Para todos los amigos que aún no lo sepan he abandonado este blog y he abierto otro. Ahora me encuentro en Accés a Maians, lugar en el cual voy colgando las nuevas entradas y donde me gustaría encontraros a todos.
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dissabte, 12 de maig del 2012

RIEN DE RIEN

Hace dos años y medio expliqué en mi otro blog de qué estaba hecho el mundo. Durante mi visita al museo de arte moderno de Bruselas descubrí el planeta pintado de verde. Todos se acercaban, todos miraban, algunos hacían fotos y una vez cerca de la escultura descubrías que era un bola del mundo hecha de cucarachas coloreadas.


Y yo, que soy aficionado a las metáforas y a las señales, pensé que el artista había estado muy acertado. Bruto, pero acertado.

¿Dónde fue lo de la montaña? En Liverpool, en el espantoso museo de la Tate Gallery de Liverpool (nada que ver con sus hermanas, la Tate Britain y la Tate Modern de Londres, fantásticas ambas, por lo cual se demuestra que también ahí ocurre lo de quedarse lo bueno en la capital y repartir las sobras por las provincias). En esa Tate vi una montaña y vi de qué estaba hecha. De semillas de girasol.

Ves una cosa así y normalmente te quedas un poco frío. Artísticamente frío. Yo al menos. Siempre me ha gustado el arte, siempre entendí que Duchamp pusiera un urinario en una exposición para provocar y despabilar un arte aburguesado y dormido, siempre me coloqué del lado de epatar a los burgueses, he entendido siempre el papel del artista como reactivador de la vida y como incesante caminante por los lados menos cómodos. No, nunca me he considerado un conservador en la forma de entender el arte. Pero también desde siempre he pensado que lo que estuvo muy bien en su momento se ha convertido en postura, que lo que en su momento fue necesario ha acabado acogiendo gente con poco o nulo talento pero con mucha cara dura. Por ese motivo los museos de arte contemporáneo me parecen un pitorreo, un acopio de la tontería humana, el paraíso de cuatro trepas que muchas veces no tienen ni arte ni gusto pero a los que sus habilidades sociales les han permitido vivir de su mentira. Mi límite está en Pollock, que no me chifla nada pero tampoco me disgusta. Por cierto, Pollock tiene una suerte: sus obras son tan parecidas las unas a las otras que ves una y es como haber visto su obra completa. Como si fuera posible resumir la novelística de Proust arrancando la primera página de Swann. Todo un mérito.

Que nadie piense que desprecio la abstracción. No, en su momento tuvo sentido y me gusta, incluso la que se hace ahora, si se hace bien. Me gusta Juan Gris, o los coloristas Kandinsky y Klee. También Miró (algunas cosas), o Tapies (qué impresión emotiva me provocan siempre sus pinturas) o Antonio Saura, que es de lo más desasosegante. Mi crítica en este caso se refiere a una sociedad que ha perdido el norte y que acoge en sus museos los absurdos más espantosos.

Cuando llegamos a la parte contemporánea de un museo (porque a museos de arte contemporáneo ya ni vamos) nos reímos mucho. Agarro la cámara y con una reverencia ridícula registro esas obras de arte excelsas que me parecen lo que son: la tomadura de pelo del siglo.

Hoy quiero traer dos ejemplos: el primero es el de los monocromos. Véanlos. Deléitense. Les regalo un par. Y no olvidemos que alguna pintura monocroma ha dado lugar a nombres de diversas tonalidades de color: así tenemos el azul klein, invención inmortal del pintor Yves Klein, eminente experto en el arte de los monocromos (tiene, a mi modo de ver, el mismo mérito que el mezclador de colores de la Titanlux, que es muchísimo).



Y el segundo ejemplo; el de los bodegones matéricos (el nombre es mío). Condición para un buen bodegón matérico: debe estar construido a partir de materiales diversos reciclados de los vertederos de la modernidad. Son un tipo de arte muy exigente: quieren superar el cuadro, sus dimensiones, y recurren a escaparse de sus límites. Así, el resultado, es un híbrido entre el objeto artístico y la performance participativa. Cualquier cosa es válida, y el desorden es un plus (Ramón Gómez de la Serna, fascinado con el Rastro madrileño, fue un precursor en tantas cosas): materiales diversos (así es matérico, palabra que les encanta), luces, espejos, ropa (no me digan que no tiene mérito el montón de ropa sucia tirada en un rincón. Juro que no es mi casa: lo vi en la Tate de Liverpool, que como ven es una mina) o una escultura construida con montones de rebanadas de pan Bimbo que van pudriéndose. Así, lo matérico se fusiona (otra palabra fetiche) con una meditación sobre el paso del tiempo y con las oquedades del hombre contemporáneo. Ahí es nada. (Pero nada de nada).






