Para todos los amigos que aún no lo sepan he abandonado este blog y he abierto otro. Ahora me encuentro en Accés a Maians, lugar en el cual voy colgando las nuevas entradas y donde me gustaría encontraros a todos.

dijous, 23 de febrer del 2012

BIANCA

Yo fui un niño Tintín. No sabía entonces ni del fascismo que se escondía en sus páginas y que había influido a su autor, ni del racismo, aunque viajaba al Congo con ellos. Supongo que ciertas sutilezas no se han hecho para un niño de diez años. Ahora sí, ahora veo a Tintín dando clases a los negritos y se me cae el cómic al suelo, cuando ciertos comentarios sitúan a los negros un escalón intelectual por debajo de los blancos. Podemos aventurar que, puesto que me formé con estos comics escritos por un fascista y racista, y yo no me tengo por ninguna de las dos cosas, en realidad los niños son más impermeables de lo que los pedagogos suponen.

Cuando algunos menosprecian a los creadores por sus ideologías yo sé que son unos tontos. ¿Quién sabe en realidad qué pensaba Goya de la vida? Pero pensara lo que pensara, ¿voy a dejar de extasiarme con sus pinturas? Es evidente que no. La ideología, la política, pertenece al terreno del ahora, y siempre que no sea tan cercana a nosotros que llegue a ofendernos directamente, yo apuesto por obviarla cuando me acerco al arte, a cualquier forma de arte.

Tintín me gustaba porque su realidad era reconocible para mí (quizá por eso nunca me interesó Astérix, aunque no digo yo que no me hubiera gustado). Yo fui un niño poco imaginativo, aunque con muchísima imaginación (toma paradoja). Lo que ocurre es que mi imaginación nunca se adentró por los terrenos de la fantasía ni por parajes históricos. Preferí la seguridad de lo reconocible o por lo menos verosímil: agencias de noticias, redacciones de periódicos, historias de arqueólogos, viajes en avioneta, las campiñas francesas o belgas, el África real, el Tíbet, el Egipto que contaba Sábado Cine. Con Tintín y sus amigos viajé por el mundo entero, y hasta fui a la luna. ¿Verosímil, dije? Nunca supe de un concepto más laxo.

De todos los amigos de Tintín yo me quedo con... con todos, menos con Fernández y Hernández (Dupond y Dupont en francés, y también en catalán, que respetó los nombres originales), que me daban tirria. Esos gemelos absurdos se parecían demasiado a los hombres que no callan pero no dicen nada. En cambio el rabioso y sin embargo buenazo capitán Haddock, o el locuelo y sordo profesor Tornasol, o el perrito Milú, o Tintín mismo fueron amigos y lograron entrar a formar parte de esa familia de ficción que todos almacenamos. Ah, y Bianca Castafiore.
La Castafiore, que luego inspiró una cadena de comida italiana (Pastafiore), era una soprano italiana con el apodo de el ruiseñor milanés, que era amiga de Tintín y su troupe, que estaba secretamente enamorada de Haddock, y que de tan pagada de su voz como estaba a la mínima comenzaba a dar gorgoritos espantosos provocando el horror de todos. Porque la Castafiore era gritona e inoportuna, y nos parecía muy divertida. Sobre todo cuando llenaba de besos al capitán que no sabía cómo sacarse de encima a semejante momia.

Y cuando se ponía a cantar, que era a la mínima ocasión, siempre entonaba la que a mí me parecía una aria cómica inventada por Hergé: "Ah, me río de verme tan bella en este espejo...". Todos la temían cuando Bianca se veía tan bella en un espejo, e inventaban todas las tretas posibles para que dejara de mirarse, es decir, de cantar. Veamos aquí como el capitán mete al loro en la sala en la que está grabando su disco de arias.
Cierto día, mucho tiempo después de mis primeros tintines, me encontraba en el Liceo viendo una representación. Nunca había visto la ópera, no la conocía: se trataba del Fausto de Gounod. Era la historia, bien conocida por todos, de un hombre que pacta con el demonio para conseguir todo lo que él desea. Y de esta forma conseguía regalar un cofre de joyas y un espejito a su amada Marguerite que, al ver tanta joya, ella que era tan pobre, comenzaba a probársela mientras se observaba en el espejo. Y entonces, justo entonces, comenzaba una de las arias más conocidas de la ópera. La soprano, con sus abalorios en los dedos y en el cuello, se puso a entonar aquello de "Ah, me río de verme tan bella en el espejo...". Fue un momento en que la realidad y la ficción se fundieron, como suele sucederme bastante a menudo.

Yo supe ese día que Hergé, a pesar de todo lo que contaban de él, no me había engañado.


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Resulta inevitable, en el mundo en que vivimos, que todo objeto de éxito se acabe convirtiendo en objeto de culto, y generando acto seguido su propio merchandising, es decir, su propia maquinaria para sacarle más dinero al invento. El otro día descubrí la Tintin shop de Barcelona, situada en una de las plantas del centro comercial Las Arenas. A mí me siguen siendo suficientes sus historias (muy de tarde en tarde aún las releo) porque todo lo relacionado con las religiones modernas me produce tanto pavor como lo relacionado con las convencionales.

divendres, 17 de febrer del 2012

TEMES A VIRGINIA WOOLF

Hace unos días fui al teatro, a una obra que había visto en su versión cinematográfica protagonizada por Elizabeth Taylor y Richard Burton, ¿Quién teme a Virginia Woolf? de Edward Albee. Había visto la película cuando era casi un niño y naturalmente me impactó mucho. Se trataba de ver ahora si la historia me atrapaba después de tantos años. Como suele suceder cuando releemos una novela el tiempo aporta siempre algo nuevo que hace que nuestro recuerdo mejore, empeore o se mantenga igual. Son los años, que no pasan en balde, y que nos moldean tanto interna como externamente.

