Para todos los amigos que aún no lo sepan he abandonado este blog y he abierto otro. Ahora me encuentro en Accés a Maians, lugar en el cual voy colgando las nuevas entradas y donde me gustaría encontraros a todos.
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diumenge, 21 d’agost del 2011

FEDERICO

El filólogo, como cualquier técnico, puede llegar a ser muy tonto. Pero mucho. Precisamente por creerse muy listo en lo suyo. Lo mismo puede ocurrirle a cualquier especialista de cualquier otra disciplina.

Hace años se estableció una discusión filológica sobre un verso lorquiano. En uno de sus primeros libros, del cual había desaparecido el manuscrito, se podía leer el siguiente verso:

"Mi corazón es un poco de agua clara"

¿Poco?, se preguntaron los filólogos creyéndose muy listos. Será pozo, se dijeron. Infinitamente más poético, más arrebatado, más apasionado, más grande, menos ridículo, más gramatical incluso. Y así dejaron el verso convertido en:

"Mi corazón es un pozo de agua clara"

y se quedaron tan anchos. Pero, ¿alguien puede imaginarse a Federico diciendo que su corazón era un pozo de agua clara? ¿No resulta este verso infinitamente más trillado, más previsible?

Años más tarde se descubrió el manuscrito original que contenía ese verso. Y no había error. Federico, efectivamente, había dicho, con una sensibilidad que jamás tuvieron los filólogos que le glosaron, que su corazón no era más que un poco de agua clara.

En esa sencillez radica su poesía, su espíritu poético.

Aunque sin fotos (mi conexión actual tiene la culpa) he deseado sumarme a este homenaje a partir de la lectura de dos blogs amigos (y de amigos): Isabel (del Cobijo) y Antonio. Supongo que los grandes poetas sacan lo mejor de nosotros mismos y somos capaces de emocionarnos hablando de ellos.

Una última anécdota, esta vez no filológica sino biográfica, del propio Federico, referida por él en una de sus hermosas conferencias. Siendo niño solitario se refugió en una de esas choperas que hay cerca de la Fuente, en la Vega, que yo también he visto. Y allí sintió que alguien le llamaba. Era una voz oscura, confusa, extraña. El niño observó atentamente, buscando de dónde provenía ese Fe-de-ri-coooo, casi como un susurro, que le estaba avisando de algo. Y entonces descubrió que era el viento que, meciendo las ramas de los chopos, producía un lamento que a él se le figuró su nombre.

Así nos llama la poesía, la naturaleza (supongo que vienen a ser lo mismo), cuando estamos dispuestos a escucharlas. Y por eso debemos estar agradecidos a los poetas que educaron nuestros oídos. No sé si nos hicieron más sabios; nos hicieron más atentos, lo que probablemente sea todavía mejor.

divendres, 4 de febrer del 2011

LA GRAN MEADA ROMANA

De entre los muchos poetas españoles maravillosos hay uno que tiene, por ritmo, mucho que ver conmigo. Siempre que lo leo me fascina su verso, la musicalidad que se percibe, el inesperado mundo que retrata, los colores que lo habitan. Se trata del inmenso Rafael Alberti.

De Alberti me gusta su poesía social, cómo no. Fue un verdadero maestro en ella. Lo social se tiñó, a menudo, de sarcasmo, de burla despiadada. Otras veces, de protesta constructiva. Pero también me gusta su poesía biográfica. Lo biográfico en Alberti está siempre mediatizado por el mito íntimo, no por el realismo intenso ni por la experiencia poetizada. Su primer libro es emblemático: Marinero en tierra. Pero ahí los tonos neopopulares dan una nueva dimensión al conjunto. En cambio en los maravillosos Retornos de lo vivo lejano se entiende más lo que digo.


Impactante me parece también su apuesta, en un momento de su vida, por la experiencia poética de vanguardia. Leer Sobre los ángeles y Cal y canto es una experiencia enormemente intensa. Qué gran poeta fue Alberti, cuántos palos supo tocar magistralmente, qué dominio en cualquier caso del verso como materia primera del andamiaje poético. Efectivamente, Alberti tiene algunos de los sonetos más bellos de la literatura española del siglo XX.
Me centro hoy en otro libro que la crítica destaca menos pero que a mí me encanta: Roma, peligro para caminantes. No sé si es por el tono desengañado, no sé si por sus juegos de hombre que está un poco de vuelta de todo, no sé si por su retrato desengañado (ese tráfico) de una ciudad que me fascina. Por lo que sea, la Roma de Alberti me parece divertida y lo suficientemente emotiva. En su periplo de hombre exiliado (siempre en compañía de su mujer, María Teresa León) acabó residiendo en Roma, quizá porque la cercanía a España se le hacía muy necesaria tras tantos años lejos.

Tiene en ese libro un poema donde habla de su pasado. Roma queda personificada y el poeta se dirige a ella pidiendo que no defraude sus anhelos de hombre acostumbrado a la despedida.

Dejé por ti mis bosques, mi perdida
arboleda, mis perros desvelados,
mis capitales años desterrados
hasta casi el invierno de la vida.

