Para todos los amigos que aún no lo sepan he abandonado este blog y he abierto otro. Ahora me encuentro en Accés a Maians, lugar en el cual voy colgando las nuevas entradas y donde me gustaría encontraros a todos.

diumenge, 8 d’abril del 2012

INEXISTENTES NUEVOS MODELOS ALTERNATIVOS CREÍBLES

No resultará una novedad si digo que estoy enfadado con los políticos. Ni tampoco lo será si digo que lo que está pasando me provoca un desagradable desengaño desmotivador.

Viene de lejos. Quienes me conocen saben la ilusión por la que aposté por las izquierdas en Catalunya. El balance fue negativo y lo que me gustó (la ley de barrios, por ejemplo, o cierta manera de entender la sanidad pública) quedó ahí como una flor que no hacía verano. Mi disgusto no afectó a uno solo de los tres partidos que componían el tripartito: los tres hicieron números para desengañarme un poco. No por las ideas que defendían, sino por la forma, por la manera desastrosa en que desarrollaron su programa conjunto. La cosa iba tan mal que muchos catalanes comenzaron a contar las horas para que llegara CIU otra vez. Y llegó, claro. Por goleada. Pero que se sepa, y que se diga: no es casual. No es casual que ganaran. Que la gente no es exactamente tonta y no le gusta que le tomen el pelo.

Luego, tras perder merecidamente el ayuntamiento de izquierdas de mi ciudad por similares motivos (amén de un alcalde insoportable llamado Hereu), vino el infortunio de ZP. Lo que había comenzado francamente bien acabó rodando cuesta abajo y sin freno. No fue sólo culpa de la crisis, que influyó, está claro. La arrogancia socialista les jugó una vez más una mala pasada. Ni vendieron el producto, ni lograron convencer a nadie. Perdieron también, por goleada masiva. Y justo antes de irse aprovecharon para indultar a un banquero corrupto. Lo que faltaba para que todos nos diésemos cuenta de que merecían perder, lo mismo que merecen no levantarse en mucho, mucho tiempo. ("No nos falles", le gritaron los jóvenes a Zapatero cuando ganó la primera vez. Los jóvenes sabían que las posibilidades de que acabara fallándoles eran muchas, y le advirtieron vanamente).
Como se sabe me considero de izquierdas, signifique lo que signifique eso. Coincido en la mayoría de cosas con la gente que se autodefine como de izquierdas. Pero lo que no me gusta es cómo hacen las cosas los políticos de izquierdas, y en ocasiones sus propuestas tan poco creíbles. Y eso afecta a todos: a los de las izquierdas llamadas moderadas y a los otros, que a menudo sucumben ante la irrealidad de sus propuestas. No me gusta, por ejemplo, la falta de ideas en IU, partido que en ocasiones parece ladearse hacia posturas que difícilmente entusiasmarán nunca a la mayoría. Es evidente que, por ejemplo, no me gusta el modelo americano-judío-alemán-francés-británico-imperialista-paneuropeodelnorte, que es el nuestro. Considero que es un modelo que debe ser cambiado. Pero quiero proclamar bien claro que el modelo ruso-chino-castrista-chavista-sirio-iraní me gusta muchísimo menos. Si esta es la propuesta para cambiar el mundo que tiene la izquierda que no cuenten conmigo (ni con la mayoría, me temo). Le decía el otro día a un amigo que la izquierda necesita
nuevos modelos alternativos creíbles. Y que, de momento, los que no son nuevos son poco creíbles, o al revés. Pero sigamos.

A estas gana el Partido Popular por goleada. Un Partido Popular que sigue situándose al lado de los franquistas, que sigue diciendo que desenterrar a los muertos de las cunetas es guerracivilismo, que continúa vergonzosamente amparándose en una Iglesia que ya ha perdido cualquier punto cardinal (no os perdáis las declaraciones de ese obispo infernal llamado Reig Pla), que defiende una ¡Ehpaññia! que particularmente me da náuseas, que continúa protegiendo a quienes más tienen, que se frota las manos cuando se inicia la persecución a Garzón y en cuyo seno no sé yo si hay medio metro limpio. Los espectáculos judiciales protagonizados por recientes barones populares que chuparon lo que pudieron me confirma en eso. Nadie puede imaginarse lo que desprecio a este partido, aunque ningún otro me satisfaga.