En el caso de la obra de Albee enriquecí la historia con cosas que ahora sé y que cuando vi la película no sabía. La obra me pareció emblemática del teatro estadounidense de la posguerra (Miller o Tennessee Williams), el argumento emparentado con películas que cantan la degradación provocada por el alcohol (en cierta medida me acordé de Días de vino y rosas), y el motivo de la obra lo relacioné con la investigación psicológica tan en boga en los años 60 y 70. Respecto a la función, impecables los actores (sobre todo la gran Emma Vilarasau, desconocidísima fuera de Catalunya, y también Pere Arquillué) , muy buena la puesta en escena y la dirección.

Se trata de una obra tan intensa, tan desgarrada, que no le queda al espectador ni un momento de sosiego. Incluso al final sientes que has aplaudido poco porque la intensidad de los sentimientos y el patetismo desbordado de unas almas que de tanto vivir al filo acaban por hacerse daño, hace que al bajarse el telón uno quede un poco desnortado, con la necesidad de digerir tanta emoción. Al final, cuando todo se ha descubierto, cuando las mentiras han aflorado, George le pregunta a Martha tras prestarle el jersey para que no tenga frío: ¿Quién teme a Virginia Woolf?, y ella responde con un hilo de voz, Yo, George, yo la temo. Las almas quedan en suspenso y uno no se explaya aplaudiendo.

Virginia Woolf, la gran escritora, simboliza en esa frase hecha que nos remite al lobo feroz, la capacidad crítica, la libertad consecuente, la adultez decidida, la coherencia insobornable. ¿Cómo no temerle a todo eso, con lo fácil que resulta refugiarse en la mentira infantil? Todos le tememos un poco a Virginia Woolf aunque no estemos dispuestos a confesarlo.

Una cosa me sorprendió, ésta no precisamente para bien. En una obra tan densa, en que los personajes se dedican tantos insultos, es cierto que en ocasiones la rapidez de sus respuestas te provoca una sonrisa. Pero, ¿a qué vienen tantas risas constantes en ese contexto de desnudez abisal y de existencialismo descarnado? Lo hablaba el otro día con una compañera y me dijo que también ella ha notado que ahora la gente se ríe mucho en el teatro, venga o no venga a cuento. Y según ella mucho tienen que ver estas comedias televisivas de risa enlatada. Y probablemente, añado yo, una menor cultura teatral que lleva a confundir la ironía inteligente con la sal gorda de la comedia menos sofisticada.
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Apunte o añadido: la obra la vi en el encantador teatro Romea del Raval. Un teatro de los de antes, al que cuando era muy jovencito tuvimos la osadía de abonarnos mi hermano y yo, a unas edades en que los otros chicos se compraban un monopatín o comenzaban los periplos por los bares del barrio. Allí descubrí grandes obras de clásicos universales, españoles y catalanes. Y cuando estuve en Murcia, hace unos años, me encontré también con un teatro Romea muy bonito, más monumental que el nuestro. La verdad es que Romea suena genial para un teatro, pensé entonces. Hoy, gracias al blog La panxa del bou de Júlia Costa, sé que ambos teatros comparten nombre porque ambos lo toman del mismo personaje: un eminente actor murciano llamado Julián Romea que debía triunfar también de lo lindo en Barcelona. Por un lado me gusta que mi ciudad acoja sensibilidades y sepa homenajear a los grandes, sean de donde sean. Y por el otro, gracias a la lectura del blog de Júlia, sé también que mientras por el Romea murciano se pasea el fantasma del gran actor homónimo, por el Romea barcelonés se pasea el fantasma de una colega también eminente: Margarita Xirgu. ¿Qué sería el arte si no supiéramos honrar convenientemente a los verdaderamente grandes? ¿Y qué sería si además no nos despertara preguntas íntimas, e incluso, un poco incómodas?

dissabte, 11 de febrer del 2012

TEST DE ESPAÑOLIDAD

Táchese la opción que no proceda:

a) Culpable b) Obviamente inocente

a) Inocente b) Obviamente culpable

a) Culpable b) Tan inocente como el primero

a) Culpable b) Culpable pero mucho menos

a) Culpable b) ¿Que mi marido ha hecho qué?

a) Rivales b) Vamos a hacer como que somos rivales

a) Ejem b) Sencillos y campechanos, pertenecientes a la casta de los intocables

a) Tortura de un animal b) Espectáculo y bien cultural merecedor de la categoría de Patrimonio de la Humanidad


a) Vigilantes de sus prebendas b) Garantes de la moral pública y voz de la conciencia universal española

a) Dictador b) Caudillo con ligera tendencia a un cierto autoritarismo que nos salvó en un momento delicado de nuestra historia y que nos obsequió con cuarenta años de paz y prosperidad
a) Anticatalanismo español b) Catalinos de mierda

a) Escolti... b) Muy anticonstitucional aunque el estatuto andaluz, que dice poco más o menos lo mismo, sea perfectamente constitucional

a) Destino Universal Unido, quieras que no b) Unidad de destino en lo universal
Valoración de los resultados:

