FEDERICO
El filólogo, como cualquier técnico, puede llegar a ser muy tonto. Pero mucho. Precisamente por creerse muy listo en lo suyo. Lo mismo puede ocurrirle a cualquier especialista de cualquier otra disciplina.
Hace años se estableció una discusión filológica sobre un verso lorquiano. En uno de sus primeros libros, del cual había desaparecido el manuscrito, se podía leer el siguiente verso:
"Mi corazón es un poco de agua clara"
¿Poco?, se preguntaron los filólogos creyéndose muy listos. Será pozo, se dijeron. Infinitamente más poético, más arrebatado, más apasionado, más grande, menos ridículo, más gramatical incluso. Y así dejaron el verso convertido en:
"Mi corazón es un pozo de agua clara"
y se quedaron tan anchos. Pero, ¿alguien puede imaginarse a Federico diciendo que su corazón era un pozo de agua clara? ¿No resulta este verso infinitamente más trillado, más previsible?
Años más tarde se descubrió el manuscrito original que contenía ese verso. Y no había error. Federico, efectivamente, había dicho, con una sensibilidad que jamás tuvieron los filólogos que le glosaron, que su corazón no era más que un poco de agua clara.
En esa sencillez radica su poesía, su espíritu poético.
Aunque sin fotos (mi conexión actual tiene la culpa) he deseado sumarme a este homenaje a partir de la lectura de dos blogs amigos (y de amigos): Isabel (del Cobijo) y Antonio. Supongo que los grandes poetas sacan lo mejor de nosotros mismos y somos capaces de emocionarnos hablando de ellos.
Una última anécdota, esta vez no filológica sino biográfica, del propio Federico, referida por él en una de sus hermosas conferencias. Siendo niño solitario se refugió en una de esas choperas que hay cerca de la Fuente, en la Vega, que yo también he visto. Y allí sintió que alguien le llamaba. Era una voz oscura, confusa, extraña. El niño observó atentamente, buscando de dónde provenía ese Fe-de-ri-coooo, casi como un susurro, que le estaba avisando de algo. Y entonces descubrió que era el viento que, meciendo las ramas de los chopos, producía un lamento que a él se le figuró su nombre.
Así nos llama la poesía, la naturaleza (supongo que vienen a ser lo mismo), cuando estamos dispuestos a escucharlas. Y por eso debemos estar agradecidos a los poetas que educaron nuestros oídos. No sé si nos hicieron más sabios; nos hicieron más atentos, lo que probablemente sea todavía mejor.