La cosa empeorará. Cuando asistamos a nuevos espectáculos de desprecio a la libertad de mi tierra y de mi lengua. Cuando se confirme una vez más que robar es impune o casi impune. Quiero recordar ahora a Millet, el mayor chorizo de Catalunya; robó cuanto le dio la gana, estafó, se embolsó dinero público, es un ladrón confeso y no ha pasado ni un día en la cárcel. Es decir: que a todo lo dicho se suma que estoy convencido de que la justicia es un cachondeo.

Así me veo, en la ciénaga del desengaño. Escucho a la gente poner el grito en el cielo por las medidas de los populares. Y yo pienso que si los partidos de izquierda tuvieran una mínima credibilidad el Partido Popular no estaría haciendo lo que hace por la sencilla razón de que no estaría gobernando. Y pienso también que nada cambiará hasta que la izquierda combine quejas, nuevas propuestas y autocrítica severa. Pero aquí ni Dios hace autocrítica: sólo somos buenos para llevarnos las manos a la cabeza y gesticular sorprendidos por lo que hace Rajoy o lo que hace Mas. Y yo estoy ya tan cansado de esta historia que se repite por los siglos de los siglos... Sigo siendo de izquierdas, y seguramente lo seré siempre. Pero no me fío de los gobernantes de izquierdas. Lo puedo decir más alto, pero no más claro.

No hay problema: me curo bien. Viajes, literatura, cenas, amigos, familia, cine, ópera cada tanto, teatro... Pero no me apetece ver las noticias, leer la prensa. Me acuerdo de esos viejos que decían que todo es mentira. Hay una diferencia entre ellos y yo, no obstante: que ellos habían perdido la ilusión y yo para nada.

Permanece, sin embargo, una certeza. La de que gobierne quien gobierne nos tienen miedo. Y que cuando salimos a gritar, si gritamos bien, si no gritamos a destiempo, si el grito es sincero y no politizado (repito: no politizado), tenemos las de ganar. No las de ganar el mundo, que eso está perdido. Pero podemos, al menos, ganar batallas cotidianas que al final nos hagan la vida más amable y más justa.

dimarts, 3 d’abril del 2012

LA MONA

En mi tierra existe la tradición de la mona, un pastel adornado con huevos de Pascua, ahora de chocolate, y que los padrinos (¿o eran las madrinas?) regalan a sus ahijados en estas fiestas. A mí, que me quedé sin padrino muy pronto, me compraba la mona siempre mi madrina. También el palmón, que a la pobre le tocaba asumirlo todo.

Yo me he vuelto goloso con los años. Fui un niño que prefería las anchoas al chocolate. Por eso, de la mona lo que más me gustaba era el nombre. Recordaré siempre lo que me preguntó un año mi madrina: "T'estimes més una mona com la de sempre o aquest any la vols que sigui viva?" O sea, o el pastel de cada año o de las del parque (el zoológico fue siempre el parque). No lo dudé: una mona del parque, siempre tan graciosas, de variados tamaños (puestos a escoger, me quedaba con una que se pareciera a Amedio, el monito de Marco). No fue así, como era esperable: creo que fue la única vez en que mi madrina, tan querida y añorada, no estuvo a la altura.

La mona, lo supe luego, se llama mona en Catalunya, Valencia y algunas zonas de Murcia por influencia árabe: la munna era el presente en forma de alimento que los moriscos hacían a sus señores en pago por los arrendamientos de las tierras. Otras voces proponen otra etimología: munda, de origen latino y que significaba también alimento. Sea como fuere la primitiva mona estaba hecha con masa de pan. Algunos han querido relacionarla, en su origen, con el hornazo castellano (he probado el de Salamanca; jamás probé bocado más calórico). Con el tiempo la mona evolucionó hacia postre, a dulce, al chocolate, a las figuras de chocolate. Siempre incorporando los huevos (simbolismo indudable de la Pascua y de la primavera) y, ahora, los pollitos amarillos. Las plumas de colores serían un aporte gay: para que luego digan de los catalanes que somos serios.