- Trece b) Español sin mácula
- Doce b) más un Ejem: Español con poca mácula, o sea, Republicano de derechas (los hay, cada día más)
- Doce b) más un Escolti...: Español con mácula y además poco informado (aunque sea conocedor de lenguas vernáculas o dialectos periféricos, que viene a ser lo mismo)
- De 6 a 12 b) Español (muy) mejorable
- De 3 a 6 b) Español en peligro
- Menos de 3 b) Rojo, separatista, indeseable, vago y/o maleante. (Algunas de esas razas a exterminar, ni que sea por el camino del desánimo, del engaño, de la prevaricación, del recorte o de la mentira)
- Cero b) Rojo, separatista, indeseable, vago, maleante y enemigo de la Patria, todo a la vez. (A exterminar también, pero a lo bruto y sin anestesia previa)

dimarts, 7 de febrer del 2012

NIEVE

Como no estamos acostumbrados, la nieve nos molesta en nuestra cotidianidad: se estropean los transportes, resbalamos por las calles, carecemos del vestuario adecuado, todo se detiene. Pero la nieve nos gusta, seguramente como una postal navideña que de repente se hace real. Nos gusta: cuando estamos preparados, y cuando disponemos de tiempo para enfrentarnos a sus molestias.

Nos gustan los prados y las montañas nevadas, la arena de la playa emblanquecida, ver los copos cayendo y cómo cuajan en el suelo. Entonces salimos a la calle y miramos hacia arriba. Probablemente porque la nieve es inusual, al menos donde yo vivo.

Durante estas navidades pasadas cogimos el coche y subimos a la montaña a verla. Una cosa es verla en los montes, en las laderas, en los márgenes de las carreteras, y otra verla en las pistas de esquí. Recuerdo todavía la enorme sorpresa que supuso para mí ver una pista de esquí por primera vez hace ya unos años. Si uno no es esquiador no suele verlas más que en la tele. Me sorprendió muchísimo el bar a rebosar, con una terraza llena de gente tomando el sol, a esas temperaturas gélidas, y la forma en que las señoronas combinaban el horrible y vistoso vestuario de esquí con unas Ray-Ban último modelo y un bolso de Prada que fascinaría a la mismísima Rita Barberà.

Una pista de esquí es un decorado. Recuerdo que eso es lo que pensé cuando la vi por primera vez. Un decorado donde se aprovecha un fenómeno natural para saltar un poco y presumir otro poco. El esquí sigue siendo pijo, digan lo que digan quienes esquían, y eso se nota en la pista. Tras muchos años, esta navidad pasada hicimos una excursión a las pistas de Andorra, y allí volvimos a contemplar, sorprendidos y fascinados por la belleza del entorno, la inesperada feria de las vanidades navideñas (o navidades vanidosas).

Vale la pena sacar el hocico en esas pistas. Porque todo es bonito, y frío, y extremadamente encantador. Aunque no sepas esquiar y camines como pisando huevos. Les miras a ellos con la misma cáustica ironía con la que sin duda ellos te miran a ti.
(Y a propósito de la nieve y de la ola de frío: a mí lo que verdaderamente me deja helado son otras cosas. Me deja helado ver cómo los delegados del PSOE cantan La Internacional, puño en alto (¿no les dará vergüenza?). O me deja helado ver cómo corean el nombre de su líder (Ru-bal-caaaa-ba) con esa fe que ellos sospechan que mueve montañas (pero que se parece más al agua pasada que no mueve molino). Me deja helado ver al juez Garzón en el banquillo y constatar que el franquismo sigue vivo y sigue siendo peligroso. También me deja como el témpano escuchar al ministro de cuyo nombre no quiero acordarme decir que lucharán para que los toros sean patrimonio de la humanidad. U observar cómo las izquierdas optan por callarse ante lo que está pasando en Siria y que yo no dudo en calificar de genocidio. Inofensiva nieve ante el peligro de los seres humanos.)

dimecres, 1 de febrer del 2012

UNA VOZ

Durante seis largos años estuve trabajando a 80 quilómetros de mi domicilio. Iba y venía cada día. Tan solo en tres o cuatro ocasiones al año me quedaba a dormir, con motivo de alguna evaluación que acababa tarde o de alguna reunión. Los demás días, los primeros años en coche y luego en tren, regresaba a Barcelona al término de mi jornada laboral.

