INEXISTENTES NUEVOS MODELOS ALTERNATIVOS CREÍBLES
No resultará una novedad si digo que estoy enfadado con los políticos. Ni tampoco lo será si digo que lo que está pasando me provoca un desagradable desengaño desmotivador.
Viene de lejos. Quienes me conocen saben la ilusión por la que aposté por las izquierdas en Catalunya. El balance fue negativo y lo que me gustó (la ley de barrios, por ejemplo, o cierta manera de entender la sanidad pública) quedó ahí como una flor que no hacía verano. Mi disgusto no afectó a uno solo de los tres partidos que componían el tripartito: los tres hicieron números para desengañarme un poco. No por las ideas que defendían, sino por la forma, por la manera desastrosa en que desarrollaron su programa conjunto. La cosa iba tan mal que muchos catalanes comenzaron a contar las horas para que llegara CIU otra vez. Y llegó, claro. Por goleada. Pero que se sepa, y que se diga: no es casual. No es casual que ganaran. Que la gente no es exactamente tonta y no le gusta que le tomen el pelo.
Luego, tras perder merecidamente el ayuntamiento de izquierdas de mi ciudad por similares motivos (amén de un alcalde insoportable llamado Hereu), vino el infortunio de ZP. Lo que había comenzado francamente bien acabó rodando cuesta abajo y sin freno. No fue sólo culpa de la crisis, que influyó, está claro. La arrogancia socialista les jugó una vez más una mala pasada. Ni vendieron el producto, ni lograron convencer a nadie. Perdieron también, por goleada masiva. Y justo antes de irse aprovecharon para indultar a un banquero corrupto. Lo que faltaba para que todos nos diésemos cuenta de que merecían perder, lo mismo que merecen no levantarse en mucho, mucho tiempo. ("No nos falles", le gritaron los jóvenes a Zapatero cuando ganó la primera vez. Los jóvenes sabían que las posibilidades de que acabara fallándoles eran muchas, y le advirtieron vanamente).
Como se sabe me considero de izquierdas, signifique lo que signifique eso. Coincido en la mayoría de cosas con la gente que se autodefine como de izquierdas. Pero lo que no me gusta es cómo hacen las cosas los políticos de izquierdas, y en ocasiones sus propuestas tan poco creíbles. Y eso afecta a todos: a los de las izquierdas llamadas moderadas y a los otros, que a menudo sucumben ante la irrealidad de sus propuestas. No me gusta, por ejemplo, la falta de ideas en IU, partido que en ocasiones parece ladearse hacia posturas que difícilmente entusiasmarán nunca a la mayoría. Es evidente que, por ejemplo, no me gusta el modelo americano-judío-alemán-francés-británico-imperialista-paneuropeodelnorte, que es el nuestro. Considero que es un modelo que debe ser cambiado. Pero quiero proclamar bien claro que el modelo ruso-chino-castrista-chavista-sirio-iraní me gusta muchísimo menos. Si esta es la propuesta para cambiar el mundo que tiene la izquierda que no cuenten conmigo (ni con la mayoría, me temo). Le decía el otro día a un amigo que la izquierda necesita nuevos modelos alternativos creíbles. Y que, de momento, los que no son nuevos son poco creíbles, o al revés. Pero sigamos.
A estas gana el Partido Popular por goleada. Un Partido Popular que sigue situándose al lado de los franquistas, que sigue diciendo que desenterrar a los muertos de las cunetas es guerracivilismo, que continúa vergonzosamente amparándose en una Iglesia que ya ha perdido cualquier punto cardinal (no os perdáis las declaraciones de ese obispo infernal llamado Reig Pla), que defiende una ¡Ehpaññia! que particularmente me da náuseas, que continúa protegiendo a quienes más tienen, que se frota las manos cuando se inicia la persecución a Garzón y en cuyo seno no sé yo si hay medio metro limpio. Los espectáculos judiciales protagonizados por recientes barones populares que chuparon lo que pudieron me confirma en eso. Nadie puede imaginarse lo que desprecio a este partido, aunque ningún otro me satisfaga.
La cosa empeorará. Cuando asistamos a nuevos espectáculos de desprecio a la libertad de mi tierra y de mi lengua. Cuando se confirme una vez más que robar es impune o casi impune. Quiero recordar ahora a Millet, el mayor chorizo de Catalunya; robó cuanto le dio la gana, estafó, se embolsó dinero público, es un ladrón confeso y no ha pasado ni un día en la cárcel. Es decir: que a todo lo dicho se suma que estoy convencido de que la justicia es un cachondeo.
Así me veo, en la ciénaga del desengaño. Escucho a la gente poner el grito en el cielo por las medidas de los populares. Y yo pienso que si los partidos de izquierda tuvieran una mínima credibilidad el Partido Popular no estaría haciendo lo que hace por la sencilla razón de que no estaría gobernando. Y pienso también que nada cambiará hasta que la izquierda combine quejas, nuevas propuestas y autocrítica severa. Pero aquí ni Dios hace autocrítica: sólo somos buenos para llevarnos las manos a la cabeza y gesticular sorprendidos por lo que hace Rajoy o lo que hace Mas. Y yo estoy ya tan cansado de esta historia que se repite por los siglos de los siglos... Sigo siendo de izquierdas, y seguramente lo seré siempre. Pero no me fío de los gobernantes de izquierdas. Lo puedo decir más alto, pero no más claro.
No hay problema: me curo bien. Viajes, literatura, cenas, amigos, familia, cine, ópera cada tanto, teatro... Pero no me apetece ver las noticias, leer la prensa. Me acuerdo de esos viejos que decían que todo es mentira. Hay una diferencia entre ellos y yo, no obstante: que ellos habían perdido la ilusión y yo para nada.
Permanece, sin embargo, una certeza. La de que gobierne quien gobierne nos tienen miedo. Y que cuando salimos a gritar, si gritamos bien, si no gritamos a destiempo, si el grito es sincero y no politizado (repito: no politizado), tenemos las de ganar. No las de ganar el mundo, que eso está perdido. Pero podemos, al menos, ganar batallas cotidianas que al final nos hagan la vida más amable y más justa.



