diumenge, 15 d’abril del 2012

LLUEVE EN CAMBRIDGE

En un país como el nuestro que está sucumbiendo a la desertización, que siempre tiene ese problema latente, sólo puedo entender el odio a las incomodidades de la lluvia desde la misma raíz del egoísmo humano. He visto gente que, tras tres meses sin una gota de agua, se quejaban porque se ponía a llover. Porque la lluvia resulta efectivamente incómoda, estropea los peinados, y nos entumece si tenemos una cierta edad. No, no puedo con eso, no puedo permanecer impasible a esas quejas: para mí es como si la persona se quitase la máscara amable y mostrase su rostro depredador.
En estos días que está lloviendo poco o mucho, pero que al menos llueve, me apetece traer una anécdota reciente. El verano pasado estuve en Inglaterra y descubrí una vez más la incomodidad de la lluvia pero también su generosidad. No hay día en que no caiga algo (por eso me cuesta tanto entender la mala prensa que tiene la lluvia en nuestro país: si lloviera cada día como en Inglaterra podría entenderlo). A cambio de tanta lluvia unos paisajes verdes de ensueño y mucha vida por todas partes.


Un día nos escapamos a Cambridge, que por cierto es un pueblo absolutamente aconsejable, lo mismo que Oxford. Aunque el día amenazaba lluvia (de hecho, como cada día) yo miré el cielo mediterráneamente y me calcé mis sandalias (aquí, en Barcelona, cielo encapotado no es sinónimo de lluvia). Pero llovió, vaya si llovió. Justo al salir el tren de la estación de Kings Cross comenzó a caer un aguacero espectacular. Es fácil deducir cómo acabé con los pies. También imaginar cómo me miraban maravillados los lugareños. Y también lo que llegué a reírme (¿para qué enfadarse constantemente por las anécdotas que nos depara la vida?).

Allí, en Cambridge, en plena lluvia, tras disfrutar de la visita a la capilla del King's College, vivimos uno de esos momentos afortunados. Es decir, un momento en que, si acompaña la disponibilidad de ánimo, se aparecen todas las musas de la felicidad. Caminamos hasta el puente (bridge) que pasa sobre el río Cam; está dentro de la propiedad del King's College y es un lugar ameno para el paseo y el relax de los estudiantes. No me importaban casi nada ni el estado deplorable de mis pies en sus sandalias ni que el paraguas sirviera de muy poco. Llegué al puente y contemplé el paisaje verde, intenso, las gotas de lluvia rompiendo el cristal del río, las barcas pasando por debajo del puente, alguna vaca cercana que lo miraba todo con la tranquilidad de su costumbre, la capilla del King's unos metros más allá.

Y no hubo más. Pero tampoco fue necesario. Los momentos de plenitud suelen ser así de modestos. (Y que siga lloviendo).

dijous, 22 de març del 2012

VERONA O LA FATALIDAD

Descubrí el candado como símbolo del amor eterno en Verona, la patria de Romeo y Julieta. En el momento de cruzar el Ponte Navi observé, sujetos a las farolas, un racimo de candados con nombres escritos que, por fuerza, tenían que significar algo. Uno, aunque lento, no es torpe del todo. Y comprendió el simbolismo al pensar que se encontraba en la patria de los amantes literarios por excelencia. Imposible no pensarlo por otro lado: todo en Verona rezuma Romeo y Julieta: al lado de la Trattoria Capuleto encuentras el Forno Julieta o la librería Montesco. Es, a pesar de estos excesos, una ciudad bonita, mucho. Dulce, como un pedazo de Toscana trasplantado al norte.Meses después, en París, vi que en el Pont des Arts, en los pretiles de hierro cantados por Julio, se repetía la historia de los candados. Y todavía hay más; en el puerte de Triana, en Sevilla (recién visto, este fin de año pasado). Siempre el puente sellado con el candado.