Los primeros años tenía coche, y es por ese motivo que conducía los quilómetros de ida y de vuelta. Con el coche ganaba en comodidad y en horas de sueño, puesto que la combinación con transporte público no era muy buena, y me obligaba a madrugar mucho. Pero cierto día tuve un accidente. Un accidente aparatoso. No sufrí ninguna secuela física, afortunadamente, pero sí psicológica. Desde aquel día no conduzco. Por ese motivo a partir de aquel momento comencé a trasladarme en tren.
Para entenderlo habrá que decir que el accidente fue aparatoso. El coche se me salió de la carretera, se disparó hacia la cuneta, saltó un pequeño terraplén, y dio una vuelta de campana para acabar del revés. Una de las cosas que más recuerdo es la imposibilidad de quitar el contacto del coche, puesto que al estar boca abajo debía girar la llave hacia el lado contrario del habitual. Además todo estaba al revés: el volante y el contacto arriba y yo hecho un ovillo en el techo convertido en base. Recuerdo que salí por la ventana, que afortunadamente se quedó sin cristal. A gatas, nervioso, sin entender muy bien qué había pasado. Recuerdo que temía sobre todo que el coche se incendiara de un momento a otro, o aún peor, que explorara, como en las películas. Recuerdo también alejarme, sacudiéndome la tierra de los pantalones como si un poco de tierra fuera lo más importante. Recuerdo que me di la vuelta y observé mi coche convertido en un acordeón gigantesco (siniestro total, dijeron luego los técnicos, como uno de mis grupos favoritos de juventud). Un coche se paró a lo lejos, del cual salió una chica que vino corriendo hacia donde yo estaba con las manos literalmente en la cabeza. Soy muy malo con las caras, malísimo. Pero aquella cara no se me olvidará nunca. Era la cara del terror. Una chica guapa, no muy delgada, con apariencia de buena persona. Llegó a mí y me cogió de los hombros, y no cesaba de preguntarme si estaba bien, y de decir con la voz temblona que era un milagro que estuviera vivo. Y yo, por toda paga, le pedí que entrara por la ventanilla y quitara el contacto, que yo no atinaba y temía que se incendiara. Sé que resulté muy poco caballeroso. Ella, por el contrario, fue muy obediente. Se agachó, se puso a cuatro patas, entró por la ventanilla y apagó el motor. Bendita muchacha.

Luego llegó una ambulancia que yo no quería, pero como funcionamos por protocolos tocaba entrar en ella y que me llevaran al hospital comarcal. Tras unas radiografías me dijeron que no me había hecho absolutamente nada. Lo cual, ratificaron, era poco menos que uno de esos milagros que afortunadamente ocurren a diario.


Pero hay dos cosas que todavía no he contado. La primera es que tres años después, todavía en el mismo instituto del mismo pueblo, vi entrar aquella cara por la puerta. La cara de la chica que me había socorrido, la que si no me diera miedo resultar cursi definiría como mi ángel de la guarda. Andábamos el uno hacia la otra porque yo salía y ella entraba. Pero cuando estuvimos a metro y medio nos detuvimos ambos, nos señalamos con el dedo y sin decir nada nos dimos un abrazo. El destino me permitió hacer algo que no hice cuando ella me socorrió: darle las gracias. Durante los tres años que habían transcurrido muchas veces lo había pensado: ¿cómo encontrar aquella chica de la que no sabía siquiera el nombre para poder darle las gracias? A veces el destino hace bien las cosas.

Lo segundo que me falta por contar me da, incluso, más apuro. Porque muchas veces me he preguntado qué sucedió allí, en ese momento. No se trata de un secreto, lo he contado a algunas personas en algunos momentos, pero casi nadie ha hecho ningún comentario y me ha parecido que les incomodaba mi sinceridad. También me incomoda a mí, o mejor, también me incomodó durante mucho tiempo. En síntesis: el día que tuve el accidente no fue el primero en que los frenos me fallaron. En dos ocasiones anteriores, al frenar, el coche se me desvió levemente hacia la derecha. Me preocupó pero no lo suficiente. Porque el día del accidente, tras pasar un cambio de rasante, descubrí que había una máquina pintando las rayas de la carretera. Mi velocidad debía de ser superior a la permitida porque, tras frenar, el coche se me desvió hacia la derecha pero esta vez no pude controlarlo. Vi claramente que me salía, que no había nada que hacer, que tenía delante el terraplén, que el accidente era inevitable. No pude maniobrar, no sirvió para nada. El coche iba solo. Tuve el inicio de un ataque de terror, o algo parecido. Pero entonces escuché una voz. Juro que la escuché.

No fue una voz que resonara dentro del coche. No fue como un efecto especial de bajo presupuesto. Fue algo interior pero fue tan claro que supe que no era yo quien había pronunciado aquello. En catalán, mi lengua materna y paterna, la voz me dijo literalmente (y no puedo evitar un temblor extraño al recordarlo):  tranquil, no et passarà res, tranquilo, no va a pasarte nada. Eso fue lo que me dijo la voz.

Seguramente fue mi propio subconsciente. No lo sé. Sólo sé que esa certeza, la seguridad tremenda que me aportó aquella voz, me vino muy bien porque supe, sencillamente supe, que no me iba a pasar nada.

Los primeros años pensé mucho en aquel extraño episodio. ¿Fue mi mente? ¿Era yo esquizofrénico y no lo sabía? ¿Tenemos un ángel de la guarda que nos habla en ciertos momentos límites? ¿Lo que me sucedió tenía algo que ver, ni que fuera lejanamente, con esas experiencias cercanas a la muerte que cuentan algunos? Me preocupó durante mucho tiempo. Hoy, aun y sin entenderlo, me preocupa menos. Aquello sucedió, siquiera en mi mente. No ha vuelto a ocurrir más. No importa que se cumpliera el pronóstico; nadie me asegura que la voz no le dijera lo mismo a alguien que murió en un accidente. Lo que importa es que aquella voz me dio cierto punto de serenidad que de otra manera no hubiera tenido. Cuando estaba a punto de salirme de la carretera, con las manos en el volante, el coche ya fuera de control, tras haber escuchado la voz, cuando estaba ya todo perdido cerré los ojos, literalmente los cerré, y esperé a que terminara todo. La voz me tranquilizó. Supe que nada malo iba a sucederme.

