justa para engañar a una señora del barrio y quedarse con su dinero. Qué crudeza en los detalles, qué sorpresa cuando descubrimos que las víctimas se convierten tan pronto en verdugos. (Tema muy del gusto del gran Marsé, uno de los narradores que menos me ha desengañado en mi tarea gustosa como lector).

Qué falsa la vida, qué aparente. La Ronda del Guinardó, que da título a la nouvelle, existe. Se trata de un cinturón de ronda que va tomando diversos nombres a lo largo de su recorrido (Gran Via de Carles III, Ronda del General Mitre, Travessera de Dalt...). En la zona en que atraviesa el barrio del Guinardó toma su nombre. El Guinardó forma parte del microcosmos de Marsé junto con la zona norte de Gracia y el barrio de la Salut, que termina en Lesseps. Una zona de la que nadie se ocuparía, porque no es turística (si dejamos de lado el Park Güell, en la Salut), si Marsé no la hubiera convertido en literatura en mayúsculas.
La Ronda del Guinardó está al lado de mi casa. Y las fotos de esta entrada son de hace dos años (dos años también, como cuando violaron a Rosita) en que quitaron el espantoso scalextric que habían construido para articular el denso tráfico de la zona en la época franquista. Ahora, ya sin esos añadidos, la Ronda del Guinardó vuelve a ser una vía más agradable incluso para pasear; es decir, para toparse como en la vida con las contradicciones humanas, con los maniqueísmos que se deshacen como un castillo de arena a cada paso.

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