¿Por qué hablé hoy de la mona? Supongo que estas fechas me llevan a recordar esos momentos felices de mi infancia, y la gente querida que ya no está. Mi madrina siempre me llevaba a comprarla a una pastelería de Les Corts. ¡Con qué intensidad recordamos a la gente querida en circunstancias como ésta! Me acuerdo también de cuando pasábamos la Pascua en mi pueblo de Lleida, acercándonos a ver la mona de la pastisseria Muixí, en Balaguer, que fue ya en aquellos lejanos años un abanderado de las monas de chocolate dedicadas a personajes populares: jugadores del Barça, o Salvador Dalí en una ocasión. Y a tamaño natural, en chocolate. O me acuerdo también, bastantes años después, buscando la mona por los rincones más bonitos y medievales de La Seu d'Urgell (yo, en esos años, con diecisiete o dieciocho, me escapaba a la mínima y me metía toda la tarde en una librería de lance y descubría libros a precios irrisorios: allí encontré la Rosa Krüger del falangista aquel y que, a pesar de todo, tanto me gustó. O las memorias en varios tomos de Corpus Barga, con el precioso título de Los pasos contados. El caso es que llegaba cargado y provocaba el consiguiente enfado de mi madre: On els fotrem, tants llibres?).
La semana antes de la mona era el tiempo de la palma y los palmones, que me parecieron siempre aburridos (porque implicaban misa, y por algo que ya de pequeño me sorprendía y desagradaba: en un momento de la ceremonia el cura pedía que diésemos todos con el palmón contra el suelo en un acto terrible que recibía el nombre de "matar judíos"; juro que yo he vivido eso). Frente a ellos y las venganzas de una Iglesia preconciliar, yo prefería la mona. La sigo prefiriendo ahora, por los tantos recuerdos que me trae.

(Ambas imágenes, como muestran las respectivas leyendas, no son mías. Están tomadas de sendos blogs de cocina: Catacuina y La Lionesa.)

dijous, 29 de març del 2012

PERSONAS

A veces, una breve imagen pillada casi al azar propicia un replanteamiento sobre algún tema. O una nueva perspectiva.

Es lo que me sucedió el otro día. En el informativo de la tele (sería el de TV1 o de TV3, desde la desaparición de Cuatro no veo otros) aparecía un parado hablando de su experiencia. Y puso el énfasis en la cuestión de la autoestima. Vino a decir cosas que también yo, sin haber estado nunca parado, he llegado a plantearme en ocasiones. Y eso que hablo de oídas.

En ocasiones, dijo, cuando estaba a solas pensaba que probablemente su vida había sido un fracaso. Algunas veces pensaba incluso que un gran fracaso. Que algo había hecho mal, que probablemente él no servía para la vida (como si la vida fuera un trabajo, que supongo que un poco lo es), que su mala situación podía deberse esencialmente a no haber sabido manejar bien la existencia. El hombre lo resumía hablando de la anulación afectiva a que le llevaba esa situación.

Todos sabemos que el paro no son cifras, sino personas. Y lo más duro, seguramente, son las secuelas psicológicas. Me gustaría haber podido tener la oportunidad de hablarle a ese hombre para decirle que la culpa no era suya, que nadie había fracasado. Que la cosa era más sencilla, y más terrible. Que la vida de muchos necesita cobrarse estos peajes, exactamente como los imperios necesitan muertos en combate para que algunos puedan vivir como reyes. Y me hubiera gustado poderle dar una palabra de ánimo, con la certeza de que los males tienden a acabar algún bendito día, que espero que sea pronto.

Son esas cosas que le dan a uno: me gustaría decirle, me gustaría contarle a ese señor que sale por la tele. Tonterías... La vida luego hace que la realidad se imponga. No necesitamos tele, en realidad no la necesitamos.
A principios del presente curso descubrí que habían abierto un nuevo restaurante cerca del trabajo. Un miércoles, que es uno de los dos días que me quedo a comer en el trabajo, me dirigí hacia allí, diría que con excesiva desenvoltura, porque me dejé la cartera en el departamento del instituto. El dueño, un hombre de mi edad, era enormemente agradable y cocinaba muy bien. Como no había nadie más nos entretuvimos hablando. En el momento de pagar pasé un malísimo rato cuando comprobé que no llevaba el dinero. Alarmado le expliqué dónde trabajaba y prometí que volvería en un minuto. Pero el dueño no quiso, que se fiaba de mí, que mañana sin prisas... Me despedí algo azorado, dándole las gracias y sintiéndome ridículo. Naturalmente al día siguiente entré en el restaurante con el dinero en la mano y saldé mi deuda.