La lógica de la vida, la ley de causa y efecto, nos enseña todo lo que vamos aprendiendo. Me pregunto si a veces crecemos también por el camino inverso: por el camino de lo inconsciente, de todo lo ilógico, de todo lo extraño que nos rodea.

dijous, 26 de gener del 2012

GÓNGORA EN LA PUERTA DEL WATER

En nuestros recientes días sevillanos tomamos una mañana el tren y nos acercamos a Córdoba. La idea era pasear por las callejas, visitar la Mezquita y la Sinagoga (la única en tierras andaluzas), cruzar el puente romano, y poco más.


Las calles de Córdoba son muy bonitas, blancas, diminutas, íntimas. Pero la zona antigua es reducida. Merece la pena una visita, qué duda cabe, lo mismo que los pueblos blancos andaluces que tanto predicamento tienen (no los conozco pero los imagino como la zona antigua de Córdoba). La Sinagoga estaba cerrada. El puente romano enseguida está visto, y además al estar tan remodelado casi ni se percibe la antigüedad cuando lo cruzas. La Mezquita, en cambio, sí que es maravillosa.
La sorpresa fue ver cómo la convirtieron en Catedral: tiraron al suelo la parte central y allí levantaron una Catedral. Naturalmente evité lo más que pude pasar por la zona cristiana, la central: la verdadera maravilla son los arcos árabes que dan una sensación extraña, majestuosa, inquietante incluso.

Cuando ya nos íbamos descubrimos el último detalle: la tumba de Góngora. Nada, una cajita que puede servir como metáfora, o para exclamar aquello tan cierto de que no somos nada. No me atraen especialmente las tumbas de famosos, esa extraña forma de fetichismo que puede seguirse fácilmente por la red y que te permite asomarte a la tumba de Keneddy, por un decir, e incluso ponerle unas flores. Pero, aun sin ese fetichismo, ya son varias las tumbas que he visitado: la de Machado en Colliure, la de Cortázar en el cementerio de Montparnasse en París, la de Marlene en Berlín. Y nada, efectivamente, no queda nada. A los muertos hay que buscarlos en los recuerdos, no en los huesos.

Por eso recordé poemas de Góngora y sonriendo me acordé de los que intercambiaron con su enemigo del alma Francisco de Quevedo, escribiendo así una de las páginas más afortunadas de nuestra poesía áurea. "Yo untaré mis obras con tocino porque no me las muerdas, Gongorilla" le espetó Quevedo llamándole judío. O "Érase un hombre a una nariz pegado", del mismo al mismo. Pobre Góngora, excelso poeta pero pereciendo ante los ataques inmisericordes del castellano. "Anacreonte español, no hay quien os tope" se limitó a contestarle, metiéndose con sus gafas. Aquello que había comenzado con la mala baba de un Quevedo joven ridiculizando los poemas del otro ("Ya que coplas componéis") acabará en una verdadera afrenta poética: "Quien quisiere ser culto en sólo un día, la jeri (aprenderá) gonza siguiente". Así, llanamente, Quevedo reduce a jerigonza la obra poética del otro.
Antes de salir a pasear por las calles cordobesas quise ir al baño. Pregunté a un guardia de la Mezquita  donde estaba y me señaló... me señaló la tumba de Góngora. Extrañado me dirigí hacia allí. Y sí, no lo había visto antes pero la tumba de Góngora está al lado mismo de la puerta de entrada al water de la Mezquita. Fue un estupor, una extrañeza. La tumba de Góngora al lado de la puerta del water. Así de contundente.

Mientras entraba creí ver la sombra de Quevedo sonriendo por ahí cerca. Qué gran poema no escrito, qué punto final más terrible. Y qué mala leche la de los cordobeses apostando tan claramente por Quevedo.

Yo, lo dije siempre, soy gongorino.

divendres, 20 de gener del 2012

SCONES Y TÉ INGLÉS

En una entrada anterior hablé de mi estancia veraniega en Londres. Habría mucho que decir respecto a las excelencias de la ciudad pero no es esto lo que pretendo. Lo que quiero ahora es contar un pequeño detalle gastronómico.

Una de las cosas que deben hacerse en Londres es vivir el ritual del té de las cinco, lo cual no significa meterse en un Starbucks. Buscamos un sitio en que sirvieran el llamado afternoon tea. Lo primero es que cierran a las cinco y media de la tarde. A partir de entonces ya no sirven té (no en estos sitios especializados, uno siempre puede meterse en una cafetería y tomarlo a cualquier hora). Estos Salones de Té distan mucho de ser bonitos, o refinados, como serían sin duda en París. Mucha moqueta y mucho estilo british, que la elegancia y el pueblo británico parecen peleados a muerte.

Elegancia la justa, pero distinción toda. El llamado afternoon tea consiste en una variedad de té negro (una de las mezclas a las que son tan aficionados, el english breakfast, por ejemplo) con unas gotas de leche, un si es no es. Va acompañado de unos panecillos parecidos a una magdalena, mermelada de fresa y una crema extraña, a medio camino entre la nata y la mantequilla. Naturalmente puedes pedir tu té acompañado de un pastel de chocolate, pongamos por caso, pero eso no sería el genuino cream tea. La verdad es que, con la calma de saborear unos panecillos y el sabroso té negro, recuperas fuerzas y parece que el mundo se detiene. Un momento zen. Así lo viví.

