TEMES A VIRGINIA WOOLF
Hace unos días fui al teatro, a una obra que había visto en su versión cinematográfica protagonizada por Elizabeth Taylor y Richard Burton, ¿Quién teme a Virginia Woolf? de Edward Albee. Había visto la película cuando era casi un niño y naturalmente me impactó mucho. Se trataba de ver ahora si la historia me atrapaba después de tantos años. Como suele suceder cuando releemos una novela el tiempo aporta siempre algo nuevo que hace que nuestro recuerdo mejore, empeore o se mantenga igual. Son los años, que no pasan en balde, y que nos moldean tanto interna como externamente.
En el caso de la obra de Albee enriquecí la historia con cosas que ahora sé y que cuando vi la película no sabía. La obra me pareció emblemática del teatro estadounidense de la posguerra (Miller o Tennessee Williams), el argumento emparentado con películas que cantan la degradación provocada por el alcohol (en cierta medida me acordé de Días de vino y rosas), y el motivo de la obra lo relacioné con la investigación psicológica tan en boga en los años 60 y 70. Respecto a la función, impecables los actores (sobre todo la gran Emma Vilarasau, desconocidísima fuera de Catalunya, y también Pere Arquillué) , muy buena la puesta en escena y la dirección.
Se trata de una obra tan intensa, tan desgarrada, que no le queda al espectador ni un momento de sosiego. Incluso al final sientes que has aplaudido poco porque la intensidad de los sentimientos y el patetismo desbordado de unas almas que de tanto vivir al filo acaban por hacerse daño, hace que al bajarse el telón uno quede un poco desnortado, con la necesidad de digerir tanta emoción. Al final, cuando todo se ha descubierto, cuando las mentiras han aflorado, George le pregunta a Martha tras prestarle el jersey para que no tenga frío: ¿Quién teme a Virginia Woolf?, y ella responde con un hilo de voz, Yo, George, yo la temo. Las almas quedan en suspenso y uno no se explaya aplaudiendo.
Virginia Woolf, la gran escritora, simboliza en esa frase hecha que nos remite al lobo feroz, la capacidad crítica, la libertad consecuente, la adultez decidida, la coherencia insobornable. ¿Cómo no temerle a todo eso, con lo fácil que resulta refugiarse en la mentira infantil? Todos le tememos un poco a Virginia Woolf aunque no estemos dispuestos a confesarlo.
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Apunte o añadido: la obra la vi en el encantador teatro Romea del Raval. Un teatro de los de antes, al que cuando era muy jovencito tuvimos la osadía de abonarnos mi hermano y yo, a unas edades en que los otros chicos se compraban un monopatín o comenzaban los periplos por los bares del barrio. Allí descubrí grandes obras de clásicos universales, españoles y catalanes. Y cuando estuve en Murcia, hace unos años, me encontré también con un teatro Romea muy bonito, más monumental que el nuestro. La verdad es que Romea suena genial para un teatro, pensé entonces. Hoy, gracias al blog La panxa del bou de Júlia Costa, sé que ambos teatros comparten nombre porque ambos lo toman del mismo personaje: un eminente actor murciano llamado Julián Romea que debía triunfar también de lo lindo en Barcelona. Por un lado me gusta que mi ciudad acoja sensibilidades y sepa homenajear a los grandes, sean de donde sean. Y por el otro, gracias a la lectura del blog de Júlia, sé también que mientras por el Romea murciano se pasea el fantasma del gran actor homónimo, por el Romea barcelonés se pasea el fantasma de una colega también eminente: Margarita Xirgu. ¿Qué sería el arte si no supiéramos honrar convenientemente a los verdaderamente grandes? ¿Y qué sería si además no nos despertara preguntas íntimas, e incluso, un poco incómodas?