A partir de entonces cada miércoles durante meses me dirigí a mi nuevo restaurante mientras se iba creando una relación no exactamente de amistad pero sí de confianza y simpatía con Pau. La comida en el restaurante de mi nuevo amigo resultaba agradable, aunque me extrañaba que no hubiera nunca nadie. Sorprendente porque ya digo que cocinaba bien y no era caro (pero en épocas de crisis ni lo más extraordinario puede ser suficiente). Hasta que hará cosa de un par de semanas descubrí el restaurante con la persiana bajada. Oí a alguien dentro y llamé a la puerta de la cocina, que me pareció medio abierta. Una voz, la de Pau, me invitó a que pasara. Entré por la cocina y me dirigí al comedor. El espectáculo no puedo quitármelo de la cabeza: entre montones de cajas de embalar y trastos por doquier, Pau derrotado sentado en una silla con una botella de anís delante. Barba de dos días. Literalmente anulado. Le pregunté lo obvio: que qué pasaba. Tuvo las fuerzas suficientes para hacer un chiste.

- Estic arruinat - me dijo sonriendo amargamente pero con ironía - Semblo la Karen Blixen a Memorias de África.

Se levantó para darme un abrazo. Luego vino lo inevitable: el correo, la promesa de si me enteraba de algo, y nuevamente la autoestima: Ja ho veus, vaig néixer estrellat. Le dije lo que suele decirse en estos casos, pero lo dije sinceramente: que era educado, correcto, simpático, enormemente agradable y que cocinaba muy bien. Y que por tanto era una injusticia que se viera en esa circunstancia, y que llegaría un día en que volvería a tener suerte. Torpe, sí, seguramente, porque uno no está acostumbrado a encontrarse cara a cara con el rostro de la derrota. Me explicó que el restaurante había sido su última apuesta. Con ese fracaso había perdido sus ahorros e incluso su piso; no le quedaba otra que trasladarse a casa de su hermana. En fin, no sigo, porque la escena acaba siendo enormemente previsible.

También lo es cómo he quedado yo desde entonces. Me acuerdo mucho de Pau y deseo que pronto le vaya todo muy bien.

Sí, el paro no son cifras: son personas que las pasan canutas. Me gustaría pensar que nuestros políticos no pierden de vista este detalle nunca.

dijous, 22 de març del 2012

VERONA O LA FATALIDAD

Descubrí el candado como símbolo del amor eterno en Verona, la patria de Romeo y Julieta. En el momento de cruzar el Ponte Navi observé, sujetos a las farolas, un racimo de candados con nombres escritos que, por fuerza, tenían que significar algo. Uno, aunque lento, no es torpe del todo. Y comprendió el simbolismo al pensar que se encontraba en la patria de los amantes literarios por excelencia. Imposible no pensarlo por otro lado: todo en Verona rezuma Romeo y Julieta: al lado de la Trattoria Capuleto encuentras el Forno Julieta o la librería Montesco. Es, a pesar de estos excesos, una ciudad bonita, mucho. Dulce, como un pedazo de Toscana trasplantado al norte.Meses después, en París, vi que en el Pont des Arts, en los pretiles de hierro cantados por Julio, se repetía la historia de los candados. Y todavía hay más; en el puerte de Triana, en Sevilla (recién visto, este fin de año pasado). Siempre el puente sellado con el candado.


Encontrarle el simbolismo es muy fácil, cuando las cosas son tan evidentes. La unión viene señalada por el puente, que une orillas opuestas. La fusión por el candado, que amarra, fija, en un acto burdo de magia simpática.

Así somos los seres humanos. Enormemente previsibles pero con una inmensa necesidad de afecto.Y ahora vean estas otras fotos de la misma jornada en Verona: la primera es del balcón de Julieta. No puede nadie figurarse cómo está de llena la casa de Julieta: cientos de turistas emocionados, pagando sus buenos euros para entrar en la casa y asomarse al balcón. Era tanta la emoción contenida que estuve a punto de gritarles que su mitomanía literaria era mayor incluso que la mía, rayando lo enfermizo. De gritarles lo que toda esa caterva de gente parecía no saber, no sospechar: que Julieta y Romeo son dos personajes literarios, que Julieta no existió, que jamás habitó aquella casa, que no se asomó jamás a ese balcón, que todo es un burdo parque temático para sacarles los cuartos.