Vinimos cargados de té, naturalmente. El de Harrod's es muy bueno (me encanta el English Breakfast Strong). Y una vez en Barcelona decidimos repetir en casa una sesión como la que vivimos en Piccadilly Street (pleno barrio de St. James). Pero, naturalmente, no iba a resultar nada fácil. Puede pensarse que de mermelada cualquiera serviría, y seguramente es cierto. Pero la que sirven ellos es espesa y con el punto justo de dulzor (una amiga me dijo que tenía una textura que parecía la del membrillo). Casualmente en el Gourmet de El Corte Inglés encontramos la genuina mermelada inglesa Wilkin and Sons. Lo siguiente fue descubrir qué eran exactamente esas magdalenas inglesas poco dulces. Tienen nombre: se llaman scones. Y los hay en Barcelona. Sólo nos faltaba la crema. Eso fue más difícil por no decir imposible. No era una nata al uso, tampoco mantequilla: su textura era extraña, particular, suavísima... algo muy extraño que me llamó mucho la atención. Para empezar recibe un nombre (gracias google, en estos casos): nata coagulada (clotted cream) ni más ni menos.

Los ingleses, que tienen poco vino y pocos olivos, se han convertido en expertos en natas y cremas. Mientras que nosotros tenemos la nata de cocina (18% de materia grasa) y la de montar (36%) ellos, además de estas, tienen la double cream, con un 48% (también para cocinar, sedosa y muy apreciada), la nata de origen francés Creme Fraiche (40%) de sabor ligeramente ácido, y finalmente la Clotted Cream, la coagulada, la que sirven con los scons y que aquí es inencontable, entre un 55% y un 63% de materia grasa ni más ni menos. Es fácil imaginar por qué me sorprendió aquella textura extraña, cercana a la mantequilla pero con un sabor diferente, con un ligero tono amarillento pero infinitamente más cremosa.

Nata coagulada (o cuajada, como sale en la wikipedia) aquí no la hay, como decía. Así que en nuestro particular afternoon tea la sustituimos por Creme Fraiche. Y así organizamos nuestra jornada gastronómica inglesa, a media tarde. La comparto para mostrar que de los viajes uno no viene cargado sólo de fotos y de momentos, sino también en ocasiones de magdalenas, de mermeladas y de una extensa variedad de productos lácteos. Yo que en mi juventud y viendo a la Thatcher por la tele pensaba que en Gran Bretaña sólo existía la mala leche.
Hasta dentro de seis días.

dissabte, 14 de gener del 2012

REPÚBLICA SÍ, PERO FEDERAL

Soy de los que piensan que la única solución para España es el Estado federal. Existen otras soluciones menos amables, claro está, soluciones que han funcionado en otros momentos y por largos periodos de tiempo: la represión, la censura, la falta de libertad, la imposibilidad de queja. Esa solución no la contemplo porque es la solución de la vara y no la de la convivencia. Luego, claro, está dejarlo todo como está ahora, cosa que muy probablemente ocurrirá: hacer como que no pasa nada, cantando las virtudes de nuestra monarquía constitucional y autonomista. Lo que pasa es que a mí, la monarquía no me gusta, de la constitución me siento ajeno y la autonomía en cierta medida está amenazada.

Pensamos, probablemente de forma algo inocente, que una solución para el país sería que España se convirtiera en una República. A mí mismo la idea de la República me exalta, me gusta, me apetece. Porque tenemos una visión equivocada de la República; una visión mítica generada por la Segunda decapitada por el franquismo (o el fascismo). Pero en esa Segunda, junto con muchos proyectos muy válidos, recogió también lo mismo que está recogiendo este Estado de las Autonomías que habitamos. ¿Alguien puede imaginar la de críticas que generó ya entonces el Estatut de Catalunya del año 32? Sí, las mismas quejas que hace cuatro años. ¿Alguien puede hacerse una idea de la fuerza de la derecha reaccionaria en la Segunda República? Sí, basta con mirar Intereconomía. ¿Alguien puede suponer las críticas que generaba cualquier intento de aprobar nuevas leyes progresistas? Lo mismo que ahora, exactamente lo mismo.

Yo, por tanto, dudo que la República a secas sea una solución adecuada. Tras la excitación de los primeros momentos, nada o casi nada iba a cambiar. Estas navidades pasadas Miquel Roca, uno de los padres de la Constitución actual, señaló en una entrevista que los españoles quieren como Presidente de la República a Aznar o Bono. ¿Es necesario recordar lo que hizo la derecha republicana durante los cinco años de la Segunda?

Naturalmente prefiero una República a secas que una monarquía que afortunadamente, la gente va por fin conociendo. Pero una República, sin más, sería otra forma de acabar exactamente en lo mismo. Por eso decía al principio que la única solución que yo le veo a este país pasa por una República Federal. Eso que llevamos tanto tiempo reivindicando los catalanes (ya desde la Primera, hace casi 150 años, en que se presentó un proyecto de Constitución Federal en que se indicaba que España estaba formada por una serie de Estados). Esa sería una manera justa de continuar siendo España pero permitiendo que todos (o que casi todos) se sientan cómodos (y siempre que digo esto la gente me mira como diciendo, pero si yo ya estoy cómodo... tú sí, pero igual yo no, y cuando digo yo no me refiero a mí sino a nosotros, claro). Pero, como decía, no detecto en absoluto esa necesidad en otros rincones de España. Señal inequívoca de que no se comprenden las otras nacionalidades ni se empatiza lo más mínimo con ellas. Lo cual me lleva a pensar que el Presidente de la Tercera República seria casi con toda seguridad Aznar. O Bono. Y para este viaje no cojo yo grandes alforjas, sinceramente. En otras palabras, que para construir una República que dentro de tres años repita episodios como el del Estatut, el del boicot a los productos catalanes, el de la polémica por los traductores en un Senado que seguiría sin servir absolutamente para nada, para repetir todo eso ya nos sirve el Rey y su encantadora prole.
De todas formas es importante darse cuenta como España, aunque insista en no querer ver el problema territorial que tiene vuelve siempre a poner sobre la mesa el tema de las nacionalidades: las comunidades autónomas actuales son, naturalmente, muy parecidas a los Estados propuestos por la Constitución Federal que nunca llegó a aprobarse. Señal inequívoca de que incluso quienes no ven problema nunca, saben que el tema no deja de estar siempre encima de la mesa. Y que siempre vuelve.