Encontrarle el simbolismo es muy fácil, cuando las cosas son tan evidentes. La unión viene señalada por el puente, que une orillas opuestas. La fusión por el candado, que amarra, fija, en un acto burdo de magia simpática.

Así somos los seres humanos. Enormemente previsibles pero con una inmensa necesidad de afecto.Y ahora vean estas otras fotos de la misma jornada en Verona: la primera es del balcón de Julieta. No puede nadie figurarse cómo está de llena la casa de Julieta: cientos de turistas emocionados, pagando sus buenos euros para entrar en la casa y asomarse al balcón. Era tanta la emoción contenida que estuve a punto de gritarles que su mitomanía literaria era mayor incluso que la mía, rayando lo enfermizo. De gritarles lo que toda esa caterva de gente parecía no saber, no sospechar: que Julieta y Romeo son dos personajes literarios, que Julieta no existió, que jamás habitó aquella casa, que no se asomó jamás a ese balcón, que todo es un burdo parque temático para sacarles los cuartos.

Pero hay más: fíjense cómo están las paredes de la casa de Julieta. Hechas un asco. Porque parece ser que también es mágico estampar tu nombre y el de tu pareja. Deben creer que se trata de la fórmula infalible contra los divorcios (escribir dos nombres en una pared o poner un candado exige menos esfuerzo que la paciencia, que el diálogo diario, que los intentos constantes por fomentar las relaciones y dotarlas de cimientos sólidos... en fin).Porque así somos también los seres humanos, aparte de enormemente previsibles y buscadores incansables del afecto: tirando a cándidos, poco dados a la crítica y con una tendencia tremenda a ensuciarlo y destrozarlo todo.

dimarts, 7 de febrer del 2012

NIEVE

Como no estamos acostumbrados, la nieve nos molesta en nuestra cotidianidad: se estropean los transportes, resbalamos por las calles, carecemos del vestuario adecuado, todo se detiene. Pero la nieve nos gusta, seguramente como una postal navideña que de repente se hace real. Nos gusta: cuando estamos preparados, y cuando disponemos de tiempo para enfrentarnos a sus molestias.

Nos gustan los prados y las montañas nevadas, la arena de la playa emblanquecida, ver los copos cayendo y cómo cuajan en el suelo. Entonces salimos a la calle y miramos hacia arriba. Probablemente porque la nieve es inusual, al menos donde yo vivo.

Durante estas navidades pasadas cogimos el coche y subimos a la montaña a verla. Una cosa es verla en los montes, en las laderas, en los márgenes de las carreteras, y otra verla en las pistas de esquí. Recuerdo todavía la enorme sorpresa que supuso para mí ver una pista de esquí por primera vez hace ya unos años. Si uno no es esquiador no suele verlas más que en la tele. Me sorprendió muchísimo el bar a rebosar, con una terraza llena de gente tomando el sol, a esas temperaturas gélidas, y la forma en que las señoronas combinaban el horrible y vistoso vestuario de esquí con unas Ray-Ban último modelo y un bolso de Prada que fascinaría a la mismísima Rita Barberà.

Una pista de esquí es un decorado. Recuerdo que eso es lo que pensé cuando la vi por primera vez. Un decorado donde se aprovecha un fenómeno natural para saltar un poco y presumir otro poco. El esquí sigue siendo pijo, digan lo que digan quienes esquían, y eso se nota en la pista. Tras muchos años, esta navidad pasada hicimos una excursión a las pistas de Andorra, y allí volvimos a contemplar, sorprendidos y fascinados por la belleza del entorno, la inesperada feria de las vanidades navideñas (o navidades vanidosas).

Vale la pena sacar el hocico en esas pistas. Porque todo es bonito, y frío, y extremadamente encantador. Aunque no sepas esquiar y camines como pisando huevos. Les miras a ellos con la misma cáustica ironía con la que sin duda ellos te miran a ti.
(Y a propósito de la nieve y de la ola de frío: a mí lo que verdaderamente me deja helado son otras cosas. Me deja helado ver cómo los delegados del PSOE cantan La Internacional, puño en alto (¿no les dará vergüenza?). O me deja helado ver cómo corean el nombre de su líder (Ru-bal-caaaa-ba) con esa fe que ellos sospechan que mueve montañas (pero que se parece más al agua pasada que no mueve molino). Me deja helado ver al juez Garzón en el banquillo y constatar que el franquismo sigue vivo y sigue siendo peligroso. También me deja como el témpano escuchar al ministro de cuyo nombre no quiero acordarme decir que lucharán para que los toros sean patrimonio de la humanidad. U observar cómo las izquierdas optan por callarse ante lo que está pasando en Siria y que yo no dudo en calificar de genocidio. Inofensiva nieve ante el peligro de los seres humanos.)

dijous, 26 de gener del 2012

GÓNGORA EN LA PUERTA DEL WATER

En nuestros recientes días sevillanos tomamos una mañana el tren y nos acercamos a Córdoba. La idea era pasear por las callejas, visitar la Mezquita y la Sinagoga (la única en tierras andaluzas), cruzar el puente romano, y poco más.


