LAS ENFERMERAS RUSAS
Durante estos días he estado mirando con atención a Rusia, por el pucherazo de ese ser despreciable llamado Putin, y de su cachorro (o su cacharro, que no viene de una vocal a estas alturas). Y he pensando que los pobres rusos han tenido muy mala suerte casi siempre con sus gobernantes. Mi memoria me ha traído, por ejemplo, a esa momia llamada Boris que le daba al vodka en demasía y luego pellizcaba el trasero de las secretarias o se paseaba beodo haciendo el número o bailando los pajaritos (que en su caso era aproximadamente lo mismo). El siguiente vídeo les dará una idea, por si se habían olvidado, que no lo creo.
He estado mirando con atención, y con indignación, el pucherazo ruso, que ha hecho que muchos ciudadanos salieran a protestar a las calles. Siempre que el pueblo sale a la calle nos produce admiración. Entonces pensamos que queda una esperanza para el mundo, y que la maldad y la mentira no pueden triunfar siempre. Pienso que se ha hablado poco, o será que estamos tan preocupados con lo nuestro que ni fuerzas tenemos para ocuparnos de otros asuntos. Pero Putin, y su cachorro Medvédev, representan esa Rusia despreciable, en la que los nuevos ricos se pasean dando asco y la mayoría del pueblo se muere de hambre. Pero mientras que nadie se ocupa de los que se mueren de hambre, a los que dan asco se les recibe con las mejores sonrisas, porque si bien es innegable que dan grima el dinero nunca lo da.
Mirando en estos días a la corrupta Rusia me he acordado de la Rusia soviética, esa que cayó por sus propios errores. Esa que celebraba los días de fiesta con tanques, soldados, misiles y muchas momias mirando el desfile desde el Kremlin. Me he acordado de esas momias, pero me he acordado poco, porque casi nunca salían y cuando lo hacían se les veía de lejos. Nombres como Brézhnev, Andrópov y Chernenko son suficientemente representativos de por qué la gente no se daba tortas por entrar en el régimen comunista. Daban mal rollo, esa es la verdad. Seguramente desde Occidente se acentuaban los males, no diré que no, pero se bastaban por sí solos para dar yuyu.
Y puesto a recordar me he acordado también de la enfermera rusa que da título a esta entrada. ¿Que quién es esta enfermera? Algo así como la encarnación de lo que viene siendo Rusia desde hace muchos años, para desgracia de los rusos. Y, digámoslo claro, una encarnación de lo que este mundo neoliberal que nos toca sufrir quisiera poner de moda. De aquello en lo que nos estamos convirtiendo. La enfermera rusa, es decir, la dama del sueño, la señora de los silencios, la mujer narcótica, la fémina de los ansiolíticos, Madame Morfina, Lady Opio, la dueña de la mudez.
En agosto del año 2000 el submarino nuclear ruso Kursk, tras un experimento, se perdió con todos sus tripulantes a bordo, muchos de ellos vivos. Mientras el submarino permanecía depositado sobre el fondo marino, sin posibilidad de movimiento, en la superficie medio mundo sufría por los marineros y se intentaban diversas operaciones de rescate. Meses después se logró recuperar y se descubrió que los tripulantes que habían sobrevivido habían contado aspectos de su larga e inútil espera escribiendo a oscuras desde la parte trasera del submarino, probablemente oteando desde las ventanillas alguna luz que acudiera a rescatarlos.
El triste episodio hizo que se cuestionaran muchos aspectos relativos a la seguridad de los soldados. Cuando se celebró el funeral oficial la madre de uno de los muchachos muertos en el accidente se levantó y, gritando, trató de pedir explicaciones a quien se las pudiera dar. Pero ahí estaba ella, la enfermera rusa. Diligente, veloz como una rata, sacó de alguna parte una jeringa que inyectó sin miramientos en el hombro de la dolorida madre que cayó en un instantáneo sopor (y evidentemente se calló).
Viendo y leyendo la polémica sobre las recientes elecciones con trampa en Rusia me he acordado de ella. Y he pensado que seguramente tenemos enfermeras rusas infiltradas en todas las ciudades, en los pueblos, en todas las calles, preparadas para inyectarnos raudas una buena dosis de tranquilizante y hacernos callar al instante. No es broma: estemos atentos. Haberlas, haylas.



