Ahora que la Monarquía comienza felizmente a tambalearse, ni que sea un poco, me gustaría pensar que se plantea sustituirla por otra organización estatal más respetuosa y menos impositiva. Pero creo que no es así. Mientras que el uso de las otras lenguas españolas en la capital sea visto como un derroche sin sentido, no será así. Las mal llamadas nacionalidades permanecen, por tanto, abocadas a la queja y a la escisión. Y así será mientras la única nación española válida sea la castellana.

diumenge, 8 de gener del 2012

¡OH, GRAN SEVILLA!

He pasado el fin de año en la ciudad que da título a esta entrada, título que la describe bien, muy bien, y que está sacado del séptimo verso del soneto cervantino que tanto me gusta. Porque Sevilla es efectivamente grande, y muy bonita. Paseándola, que creo que nunca vi una ciudad tan hecha para ser paseada, los tópicos venían a raudales a nuestras cabezas. Sevilla, "con qué pasión te enamorará, y te embrujará", que cantaba Miguel Bosé en una canción que hoy se nos antoja muy tonta. O las "modistillas", el "he vuelto a ser remero de la plaza España" o los paseos por el "parque de María Luisa, a ver morir el sol", de otra canción más absurda todavía, debida a José Luis Perales. Pero musicalmente no todo es tan malo, aunque insista en ser tan tópico. Está también, por ejemplo, la canción de Pareja Obregón: "Me da igual cantar en Sierpes que en la Plaza Nueva, pasear por esas callecitas tan estrechas...".

Paseando por Sevilla nos acordamos de estas canciones y de tantas imágenes sacadas de la tele, de los anuncios, de Semanas Santas espantosas, de películas de dudosa calidad, de duquesas forradas en sus palacios y en sus bodas. Y entonces yo llegué a una conclusión: que Sevilla no merece los tópicos que tiene, porque es una ciudad más hermosa de lo que los tópicos dejan adivinar. Muchísimo más hermosa. De una belleza de verdad, no de una belleza de balada de domingo. Me ha impactado Sevilla, me ha gustado mucho. Y hoy quiero compartirla en esta entrada. Y reivindicarla como la ciudad que, más allá de cuatro cantantes ligeros, inspiró óperas y versos, iluminó pintores o alumbró poetas (Bécquer, Machado, Cernuda, entre mis preferidos). Y, eso sí, la gracia sevillana, que realmente existe, que siga siendo un tópico, pero un tópico positivo. Ahí va un vídeo de los villancicos, acompañados de las danzas espontáneas, que se marcan en plena calle.

Como dije, nunca vi una ciudad para ser tan paseada como Sevilla. Paseamos, buscamos, nos perdimos en el laberinto en que a veces se convierten sus calles. Pero además cumplimos con todos los requisitos del viajante que trata de ser poco turista (o nada turista), pero el tópico, ay, a veces acaba engulléndolo.De día y de noche. Por el Arenal, por Santa Cruz, Triana o la Judería. Por el lado del río o protegido tras las murallas del Alcázar.
Sevilla es todo eso. También la gracia inesperada (mirad la foto de la pizarra de un restaurante), incluso la gracia en los errores de ortografía, o en cualquier error, algo que se agradece mucho en nuestro mundo políticamente correcto.

Pero Sevilla tiene más. ¿Más? Claro, tiene sevillanos, cómo no. Y también ellos se apartan del tópico, o lo trascienden. Es cierto que son enormemente amables, muy hospitalarios. Para muestra podéis pasaros por el blog de Reyes, con la cual, por cierto, compartimos un vino y justo al "desvirtualizarnos" nos conectamos todavía más.

Id a Sevilla. Es un consejo muy serio.

dilluns, 2 de gener del 2012

PUEBLOS ABANDONADOS

Uno es melancólico; no lo eligió. Y le gustan esos paisajes propios de la melancolía, lo mismo que le gustan las tardes lluviosas o el frío tras los cristales. Entre los paisajes del melancólico se encuentran las ruinas, los cementerios... Ninguno de los dos se cuentan entre mis favoritos. No así el motivo de esta entrada: los pueblos abandonados. Decir que me gustan suena mal. No me gustan; me duelen, me provocan enorme desazón, lo mismo que cuando paseando por la calle te cruzas con un zapato tirado. Es como una parte de la vida de alguien que quedó allí olvidada.
Empecemos por decir que ojalá no existieran. Yo pertenezco a una familia qua abandonó sus pueblos (aunque afortunadamente conservaron las casas) porque lo rural no les daba para vivir. Y a mí me ha llegado la tristeza que con seguridad sintieron cuando lo dejaron todo, cuando cerraron la casa (qué horrible sensación, cerrar la casa, ese último portazo, esa llave cerrando como en un lamento, para largar a buscarse la vida a otro sitio). Supongo que eso me ha llegado. A través de la memoria genética, o de los relatos familiares. No sé cómo, pero me ha llegado.