Las calles de Córdoba son muy bonitas, blancas, diminutas, íntimas. Pero la zona antigua es reducida. Merece la pena una visita, qué duda cabe, lo mismo que los pueblos blancos andaluces que tanto predicamento tienen (no los conozco pero los imagino como la zona antigua de Córdoba). La Sinagoga estaba cerrada. El puente romano enseguida está visto, y además al estar tan remodelado casi ni se percibe la antigüedad cuando lo cruzas. La Mezquita, en cambio, sí que es maravillosa.
La sorpresa fue ver cómo la convirtieron en Catedral: tiraron al suelo la parte central y allí levantaron una Catedral. Naturalmente evité lo más que pude pasar por la zona cristiana, la central: la verdadera maravilla son los arcos árabes que dan una sensación extraña, majestuosa, inquietante incluso.

Cuando ya nos íbamos descubrimos el último detalle: la tumba de Góngora. Nada, una cajita que puede servir como metáfora, o para exclamar aquello tan cierto de que no somos nada. No me atraen especialmente las tumbas de famosos, esa extraña forma de fetichismo que puede seguirse fácilmente por la red y que te permite asomarte a la tumba de Keneddy, por un decir, e incluso ponerle unas flores. Pero, aun sin ese fetichismo, ya son varias las tumbas que he visitado: la de Machado en Colliure, la de Cortázar en el cementerio de Montparnasse en París, la de Marlene en Berlín. Y nada, efectivamente, no queda nada. A los muertos hay que buscarlos en los recuerdos, no en los huesos.

Por eso recordé poemas de Góngora y sonriendo me acordé de los que intercambiaron con su enemigo del alma Francisco de Quevedo, escribiendo así una de las páginas más afortunadas de nuestra poesía áurea. "Yo untaré mis obras con tocino porque no me las muerdas, Gongorilla" le espetó Quevedo llamándole judío. O "Érase un hombre a una nariz pegado", del mismo al mismo. Pobre Góngora, excelso poeta pero pereciendo ante los ataques inmisericordes del castellano. "Anacreonte español, no hay quien os tope" se limitó a contestarle, metiéndose con sus gafas. Aquello que había comenzado con la mala baba de un Quevedo joven ridiculizando los poemas del otro ("Ya que coplas componéis") acabará en una verdadera afrenta poética: "Quien quisiere ser culto en sólo un día, la jeri (aprenderá) gonza siguiente". Así, llanamente, Quevedo reduce a jerigonza la obra poética del otro.
Antes de salir a pasear por las calles cordobesas quise ir al baño. Pregunté a un guardia de la Mezquita  donde estaba y me señaló... me señaló la tumba de Góngora. Extrañado me dirigí hacia allí. Y sí, no lo había visto antes pero la tumba de Góngora está al lado mismo de la puerta de entrada al water de la Mezquita. Fue un estupor, una extrañeza. La tumba de Góngora al lado de la puerta del water. Así de contundente.

Mientras entraba creí ver la sombra de Quevedo sonriendo por ahí cerca. Qué gran poema no escrito, qué punto final más terrible. Y qué mala leche la de los cordobeses apostando tan claramente por Quevedo.

Yo, lo dije siempre, soy gongorino.

divendres, 20 de gener del 2012

SCONES Y TÉ INGLÉS

En una entrada anterior hablé de mi estancia veraniega en Londres. Habría mucho que decir respecto a las excelencias de la ciudad pero no es esto lo que pretendo. Lo que quiero ahora es contar un pequeño detalle gastronómico.