Pero hay más: fíjense cómo están las paredes de la casa de Julieta. Hechas un asco. Porque parece ser que también es mágico estampar tu nombre y el de tu pareja. Deben creer que se trata de la fórmula infalible contra los divorcios (escribir dos nombres en una pared o poner un candado exige menos esfuerzo que la paciencia, que el diálogo diario, que los intentos constantes por fomentar las relaciones y dotarlas de cimientos sólidos... en fin).Porque así somos también los seres humanos, aparte de enormemente previsibles y buscadores incansables del afecto: tirando a cándidos, poco dados a la crítica y con una tendencia tremenda a ensuciarlo y destrozarlo todo.

dissabte, 17 de març del 2012

PASTILLAS Y PEDAGOGÍA

Yo, que soy docente, me acerqué siempre, ni que fuera intelectualmente, a la tarea pedagógica con un enorme respeto. El pedagogo, el tutor, era esa persona que hacía que el joven, el puer, descubriera el mundo, aprendiera, asimilara, y llegara a ser mejor persona, más autónomo y con mayor autoestima. El pedagogo ponía límites, normas, mostraba el mundo al adolescente, la mejor y la peor cara del mundo. Le entregaba también las armas para que pudiera valerse por sí mismo en un mundo no siempre fácil, además de darle una cultura, y las herramientas para que pudiera enriquecerla a lo largo de su vida. El pedagogo no engañaba, era duro, inflexible en las cosas importantes, sabía que poner límites es una tarea que no admite rendiciones. Pero el pedagogo era también flexible en el acercamiento al joven; le conocía, sabía de sus momentos, de sus inseguridades, de su carácter, de las particularidades de la adolescencia, y adaptaba su plan docente a esas circunstancias humanas y a la personalidad concreta de cada caso.


Eso es lo que trato de hacer en mi devenir profesional cotidiano. No es fácil porque los alumnos son muchísimos, la burocracia excesiva y las personas no llegamos siempre a todas partes. Pero puedo asegurar, mi conciencia lo sabe, que eso es lo que intento cada día.

Es por eso que cuando hace años me ofrecieron implicarme en el desarrollo pedagógico de un centro dije que sí. Cuando llevaba una semana en el cargo se me acercó la psicopedagoga y me comentó algo sobre cierta alumna con dificultades. Tras una breve charla me soltó a bocajarro:

- ¿Tú crees que debemos derivarla al cesmij?

La miré. ¿Cesmij, había dicho? ¿Qué demonios era cesmij? "Déjame considerarlo un par de días", le respondí sin demostrar mi desconocimiento. Aquel mismo día supe que cesmij significaba Centre de Salut Mental Infantil i Juvenil. Pero aquel día supe también que acababa de abrirse la compuerta del apasionante mundo de las siglas. Nunca jamás he visto tanta sigla junta como en mi época de Coordinador Pedagógico. Afortunadamente las he olvidado todas, menos la del CSMIJ, que así se escribe, y la inevitable del TDAH. Y todas las siglas llevaban más o menos a lo mismo: que los niños que no trabajan o se comportan como verdaderos salvajes es porque están enfermos y por tanto hay que darles una pastilla, justificarlos, no oponerse a ellos, mucho menos a los padres que los defienden de esta forma y entender que como no todo el mundo puede hacer lo mismo se debe hacer lo mínimo para que todo el mundo pueda hacerlo. Aunque luego, ya por cuestión de inercia, ya ni siquiera lo mínimo se termine haciendo.

Supe también al poco tiempo que la tarea pedagógica en nuestro mundo de locos significa llenar papeles y más papeles que luego nunca nadie va a leer. Programaciones, planes pedagógicos, documentos de centro, memorias, los llaman.

No pretendo que esta entrada sea representativa de lo que ocurre en todos y cada uno de los centros de España o del mundo. De todo habrá. Pero no creo equivocarme si digo que las cosas en general no van bien y que buena parte de culpa la tiene el haber olvidado todos lo que significó siempre ser pedagogo. Para el pedagogo en su concepción histórica lo que realmente debería importar es lo que he dicho al inicio: la formación integral y respetuosa del alumno, atendiendo a sus especificidades. El darle al alumno conocimientos y cultura. Y, también, los límites, la educación, y ese gran desconocido, el esfuerzo. Y, otra cosa necesaria, dotar al alumno de resistencia ante el fracaso.