Dejé un temblor, dejé una sacudida,
un resplandor de fuegos no apagados,
dejé mi sombra en los desesperados
ojos sangrantes de la despedida.

Dejé palomas tristes junto a un río,
caballos sobre el sol de las arenas,
dejé de oler la mar, dejé de verte.

Dejé por ti todo lo que era mío.
Dame tú, Roma, a cambio de mis penas,
tanto como dejé para tenerte.

El poeta mira la ciudad con ojos sorprendidos. El bullicio de la ciudad (vivía en el Trastevere), por ejemplo, o las fuentes que huían de sus límites y formaban riachuelos por las callejas. Riachuelos sospechosos, puesto que muchos de ellos no se debían a las fuentes ornamentales sino a otro tipo de fuentes: la insana pero extendida costumbre romana de mear por las calles. Es el gran poema a la meada. Porque la poesía puede también hablar de estas cosas. Lo incluyo aquí porque, cuando toda la poesía que aparece en blogs y en los medios habla de amores y de primaveras, conviene recordar que también de meadas se alimenta el aliento poético, si se me permite la expresión. Grande Alberti. Tanto como la inmortal meada que nos legó.

Verás entre meadas y meadas,
más meadas de todas las larguras:
unas de perros, otras son de curas
y otras quizá de monjas disfrazadas.

Las verás lentas o precipitadas,
tristes o alegres, dulces, blandas, duras,
meadas de las noches más oscuras
o las más luminosas madrugadas.

Piedras felices, que quien no las mea,
si es que no tiene retención de orina,
si es que no ha muerto es que ya está expirando.

Mean las fuentes… por la luz humea
una ardiente meada cristalina…
y alzo la pata… pues me estoy meando.


(Las fotos están sacadas de internet. La primera, una hermosa calle romana, es de Josema Azcona, que tiene varias excelentes en su página de Flickr)

dimarts, 7 de desembre del 2010

DIÁLOGO DE POETAS

El diálogo con los poetas siempre es fructífero. Me gusta leerlos al caer la tarde o antes de acostarme. No hace falta mucho. Coger un libro y abrir una página al azar, y extasiarse durante unos minutos, los que dura la lectura y el posterior análisis rápido, si es que lo hay.

De esta forma, casi un juego, uno descubre poemas que son como centellas, como estrellas que pasan. Se me dirá que de esta forma caprichosa se conoce mal a un poeta, de forma desordenada, y nunca su obra completa. Seguramente es cierto. Pero uno ha descubierto que es imposible llegar a saberlo todo. Por eso celebro tanto lo que sé como lo que ignoro. Porque todo lo que ignoramos nos está esperando para ser descubierto en cualquier momento.
Otras veces observamos que habíamos aprendido mal, o de forma incompleta. Y cuando llega ese descubrimiento, el poema que antes no habíamos comprendido del todo adquiere su verdadero significado y uno se siente un poco menos tonto. Y un poco más afortunado. Un ejemplo. Había leído, emocionado, un poema de Martí i Pol hace muchos años. Iba dirigido a un tal Antonio. En la edición (barata) de estudiante que me acompañó unos años no me daban más datos. Pensé que era alguien de la fábrica, o de su pueblo (la poesía de Martí i Pol siempre es muy biográfica). Y ahora acabo de descubrir, en otra edición que hace años que corría por casa, ese mismo poema ya completo. Ese Antonio a quien le escribía el catalán no era otro que Antonio Machado. Qué sorpresa y qué riqueza.

Decía al principio de esta entrada que el diálogo con los poetas es siempre fructífero. También lo es, de forma especial, el diálogo entre poetas, que es de lo que se trata aquí. Yo he hablado en otras ocasiones, bastantes, de don Antonio, y no quería glosarle hoy porque quedan muchos poetas extraordinarios que compartir. Pero la sorpresa hace que me recuerde a mí mismo ante la tumba de Antonio Machado y comprenda más y mejor a Miquel Martí i Pol. Por eso os hablo hoy, con la sola voluntad de compartir un poema que por fin ha encontrado su verdadero sentido y que ha conseguido emocionarme más si cabe.

No t'he dut flors, Antonio, t'he portat
un silenci amorós, per no interrompre
el teu íntim diàleg amb la mort
que fa tants anys que dura. Compartir-te
ha estat deturar el temps, per retrobar-me
més ingenu que mai i amb un sanglot
a flor de pell, com una criatura.
No t'he dut res, Antonio, però estimo
més que abans aquest mar que m'ha vist créixer
i prop del qual confio de morir
d'ençà que he vist que tu m'hi acompanyaves.


(Traducción bienintencionada mía)

No te traje flores, Antonio, te he traído
un afectuoso silencio, para no interrumpir
tu diálogo íntimo con la muerte
que dura desde hace tanto. Compartirte
ha significado detener el tiempo, para reencontrarme
más ingenuo que nunca y con un sollozo
a flor de piel, igual que un niño.
No te traje nada, Antonio, pero amo
más que antes este mar que me vio crecer
cerca del cual confío en morir
desde que vi que tú me acompañabas.

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