Una de las cosas que deben hacerse en Londres es vivir el ritual del té de las cinco, lo cual no significa meterse en un Starbucks. Buscamos un sitio en que sirvieran el llamado afternoon tea. Lo primero es que cierran a las cinco y media de la tarde. A partir de entonces ya no sirven té (no en estos sitios especializados, uno siempre puede meterse en una cafetería y tomarlo a cualquier hora). Estos Salones de Té distan mucho de ser bonitos, o refinados, como serían sin duda en París. Mucha moqueta y mucho estilo british, que la elegancia y el pueblo británico parecen peleados a muerte.

Elegancia la justa, pero distinción toda. El llamado afternoon tea consiste en una variedad de té negro (una de las mezclas a las que son tan aficionados, el english breakfast, por ejemplo) con unas gotas de leche, un si es no es. Va acompañado de unos panecillos parecidos a una magdalena, mermelada de fresa y una crema extraña, a medio camino entre la nata y la mantequilla. Naturalmente puedes pedir tu té acompañado de un pastel de chocolate, pongamos por caso, pero eso no sería el genuino cream tea. La verdad es que, con la calma de saborear unos panecillos y el sabroso té negro, recuperas fuerzas y parece que el mundo se detiene. Un momento zen. Así lo viví.

Vinimos cargados de té, naturalmente. El de Harrod's es muy bueno (me encanta el English Breakfast Strong). Y una vez en Barcelona decidimos repetir en casa una sesión como la que vivimos en Piccadilly Street (pleno barrio de St. James). Pero, naturalmente, no iba a resultar nada fácil. Puede pensarse que de mermelada cualquiera serviría, y seguramente es cierto. Pero la que sirven ellos es espesa y con el punto justo de dulzor (una amiga me dijo que tenía una textura que parecía la del membrillo). Casualmente en el Gourmet de El Corte Inglés encontramos la genuina mermelada inglesa Wilkin and Sons. Lo siguiente fue descubrir qué eran exactamente esas magdalenas inglesas poco dulces. Tienen nombre: se llaman scones. Y los hay en Barcelona. Sólo nos faltaba la crema. Eso fue más difícil por no decir imposible. No era una nata al uso, tampoco mantequilla: su textura era extraña, particular, suavísima... algo muy extraño que me llamó mucho la atención. Para empezar recibe un nombre (gracias google, en estos casos): nata coagulada (clotted cream) ni más ni menos.

Los ingleses, que tienen poco vino y pocos olivos, se han convertido en expertos en natas y cremas. Mientras que nosotros tenemos la nata de cocina (18% de materia grasa) y la de montar (36%) ellos, además de estas, tienen la double cream, con un 48% (también para cocinar, sedosa y muy apreciada), la nata de origen francés Creme Fraiche (40%) de sabor ligeramente ácido, y finalmente la Clotted Cream, la coagulada, la que sirven con los scons y que aquí es inencontable, entre un 55% y un 63% de materia grasa ni más ni menos. Es fácil imaginar por qué me sorprendió aquella textura extraña, cercana a la mantequilla pero con un sabor diferente, con un ligero tono amarillento pero infinitamente más cremosa.

Nata coagulada (o cuajada, como sale en la wikipedia) aquí no la hay, como decía. Así que en nuestro particular afternoon tea la sustituimos por Creme Fraiche. Y así organizamos nuestra jornada gastronómica inglesa, a media tarde. La comparto para mostrar que de los viajes uno no viene cargado sólo de fotos y de momentos, sino también en ocasiones de magdalenas, de mermeladas y de una extensa variedad de productos lácteos. Yo que en mi juventud y viendo a la Thatcher por la tele pensaba que en Gran Bretaña sólo existía la mala leche.
Hasta dentro de seis días.

diumenge, 8 de gener del 2012

¡OH, GRAN SEVILLA!

He pasado el fin de año en la ciudad que da título a esta entrada, título que la describe bien, muy bien, y que está sacado del séptimo verso del soneto cervantino que tanto me gusta. Porque Sevilla es efectivamente grande, y muy bonita. Paseándola, que creo que nunca vi una ciudad tan hecha para ser paseada, los tópicos venían a raudales a nuestras cabezas. Sevilla, "con qué pasión te enamorará, y te embrujará", que cantaba Miguel Bosé en una canción que hoy se nos antoja muy tonta. O las "modistillas", el "he vuelto a ser remero de la plaza España" o los paseos por el "parque de María Luisa, a ver morir el sol", de otra canción más absurda todavía, debida a José Luis Perales. Pero musicalmente no todo es tan malo, aunque insista en ser tan tópico. Está también, por ejemplo, la canción de Pareja Obregón: "Me da igual cantar en Sierpes que en la Plaza Nueva, pasear por esas callecitas tan estrechas...".

