Para todos los amigos que aún no lo sepan he abandonado este blog y he abierto otro. Ahora me encuentro en Accés a Maians, lugar en el cual voy colgando las nuevas entradas y donde me gustaría encontraros a todos.

dissabte, 14 d’agost de 2010

PAISAJES FAMILIARES (y II)

Hablaba en mi anterior entrada de mi pueblo de montaña. Pero como dije, uno es rico en pueblos y tengo otro. Ese otro es, con mayor propiedad, mío, pues es donde nací.

Es un pueblo situado en la sequedad de la llanura leridana. En primavera nace el cereal y los campos se cubren de unas inmensas alfombras verdes. Pero ese mismo verde se va tornando primero amarillo, luego ocre, a medida que se va secando. En verano llega la cosecha y entonces reaparece el marrón de la tierra, la aridez de una poética no comprendida por todos, sobre todo cuando la paja embalada es recogida y los restos quemados y la tierra removida. Recuerdo que uno de los mil juegos de mi infancia consistió justamente en construir complejas edificaciones con aquellas gigantescas balas. Hasta techo les poníamos. El gran inconveniente eran los picores que se derivaban.
El pueblo donde nací tiene tres iglesias. Sólo dos se conservan para el culto. Una de ellas, la de Sant Pere, tiene un gran campanario que puede verse cuando te acercas en coche a lo lejos. Aquí me bautizaron, en la iglesia del campanario, y me cuentan las crónicas que tocaron las campanas, razón por la cual jamás seré duro de oído (eficacia contrastada). La otra iglesia tiene un campanario de espadaña y una extraordinaria portada románica que es como un libro abierto. Esta iglesia, la de la portada, es muy bonita y muy pequeña, con la discreción altomedieval y su medida humana. En ella reside (digámoslo así) la patrona del pueblo, una talla románica que tiene mucha gracia y encanto (como la mayoría de vírgenes románicas): la Virgen de la leche, porque está amamantando al niño. Mi pueblo tiene callejas estrechas, alguna considerablemente empinada, alguna plaza encantadora, mucho calor (y mucho frío en invierno), gentes muy agradables y un curioso, acaso sorprendente, interés por la cultura.

Cuando era niño y comenzaban las vacaciones escolares, el Seat 850 que glosé en mi anterior entrada nos acercaba al pueblo de la llanura. Y aquí, los niños en compañía de las abuelas, permanecíamos los dos meses y medio de verano. Eran los veranos de infancia, ese paraíso en mi caso afortunado y cuasi mítico (como el de muchos), de esa mitología doméstica y necesaria. Nos pasábamos el día en la calle, jugando con los vecinos y amigos, alguno de los cuales ha pervivido en el campo de los afectos (mi amiga Rosa). Sólo existía una exigencia: respetar aquello tan misterioso que recibía el nombre de "l'hora del sol" en que el calor apretaba tanto que estaba prohibido jugar y campar por las calles. El mayor misterio era el momento preciso en que la hora del sol acababa y ya todos volvíamos a salir. Preguntaba constantemente a las abuelas: "¿Se ha acabado ya la hora del sol?", y ellas me decían que no. Hasta que, en un momento determinado, decían que sí y se abrían las puertas. Jamás conocí la verdadera frontera entre el no y el sí, entre la hora del sol y lo que los baleares llaman "s'hora baixa". Y esto me lleva a pensar en ese terror que existía en aquellos tiempos por dos cosas: las insolaciones y los cortes de digestión. Las abuelas de entonces eran muy precavidas.

¿Es posible amar los espacios? Sí, porque espacio y tiempo son lo mismo, y un lugar representa una época de tu propia vida. Para siempre mi pueblo será mi infancia, el lugar en el cual seguramente he sido más feliz.

Es donde me encuentro ahora. Aquí me quedo unos días más, recordando y mirando las estrellas, raro privilegio para un urbanita.


