CONSUMIR PREFERENTEMENTE ANTES DE
El domingo vi por la tele un documental sobre el que quiero llamar la atención (TV3, 30 minuts, El menjar que llencem). Se está hablando mucho en estos últimos años del tema de la sostenibilidad, de la gestión de residuos y, ya desde otro punto de vista, de la llamada obsolescencia programada que explicaría por qué nuestros electrodomésticos se estropean fatalmente al día siguiente de haber terminado la garantía, y que está muy bien retratado en el aconsejable documental Comprar, tirar, comprar. Sobre estos temas he leído cosas muy interesantes en prensa, en blogs, y he visto también documentales. De lo que habló el programa del domingo, sin embargo, no sabía tanto.
El reportaje hablaba de la enorme cantidad de comida en buen estado que tiramos diariamente. Los datos son aterradores y dan que pensar: un 20% de los alimentos del primer mundo van a parar a la basura cada día. De semejante despilfarro todos somos, en mayor o menor medida, responsables.
En el reportaje se centraban en lo que ocurre semanalmente en nuestras casas. ¿Cuánta comida caduca en nuestras neveras? ¿De cuántos alimentos nos deshacemos porque consideramos que no están suficientemente frescos? Una bandeja de carne, las sobras del pescado, un huevo, una bolsa de pasta no significan grandes cantidades. La cuestión está en sumar nuestra familia con la familia de al lado, y con la otra, y con todo el país.
Aparecía también lo que ocurre en los comedores escolares: chicos que llenaban sus platos en un self-service, dejando luego el plato medio lleno. Cogían, por ejemplo, cinco rebanadas de pan cuando resulta lógico suponer que como mucho se iban a comer dos. El reportaje pesaba los quilos de comida en buen estado que se tiraban a la basura cada tarde y los números resultaban vergonzantes. Y estos mismos escolares mostraban una absoluta falta de culpabilidad por lo que estaban haciendo. Si se les preguntaban si no se sentían mal por despilfarrar tanta comida su respuesta era que no, puesto que ellos habían pagado y por tanto podían hacer lo que quisieran con lo que era suyo.
En las grandes superficies la cosa era aún peor. El documental mostraba lo que hacen diariamente los supermercados antes de abrir: retiran todo producto que, o bien está a punto de caducar (aunque no lo haya hecho), o bien no presente una apariencia lo suficientemente fresca. En otras ocasiones tiraban también directamente los excedentes. Podrían haberlos llevado a otro supermercado de la misma cadena, pero pagar el camión del transporte significa pagar más dinero. Así que resulta más económico tirar cajas y cajas en lugar de recolocarlas en otras tiendas. Los datos eran los mismos: un 20% del total iba a parar a la basura. Viendo cubos y cubos de carne en buen estado dirigiéndose al camión de la basura uno pensaba en que de cada cien animales sacrificados para nuestra alimentación, 20 están siendo sacrificados para absolutamente nada.
Podría pensarse que los supermercados dan los productos de los que se deshacen a entidades de ayuda. No solamente no es así, sino que muchos restaurantes, según denunciaba el documental, rocían sus alimentos con lejía para evitar que la gente se agolpe a sus puertas para rebuscar en sus basuras. Por lo visto, da muy mala imagen.
Pero el resportaje iba un poco más allá: no solamente culpaba al consumidor, que sin duda tiene una parte de responsabilidad por su búsqueda obsesiva de la frescura aparente, sino también a las estrategias comerciales que llevan a ese despilfarro. Paquetes familiares que indudablemente acaban estropeados antes de ser consumidos, por ejemplo, o esas confusas firmas que llevan casi todos los productos en las cuales podemos leer aquello de CONSUMIR PREFERENTEMENTE ANTES DE..., leyenda que casi todos toman como sinónimo de caducidad cuando no lo es. Un producto puede perfectamente consumirse después de lo que indica la fecha en el envase. Y seguramente lo sería si un escrito tan tramposo no invitara a tirarlo a la basura para comprar otro.
Ver el reportaje significa enfrentarse directamente al absurdo de nuestro mundo. Unos, aun en crisis, tiran el 20 por ciento. Y otra parte del mundo, mientras tanto, sigue muriéndose de hambre. Todo ello sin atisbo de sentimiento de culpabilidad por parte de casi nadie.
Yo tengo días optimistas y días pesimistas. En los primeros pienso que los pequeños gestos son importantes y pueden modificar poco a poco el mundo. En los segundos pienso que no vale la pena sufrir ni medio minuto. Si me pongo cruel pienso que quienes entren en este blog dejarán un comentario escandalizado y el lunes tirarán el medio pollo que les sobró del domingo mientras juegan con su último iphone o estrenan aquellos zapatos tan caros.
Si me pongo más cruel todavía pensaré que yo mismo tiraré el lunes el medio pollo que me sobró del domingo mientras pienso que voy a comprarme un iphone porque la blackberry hace las fotos que son una pena.
O quizás no, quizás sea cierto que un mundo sostenible va a ser posible en el futuro: sostenible desde todos los puntos de vista. Y justo. Un mundo justo, también desde todos los puntos de vista.
Pero como no quiero acabar con este mal sabor voy a levantar mi copa metafórica (que apuraré, no pienso tirar ni una gota) y brindar por la justicia posible con el grito que más nos une a todos los republicanos del ancho mundo ibérico: ¡Viva Urdangarín!
Feliz puente.