Paseando por Sevilla nos acordamos de estas canciones y de tantas imágenes sacadas de la tele, de los anuncios, de Semanas Santas espantosas, de películas de dudosa calidad, de duquesas forradas en sus palacios y en sus bodas. Y entonces yo llegué a una conclusión: que Sevilla no merece los tópicos que tiene, porque es una ciudad más hermosa de lo que los tópicos dejan adivinar. Muchísimo más hermosa. De una belleza de verdad, no de una belleza de balada de domingo. Me ha impactado Sevilla, me ha gustado mucho. Y hoy quiero compartirla en esta entrada. Y reivindicarla como la ciudad que, más allá de cuatro cantantes ligeros, inspiró óperas y versos, iluminó pintores o alumbró poetas (Bécquer, Machado, Cernuda, entre mis preferidos). Y, eso sí, la gracia sevillana, que realmente existe, que siga siendo un tópico, pero un tópico positivo. Ahí va un vídeo de los villancicos, acompañados de las danzas espontáneas, que se marcan en plena calle.

Como dije, nunca vi una ciudad para ser tan paseada como Sevilla. Paseamos, buscamos, nos perdimos en el laberinto en que a veces se convierten sus calles. Pero además cumplimos con todos los requisitos del viajante que trata de ser poco turista (o nada turista), pero el tópico, ay, a veces acaba engulléndolo.De día y de noche. Por el Arenal, por Santa Cruz, Triana o la Judería. Por el lado del río o protegido tras las murallas del Alcázar.
Sevilla es todo eso. También la gracia inesperada (mirad la foto de la pizarra de un restaurante), incluso la gracia en los errores de ortografía, o en cualquier error, algo que se agradece mucho en nuestro mundo políticamente correcto.

Pero Sevilla tiene más. ¿Más? Claro, tiene sevillanos, cómo no. Y también ellos se apartan del tópico, o lo trascienden. Es cierto que son enormemente amables, muy hospitalarios. Para muestra podéis pasaros por el blog de Reyes, con la cual, por cierto, compartimos un vino y justo al "desvirtualizarnos" nos conectamos todavía más.

Id a Sevilla. Es un consejo muy serio.

dimarts, 22 de novembre del 2011

LONDON TAXIS

(¿Esperaba alguien una valoración de las elecciones del domingo? Yo sí. Yo sí esperaba hacerla. Mejor dicho: la hice, la redacté. No una valoración al uso, que ni soy analista político ni tengo ningún interés en serlo. Lo que escribí fue solamente un apunte de urgencia. Pero todas las retóricas nos aconsejan no redactar en caliente. Y más que me lo aconsejerían a mí, que tengo tendencia al desaliento exaltado. Así que ahí queda esperando. Dejemos que se enfríe, como la sopa. Y más adelante, la semana próxima por ejemplo, os cuento lo que pienso de este país azuloscurocasinegro. De momento, prefiero ponerme colorista.)


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Este verano pasado estuvimos en Londres, ciudad alucinante, un New York a la vuelta de la esquina. Era la segunda vez que íbamos, y nuestra idea era patear lugares y museos que habían quedado pendientes y acercarnos a Cambridge, Oxford y Liverpool. Debo decir que Londres me gustó más esta segunda vez. Probablemente porque he sabido entender que, sin ser una ciudad bonita como puede ser París, es una ciudad vivísima, cosmopolita, en la que se cuece todo. Una New York a hora y media de avión. Un lujo, vaya. Diré sólo que conté, en los teatros del centro, unos quince musicales, ¡quince! Además de unas treinta obras de teatro, sus dos óperas y un cine en cada esquina. Sin contar con los museos: el British (esta vez no fuimos), la National Gallery (maravillosa) y las dos Tate Gallery (la clásica y la moderna). Pero podría hablar también largo y tendido de Harrod's, y de su excelente té negro. Pero será otro día.

Londres parece una ciudad nada amable. Es trepidante, eso sí, pero olvida a la gente y sus circunstancias (a quienes no son jóvenes, me refiero). Son muchísimo más humanas nuestras ciudades. Por poner un ejemplo: un billete de metro cuesta la friolera de cuatro libras con veinte. Existen abonos y demás, pero el precio es excesivo desde todos los puntos de vista.