Llevo 18 años en esto y puedo estar equivocado en todo, o en casi todo, pero no en mi experiencia que me demuestra la bajada constante de nivel académico a lo largo de estos 18 años. Algún amigo en la educación universitaria me confirma también que allí llegan cada vez peor, y que la cosa comienza a ser seria.

La izquierda confundió en su día la anhelada educación para todos con el desatino actual. Lo que un pedagogo debería buscar no es igualar el rasero por la parte baja sino una educación integral de calidad. Y por lo que deberíamos luchar no es por un ordenador por alumno (que eso, con la crisis, afortunadamente ya nadie lo dice) sino por un óptimo sistema de becas para que todo el mundo que quiera y tenga aptitudes para estudiar pueda hacerlo de forma totalmente gratuita, recibiendo un sueldo incluso si su talento así lo merece.

A los profesores, en lugar de pedirnos mayores niveles de exigencia cultural y obligarnos a una formación continuada de verdad, nos organizan cursos para explicarnos que estamos obligados a aprobar a un chaval que escribe avia hido a l'istituto aqueya gornada por la sencilla razón de que el niño es disléxico y el pobre no tiene ninguna culpa. Digámoslo claro: los profesores recibimos presiones para aprobar masivamente, incluso a alumnos con un nivel equivalente al del ejemplo.

La culpa es de todos por ser tan acomodaticios con la impostura cotidiana.

(El título de esta entrada remite a la novela unamuniana Amor y pedagogía... ¡Cómo han cambiado los tiempos!)

diumenge, 11 de març del 2012

UMAMI Y LA CULTURA

Pongámonos serios porque la cosa lo merece. Hace cosa de un año, en una conversación a la hora del patio en el instituto, se generó una de esas conversaciones intrascendentes habituales. Alguien comenzó glosando cierto restaurante de moda al que había ido a cenar durante el fin de semana, otro señaló que lo mejor del mismo era la repostería, una tercera persona respondió que ella prefería el sabor salado y el profesor de gimnasia que se estaba sacando un café dijo que no olvidáramos el amargo. Yo, que también lo tomo sin azúcar, le di la razón. Las sonrisas de la conversación intrascendente se interrumpieron en seco cuando apareció la snob del centro, una mujer de mediana edad que sabe de todo. Naturalmente la gente pasa de ella, pero lo terrible es que ella no pasa de la gente. Puso el oído y escuchando la conversación sobre los sabores, aseveró que ella, de entre todos los sabores básicos existentes prefería, sin dudarlo, el sabor umami. Y se marchó con esa altivez que la caracteriza.


¿Umami, había dicho? Como suele suceder en estas ocasiones nadie preguntó que qué sabor era ese. Al contrario, la conversación siguió tras esa sorpresa inicial, ignorando a la snob como hacemos siempre, y pensando todos en buscar ese sabor en google nada más poner los pies en casa.

Hice los deberes. Los cuatro sabores básicos (sabores básicos es lo que dijo la snob, la jodida sabe de todo) son el dulce, el salado, el ácido y el amargo, que se detectan en diferentes zonas de la lengua, desde el extremo hasta el fondo en ese orden. De todos ellos nuestra lengua puede captar diversos matices. Curiosamente del que más matices se pueden detectar es del amargo: ello es debido, según algunos, al instinto de supervivencia, puesto que la mayoría de venenos son amargos (dudo que este detalle lo sepa la snob). Desde siempre se han señalado otras variaciones además de los cuatro sabores básicos, como el agrio o el astringente.

El umami sería, según algunos, un quinto sabor básico. Se detectaría en la zona central de la lengua (ver mapa) y sería un sabor difícil de definir. Bien, difíciles de definir lo son todos. ¿Cómo definir el dulce? ¿O el salado? Los sentimos, los reconocemos y ya está. Imposible explicarlos con palabras. Son, como la mayor parte de cosas que sentimos, claramente inefables.