 Dije al principio que me gustan los pueblos abandonados y seguramente dije mal. Me interesan, me ponen triste, me conectan con mi propio pasado (el que ni siquiera viví). Luego es cierto que la soledad que transmiten, ese silencio de muerte de las casas deshabitadas todavía no convertidas en ruina, nos conecta con algo muy íntimo, muy ctónico, muy vivido, muy humano.

 Recuerdo que en una película de Almodóvar los protagonistas iban al pueblo, ya deshabitado de uno de ellos (Átame, creo) y a la vuelta cantaban el himno que tanto nos gusta del Dúo Dinámico (Resistiré, erguido frente a todo). Ese contraste entre la muerte, el pasado, y la lucha por el futuro abría nuevas dimensiones al filme. Yo, al menos, lo entendí así.
Existen varias páginas en internet que hablan sobre los pueblos abandonados, que los homenajean. Me gusta pasearme por ellas en ocasiones, como recordatorio de lo que debería dejar de suceder: que nadie más se viera obligado a abandonar sus hogares, que estos rincones no lleguen a convertirse en paraíso de los fantasmas. (Y cabría hablar aquí de los programas de repoblación que algunas comarcas han iniciado, con la intención de darle vida a las piedras, enriquecer el entorno, y olvidarnos de tener un país deshabitado. A ese respecto podéis consultar el blog Ocupemos los pueblos abandonados).

Algunas de las páginas que os digo sobre los pueblos deshabitados son las que se esconden tras las fotografías de esta entrada.

dimarts, 27 de desembre del 2011

AFA

(Las fotografías de este post son, lo mismo que las del anterior, dispersas imágenes de la Navidad en Barcelona)

Ya dije en la entrada anterior que cuando era joven las navidades no me gustaban nada. De todas las fiestas, sin embargo, la que menos me gustaba era la noche de fin de año. Cuando salía me encontraba unos precios prohibitivos para mi bolsillo precario de entonces, una cantidad agobiante de gente en todas partes (que convertían ese bar preferido en una vulgar lata de sardinas), los borrachos inevitables cuando regresabas a casa, a pie, porque además o no había dinero o no había taxis libres. Y el resultado era que esa noche no solamente no habías disfrutado lo que las normas dictaban (porque esa noche debe ser la leche y quien se aburre es porque es tonto) sino que además te habías divertido muchísimo menos que cualquier otro viernes. La gente iba pasada, casi no podías moverte, los amigos estaban desperdigados en cotillones diversos y además esa costumbre inevitable (la de la bolsita que te daban a la entrada, con los espantasuegras, el gorrito, el confetti y la serpentina) se resistía a morir. Horrible, sin paliativos. Una pesadilla.

Siempre me ha horrorizado lo de divertirse por decreto ley. Este aspecto parecía que la gente no se lo planteaba: nadie protestaba y todo el mundo parecía divertirse muchísimo (y si no se divertían se emborrachaban).

Cuando conocí a mi gran amiga Susana encontré un ser muy parecido a mí en muchos aspectos. Me lo pareció nada más conocerla, y no estaría yo muy equivocado si tenemos en cuenta que hoy, más de veinte años después, sigue formando parte de mi círculo de gente más querida. Sí, nos parecíamos en muchos aspectos: baste poner como ejemplo que ella también odiaba los fines de año. De hecho, los odiaba tanto como yo.

Lo del AFA fue idea suya, no quiero quitarle el mérito. Ese fin de año decidimos juntarnos con unos amigos pero no íbamos a celebrar un fin de año al uso. ¿Qué celebrábamos entonces? ¿Qué se puede celebrar la noche de fin de año que no sea el fin de año? Pues un Anti Fin de Año, dijo Susana, un AFA. Nos reunimos con más gente y tratamos de ser sencillamente poco usuales. Bebimos y brindamos, eso sí, pero no porque fuera fin de año sino porque siempre nos gustó beber un poco.
La vida ha pasado, Susana y yo nos hemos hecho ¿adultos? sin dejar de ser amigos. La vida ha transcurrido para ella y para mí. Pero los AFAS vinieron para quedarse, al menos en mi caso ( y creo que en el suyo también). Cada vez que vivo un AFA vistoso le escribo luego y se lo cuento. ¿Qué tal el fin de año?, nos preguntamos días después. AFA total.

Mi AFA más radical fue un año en que tenía una ligera faringitis con unas décimas de fiebre que no me hubieran impedido ir a la cena que tenía programada. Disculpé mi asistencia y me metí en la cama rodeado de libros mientras iba pensando que se estaba de maravilla y que aquel AFA era plácido pero no menos bueno. O el año pasado, qué gracioso estuvo el AFA en París... Las luces de la Tour Eiffel se encendieron de golpe, todo el mundo dijo Bone Année, descorcharon alguna tímida botella, se fundieron en algún abrazo rápido, luego un beso, para finalmente darse la vuelta y meterse en la boca del metro. Un AFA inesperado. Mi pareja y yo volvimos al hotel paseando mientras París no paraba de sonreírnos. Yo iba pensando, ya verás cuando le cuente a Susana que estos franceses han adoptado el Anti Fin de Año con tanta fe.

 De corazón y para todos: feliz AFA y feliz 2012.

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