Por culpa de estos precios en el momento de movernos preferíamos ir en taxi. Primero porque, curiosamente, el taxi está a un precio parecido al de Barcelona, y por tanto en comparación con el metro resulta económico incluso. Y en segundo lugar, porque Londres, al ser una ciudad de callejas estrechas y no en forma cuadricular como el ensanche barcelonés, tiene muchísimos menos semáforos, y va más deprisa. También nos desplazamos bastante en autobús, más económico que el metro.
Siguen existiendo los típicos autobuses rojos de dos pisos, sin puertas, pero hay menos que la primera vez que fui. Su uso ha quedado reducido prácticamente a los turistas. Recuerdo que, hace diez años, cuando me subí por primera vez, me sorprendió la empinada escalera que ascendía al piso superior. No tenían puerta y no se detenían en las paradas, sino que la gente saltaba entrando y saliendo aprovechando los semáforos. Una locura. Ya entonces pensé, ¿cómo harán los viejos de Londres para tomar transporte público?

Los taxis londinenses son los más cómodos del mundo. Amplios, altos, grandes. No tienen maletero, así que pones las maletas contigo y no te cobran suplemento. Al taxista se le habla desde fuera, colocándose uno al lado de la ventanilla (atención, lado derecho, ya se sabe). Y cuando uno ha llegado se le paga también desde fuera. Y además incorporan publicidad. Ya no son negros, como antaño, o al menos no son negros todos, sino de vivos colores, anunciando espectáculos y viajes. Resultan vivos, cambiantes, como la ciudad misma.

diumenge, 23 d’octubre del 2011

MONET (CASI) ABSTRACTO

Como dije en una entrada anterior, durante mi fin de año parisino coincidimos con la exposición sobre Monet. Dije en esa entrada que probablemente se trate de la mejor exposición que he visto nunca. Monet me ha fascinado siempre. Pero se trataba en este caso de su obra completa. Creo que nunca me había ocurrido lo ir pasando salas y desear que la cosa no acabase todavía. (Podéis haceros una idea visitando la web oficial que todavía existe)

Dejamos la visita para uno de los últimos días por la tarde. El frío era tremendo. Caía una lluvia muy fina que acabó por convertirse en agua nieve. La exposición era en el Grand Palais, Champs Elysées, tocando casi con la Concorde. Había ya oscurecido, el frío como digo era temible y había muchísima gente esperando para entrar. Pero muchísima. La siguiente fotografía está sacada de la red pero podría ser perfectamente del día en que yo estuve.
¿Qué haces cuando, bajo el agua nieve, aterido de frío, con metros y metros de cola para entrar, te informa un amable señor que te quedan unas tres horas bajo la lluvia? Haces lo que hicimos nosotros: esperar, intuyendo que valdrían la pena todas las calamidades.

Como suele suceder en estos casos, siempre pillas algún español con el que poder entretener la espera. También la entretuvimos gracias a un violinista (cómo son estos franceses) contratado por el Grand Palais para amenizar la cola interminable a base de Vivaldi. Daba cosa ver cómo el agua le bajaba por la frente y se acumulaba en forma de gotas en la barbilla. Indesmayable, no desafinó ni una nota. De fondo seguía imparable el bullicio de la ciudad maravillosa.




Compré el catálogo para conservar en formato papel un recuerdo, ni que fuera pálido, de la belleza que había observado. La obra de Monet, casi entera, no es fácil de digerir. Por la noche, en el hotel, entrando en calor, me asomé a la ventana y vi la tour Eiffel iluminada, recordé el poema de Rubén que tanto me gusta (y en tanto cae la nieve, en el cielo de París), canturreé la tristísima aria de La Traviata Parigi, o cara, y comprendí en toda su amplitud qué significa París en nuestras vidas. Y, ya puestos, volviendo siempre a Monet, reparé en esa tendencia a la abstracción que se observa en los grandes cuando además son viejos.

Porque efectivamente Monet, hacia el final de su vida, experimentada toda la luz y todos los reflejos en la Catedral de Rouen, todos los ocres de sus Meules, el colorido vivo de los puentecillos orientales, explicado todo el blanco de la nieve francesa y de la niebla londinense, una vez experimentado todo lo que deseaba, observa que precisa más que nunca la idea y no tanto el detalle. Entonces, sorprendentemente, aparece un Monet que yo no conocía: el Monet que tiende a la pintura abstracta, que la anuncia. Una vez pintado el mundo se hacía necesario el esquematismo.