Pero de la misma manera que decimos dulce y todos sabemos a qué nos estamos refiriendo, porque el dulce forma parte del acervo cultural de todos nosotros, con el umami es más complicado porque en nuestra cultura ha pasado muy desapercibido. Donde sí se ha valorado es en oriente. El sabor umami, definido como el sabor gustoso, es el sabor que hace que un plato resulte más apetitoso. Es el sabor que podemos apreciar en la carne, en el marisco, en ciertos tipos de queso. Hay umami en las conservas, en la comida envasada (lo ponen para que el plato resulte más apetitoso), en algunas verduras, en la salsa de tomate. Es el sabor que impregna la comida rápida, la salsa de soja, las hamburguesas BigMac, el salmón ahumado o las costillas de cerdo. Es el sabor gustoso, como decía.

Se me dirá, ¿qué tiene que ver el el queso con el jamón, y éste con la salsa de soja? Es difícil explicarlo mejor. Todos ellos tienen sabores totalmente diferentes pero comparten el umami.

Siempre es delicado afirmarlo, si uno quiere ser honesto con uno mismo, pero creo que ya lo reconozco. Para asegurarme pensé primero en hablarlo con la profesora snob, pero me dio corte, probablemente porque yo no soy snob (bien, seamos honestos: ni me planteé hablarlo con ella porque no la soporto). Lo que sí hice fue interesarme por ese extraño nombre, de origen japonés, y pensar en cómo podríamos traducirlo aquí (defecto de filólogo, supongo). Un profesor de Navarra propone llamarlo sabor fragante, o incluso una opción que yo prefiero, sabor untuoso. En cualquier caso es curioso nuestro mundo. La cultura condiciona incluso algo tan subjetivo como es nuestro propio paladar, y el nombre que le damos a las cosas, y el reconocimiento de las mismas.

Eso, eso es lo que le diré a la snob cuando me vuelva a incordiar con su sapiencia inoportuna: "Has de pensar, Mercè, que la cultura lo condiciona todo, incluso algo tan subjetivo como es nuestro propio paladar, y condiciona también el nombre que le damos a las cosas, y el reconocimiento de las mismas.". Y entonces me daré la vuelta y me largaré con su altivez característica.

dilluns, 5 de març del 2012

RONDA DEL GUINARDÓ

En la primera guerra del golfo, a principios de los 90, era yo un estudiante de los cursos iniciales de la Universidad que iba a las manifestaciones y gritaba aquello de No volem sang per petroli. Aquella primera guerra no tuvo la repercusión de la segunda, ni levantó tantas protestas. Protestábamos nosotros, los estudiantes. Y, frente a la impasibilidad generalizada, las prostitutas de un lejano país asiático se pusieron de nuestro lado e hicieron un boicot a los productos americanos. Fueron las únicas, que yo recuerde, que actuaron contra aquella guerra. Y yo pensé que en esta vida aprendemos de quien menos esperamos: una puta puede darnos una lección moral.
Esa distancia entre lo esperado y la realidad ha sido tema literario en muchas ocasiones. A veces ocurre al revés: de la inocencia surge inesperadamente alguna forma de horror. Recuerdo una novela (bueno, en realidad mejor decir nouvelle) que siempre me encantó: Ronda del Guinardó, de Marsé, novelita que he vuelto a releer en estos días. En ella se cuenta la historia de una pobre niña de la guerra, Rosita, huérfana, maltratada, que vive en un orfanato y malvive como puede. Rosita fue violada un par de años atrás, cuando no llegaba a los doce años: en un momento determinado uno de los personajes hace una descripción del cuerpo tirado y hecho un ovillo de Rosita tras la violación y observamos en esa descripción toda la maldad de la que es capaz el ser humano.


Conocemos a Rosita desde esa perspectiva de la miseria, pero dos años después. A partir de la particular ronda por el barrio que hace la niña con un policía, en espera de acercarse al Clínico para reconocer el cadáver del hombre que un día la violó, vamos conociendo a este personaje que tan bien refleja la contradicción humana que tanto le gusta al autor. Porque Rosita ya no es esa pobre niña; Rosita, aun y siendo víctima todavía, se ha convertido en una fulana de catorce años, en una pícara que sabe poner la carita justa para engañar a una señora del barrio y quedarse con su dinero. Qué crudeza en los detalles, qué sorpresa cuando descubrimos que las víctimas se convierten tan pronto en verdugos. (Tema muy del gusto del gran Marsé, uno de los narradores que menos me ha desengañado en mi tarea gustosa como lector).