(Las que ilustran esta entrada, también en este caso, son fotografías de mi hermano o mías)

21 comentaris:

Antònia Pons Valldosera dissabte, 14 d’agost, 2010  

La hora del sol en mi pueblo era l'hora de la migdiada. A mi no me gusta echar la siesta porque me levanto de mal humor y de niña menos. No se podía salir y entonces aprovechábamos para quedarnos en la entrada y ponernos los zapatos de tacón de las madres para ir haciendo prácticas.
Tu eres más joven por eso jugabas con las balas, nosotros en las eras: al cabo de mi calle habia una y era el lugar más maravilloso del mundo sobre todo cuando "enfangaban" ponían arcilla encima del pajar. Nos pintábamos con el barro y jugabámos a los indios.
Hi havia una espona on hi havia una vimenera. Allò era el nostre tobogan. Primer ens hi feien pis y despres hi relliscàvem. Les mares no podien entendre com la roba es foradava tan de pressa.
La plana també té el seu encant. quan sortien els blats i feia vent, s'ondulaven com un mar de verds. I aquestos campanars que s'enlairen envoltats d'orenetes a les vesprades són un espectacle indescriptible.
Un petó i passa-t'ho bé.
Estava tipa de passar-hi fins que van fer el Doll.

RGAlmazán dissabte, 14 d’agost, 2010  

Ramón, me has recordado el pueblo de mi abuela, en la Alcarria, también ligado bastante con los veranos de mi niñez. Precioso e íntimo relato.
Que disfrutes mucho de tus pueblos.

Salud y República

mariajesusparadela dissabte, 14 d’agost, 2010  

Yo creí que tenía algo porque tengo una casa y tu tienes un pueblo...

Siempre volvemos a la infancia. Siempre,nuestro corazón está en ella. Tan cerca y tan lejos.

emejota dissabte, 14 d’agost, 2010  

Como se nota el corazón que late a través de estas líneas. Precioso de veras. Las abuelas de entonces eran un poco plastas pero conocían el arte de la previsión. ¡Qué bien lo pasan los críos sin los padres encima en el verano!¡Y los padres...como descansan! Un abrazo.

Curiyú dissabte, 14 d’agost, 2010  

Ya sé que parecerá un lugar común, pero te envidio. Y como vos, creo que es posible amar los espacios. Nadie podría decir tan bellas cosas sobre un lugar si no lo amara.
Un abrazo.

Maia dissabte, 14 d’agost, 2010  

Ramón, que hermosa forma de ver la vida que tienes, de describir de una forma tan maravillosa los lugares cotidanos, de hacernos entrar en tu mundo y en tu corazón.Muchas gracias,

Anna Jorba Ricart dissabte, 14 d’agost, 2010  

Ramon....
supongo que estarás disfrutando de esta estancia rural, tranquila y sosegada, de aires limpios y puros...
Ya te dije que eras privilegiado de poder acercarte a estas latitudes y pasar unos dias entre los recuerdos de tu infancia que afloran más a la memoria....
Que tus noches se llenen de estrellas, porque ahí en (cubos...bueno, dicho en catalan)..seguro que las disfrutas.

Maripaz Brugos dissabte, 14 d’agost, 2010  

Que bonito pueblo Ramón!! Tambien pasé varios veranos en el pueblo donde nací y vivian mi abuela y mis tios. Yo vivia en uno mas grande, y cuando acababan las clases, como era muy delgaducha y no comia muy bien, me mandaban los meses del verano y siempre cogia algun kilo más.Recuerdo unas rebanadas de pan con nata de la leche y azucar que mi tia Paulina me ofrecia con todo su carño. Las vivencias infantiles, se llevan siempre en el álma, quizá porque como tu dices, de alguna manera vivimos una felicidad única.
Entrañable tu entrada de hoy. Me has llenado de recuerdos.

Dilaida dissabte, 14 d’agost, 2010  

Ramón se nota que éste es tu pueblo favorito.
Disfrútalo, bicos

Alfonso diumenge, 15 d’agost, 2010  

Se nota la paz que se respira en el pueblo frente a las prisas de la ciudad.

Me he reído porque yo también de chico he jugado con las alpacas (lo que tú llamas balas) que dependiendo de la planta picaban más o menos jj, pero daba igual, te rascabas y punto. Me acuerdo que aquel pajar estaba lleno de gatos, y yo hacía de Tarzán, colgándome del techo y tirándome desde las alturas jj, qué tiempos!!!

Eastriver diumenge, 15 d’agost, 2010  

Si en el pueblo de la montaña la cosa de internet iba lenta, aqui ni os cuento. No puedo contestar a todos porque precisaria mas de un comentario y es eterno, asi que abrevio y comento solamente algunas cosas puntuales. Pero os agradezco a todos vuestras palabras y me gusta ver que el paraiso de la infancia nos une a todos, y tambien una particular manera de entenderla desde la distancia.

Antonia, compartimos muchos recuerdos, aunque sea con años de diferencia, y muchas expresiones tambien. Un abrazo.