Estas tres pinturas del último Monet bastarán para ejemplificar esa gradación, ese progresivo oscurecimiento de lo figurativo.


Cuando uno ha explicado el mundo como nadie, con una pincelada tiene suficiente. La abstracción surge entonces como forma desnuda de conocimiento. Como idea que contiene todas las potencialidades. Pero nunca como futilidad, ni como snobismo, ni como tontería (eso serán los posteriores, quienes sin tener talento se escudaron en la abstracción y en el arte conceptual). Yo, al menos, en muchas ocasiones lo veo así.

Feliz semana a todos.

dilluns, 24 de gener del 2011

CRUCEIROS

(Esta entrada es la continuación de la entrada dedicada a Galicia y los hórreos , puesta a principios de enero)
Tras la maravilla de los hórreos, otros detalles curiosos que me sorprendieron durante mi estancia gallega: las galerías por ejemplo. No he visto en ningún otro lugar del mundo esas galerías enmarcadas en madera blanca, con los cristales formando esos pequeños cuadrados desde los cuales es posible ver el mundo. Las casas de cristal de A Coruña son el paradigma, pero existen multitud de ejemplos.
Pero sobre todo los cruceiros. Qué sorpresa los cruceiros. Son cruces de piedra que aparecen, mágicas, sorprendentes, en las esquinas, en las plazas, en los lugares más inesperados. En principio no me extrañaron, porque también en Catalunya las cruces de piedra marcaban los límites de los municipios y todavía existen, testimonio del pasado. Pero en Galicia observé que había muchas y que no podían limitarse a marcar lindes. Recuerdo que lo pregunté a un guía: ¿para qué servían los cruceiros? El buen hombre no supo decirme. Me habló de tierras, de cruces, de supersticiones. Pero no me dijo nada claro. Todo era muy confuso. Y mira que odio los tópicos, pero al final pensaba, gallegos tenían que ser estos cruceiros tan misteriosos.
Probablemente la razón no sirva para nada a ciertas alturas. Probablemente, frente a la belleza, lo mejor sea contemplarla y disfrutarla. Pero quien me conoce sabe que difícilmente puedo evitar satisfacer la inquietud, y sabe también que en muchas ocasiones la razón me es fundamental para disfrutar con mayor intensidad de la belleza. Los cruceiros me siguen fascinando. Y ahora sé algo más de ellos. Gracias, debo decirlo, a María Jesús, de Paradela, y a Dilaida de Groucho. Estas dos gallegas claras, clarísimas, me han explicado que el cruceiro está considerado una de las muestras más hermosas de la arquitectura popular. Que tienen un origen gótico, impulsado por el barroco, cuando construir un cruceiro fue un modo de conseguir indulgencias. Que casi siempre tienen una relación muy directa con la sacralización del espacio, por lo cual se colocaban generalmente en el lugar en que había ocurrido algún episodio terrible, sanguinario, y que aportaban ese valor mágico que era capaz de ahuyentar a los espíritus malignos. Son, por tanto, protección y guía de caminantes. Que los hay de varios tipos (a saber; cruceiros de término, para marcar los límites de las parroquias, de encrucijada, en los cruces de caminos, de parada, para que la procesión los rodee y pueda regresar por donde ha venido, los devocionales y expiatorios, los cruceiros de muerte, levantados donde ocurrió una muerte trágica, entre otros). Que, de entre todos los cruceiros gallegos, uno de los más hermosos es el de Hío. Que la cruz ocupa un lugar central en toda la iconografía gallega, y que corona incluso los hórreos como forma de proteger el contenido. Y me hablaron de santos, de romerías, de lagartijas, de lagartos, de muertos y de vivos.
A veces, cuando me marcho de un sitio, tengo claro que regresaré a esa tierra. Ocurre cuando algo muy interior se removió durante la estancia, o cuando uno sabe que algo muy interior se removerá en el futuro, a raíz de la estancia. Galicia asoma desde la profundidad de su nombre lleno de sugerencias. Supongo que si los cruceiros me hablaron quiere decir que me habló Galicia. Así me gusta pensarlo. Aunque tuvo razón María Jesús cuando me dijo que quedaba pendiente conocer "Galicia desde dentro".

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