Anna, quien te ha dicho el nombre de mi pueblo?... Fui yo mismo en algun mail?, te juro que me has dejado de piedra. Besitos.

Dilaida, no es que este sea mi pueblo favorito, es que aqui tengo mas recuerdos de infancia que en el otro, por lo de las estancias con las abuelas que cuento en la entrada. Pero son un poco como aquello de a quien quieres mas, a papa o a mama... Y disculpas generales a todos por la ausencia de acentos, que hay palabras en que se nota menos y otras que duele el alma leerlas sin acentuar...

Alfonso, me has hecho dudar. Igual no es correcto lo de las balas de paja, bufff, pero creo recordar que cuando redacte la entrada, en Barcelona, lo busque para asegurarme. Enorme error si esta mal puesto. Lo buscare. Y si no se dice asi prometo escribir cien veces lo de las alpacas. Abrazos a todos.

Carlos diumenge, 15 d’agost, 2010  

La descripción de tus paisajes de infancia, completado con tan evocadoras imágenes nos hacen ver que tu felicidad allí fue y es grande. Es muy bueno seguir manteniendo ese nexo de unión con una parte tan evocadora de la vida como es la infancia, lo cual te permite ser mejor persona en la madurez. Me alegra saber de tus placenteras vacaciones. Un abrazo.

Jose Vte. diumenge, 15 d’agost, 2010  

Esta narración de tu pueblo y de tu infancia, es el tiempo de una infancia que se recuerda con cariño.
Muy bonito
Un abrazo

Isabel Martínez Barquero diumenge, 15 d’agost, 2010  

Es precioso ese pueblo, Ramon, precioso. Como la narración que te ha evocado. La ternura que la invade la he gozado vivamente. Entiéndeme, una ternura sin sentimentalismos ñoños. Un relato realmente delicioso y unas fotografías bucólicas que invitan a perdese en ellas.

¿Te querrás creer, amigo, que también jugué con los inmensos paquetes de paja? Cuando acababa el verano, en las eras del pueblo de mi padre -mi pueblo- las hacían. ¡Menudos revolcones y menudas picaceras! Lástima que no pueda seguir allí durante los veranos; pero, por desgracia, la casa familiar fue vendida hace años y hoy sólo queda una inmensa calva en el lugar donde se alzaba, un solar que me encoge el corazón si lo contemplo.

En mi tierra, la "hora del sol" era la siesta y, también era sagrada. Entonces, tocaba jugar a las adivinanzas y otros juegos sedentarios o brincar por las cámaras si mis tías dormían.

Qué bonito, Ramon. Disfruta, disfruta mucho de ese pueblo tú que puedes.

Anna Jorba Ricart dilluns, 16 d’agost, 2010  

Ramon...es evidente que tu no dices el nombre del pueblo....una que es inteligente y está en todo jejejeje...por eso lo he nombrado de la manera que has visto, para no romper la discrección....ahora ya no sé...

Stalker dimarts, 17 d’agost, 2010  

Dos pueblos y una sola alma.

En ti, la conciliación y la re-conciliación.

y nosotros, aquí, lo celebramos

Edmundo dimarts, 17 d’agost, 2010  

Tu pueblo tiene un no sé qué, que debe ser fascinante a la hora de la siesta.

MAMÉ VALDÉS dimecres, 18 d’agost, 2010  

Un saludo desde Chipiona, pronto volveré.

AROBOS dimecres, 18 d’agost, 2010  

Yo vivo en el pueblo donde nací. Por eso no puedo volver al pueblo de mi niñez. Aunque, a veces, cuando los amigos hablamos del pasado, de la infancia, recreamos los paisajes que entonces eran y es como si volviéramos a otro pueblo que ya ha dejado de existir, porque se ha transformado para bien y para mal.

nocheinfinita dijous, 19 d’agost, 2010  

Rico en pueblos, que suerte¡¡

Felicitaciones por las fotos, son preciosas.

Un beso

noche

Camino a Gaia diumenge, 22 d’agost, 2010  

Relato entrañable y compartido por muchos de nosotros en algún detalle. No te preocupes por lo de balas o alpacas de paja, dependiendo del lugar se las llama de una u otra forma. Por mi tierra se les llama alpacas. Creo que todos compartimos que en la infancia y fuera de ella, la felicidad no está regida por el consumo. Vivir en la calle era nuestro lujo.
Un abrazo

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