Qué falsa la vida, qué aparente. La Ronda del Guinardó, que da título a la nouvelle, existe. Se trata de un cinturón de ronda que va tomando diversos nombres a lo largo de su recorrido (Gran Via de Carles III, Ronda del General Mitre, Travessera de Dalt...). En la zona en que atraviesa el barrio del Guinardó toma su nombre. El Guinardó forma parte del microcosmos de Marsé junto con la zona norte de Gracia y el barrio de la Salut, que termina en Lesseps. Una zona de la que nadie se ocuparía, porque no es turística (si dejamos de lado el Park Güell, en la Salut), si Marsé no la hubiera convertido en literatura en mayúsculas.
La Ronda del Guinardó está al lado de mi casa. Y las fotos de esta entrada son de hace dos años (dos años también, como cuando violaron a Rosita) en que quitaron el espantoso scalextric que habían construido para articular el denso tráfico de la zona en la época franquista. Ahora, ya sin esos añadidos, la Ronda del Guinardó vuelve a ser una vía más agradable incluso para pasear; es decir, para toparse como en la vida con las contradicciones humanas, con los maniqueísmos que se deshacen como un castillo de arena a cada paso.

dimarts, 28 de febrer del 2012

OTRA FORMA DE ENTENDER EL CATOLICISMO

La primera vez que oí hablar de Teresa Forcades i Vila fue con motivo de la gripe A, creo que en el año 2009. Eran mis primeros tiempos con el blog y recuerdo que comentábamos en los foros y comentarios a las entradas que había algo extraño en esa gripe, y que resultaba sospechosa la forma en que se habían exagerado los peligros (eso pensábamos y eso acabó siendo) y la forma en que las farmacéuticas estaban ganando a manos llenas. Fue entonces cuando llegó Teresa, una monja benedictina de la que no sabíamos nada, pero que decía las cosas claras y a la que intuíamos llena de razones.

El hecho de que Teresa fuera monja desorientó a muchos. No parece el quehacer más habitual de las sores el llamar la atención sobre enriquecimientos sospechosos y sobre compras masivas de ciertas vacunas por parte de los estados. Pero supimos luego que Teresa era más que eso: era doctora en medicina y en teología.

A partir del famoso vídeo, que iba acumulando visitas y más visitas, que era traducido y consultado por otros países, Teresa Forcades acabó convertida en personaje popular en Catalunya. Era parodiada en los programas de la tele e invitada a los debates. Nos mostró cómo vivía en el monasterio en un interesante programa de la serie de El Convidat. Y así fuimos sabiendo más de ella.

Esta monja benedictina vive en el Monestir de Sant Benet, en la montaña de Montserrat, y es una especialista en medicina interna y en teología feminista. Nada de lo que fuimos sabiendo nos extrañó: era inevitable que alguien que se atrevía a enfrentarse a las todopoderosas farmacéuticas fuera una mujer comprometida con el feminismo, que deseara una renovación profunda de la Iglesia, que hiciera manifestaciones a favor de la ordenación sacerdotal de las mujeres, que tuviera una actitud en muchas ocasiones comprensible con el aborto, que pensara que la homosexualidad no es un pecado sino otra forma de vivir la afectividad. Teresa Forcades, además de valiente, era inteligente, comprometida y progresista. Es decir, una representante de esa otra Iglesia, de la no oficial.

Pero ella pertenece a la Iglesia y es por eso que sus discursos son siempre, en ese sentido, enormemente prudentes, aunque también meridianamente claros. Con motivo de la presentación de su libro La teología feminista en la historia recorrió muchos lugares de España y de hispanoamérica dando conferencias, planteando siempre la necesidad de un cambio profundo. Y esta semana ha sido entrevistada en el diario Ara, entrevista que podéis leer en castellano en esta entrada. Le pregunta el periodista, por ejemplo, "¿Lo que hace la industria farmacéutica, primero asustarnos y después vendernos la solución, no es también lo que hace la Iglesia?", y responde la hermana Forcades: "Sí, y cuando lo hace es un abuso de poder." Pero también habla de las medicinas alternativas, de la medicalización, de su visión de la religión, de su vivencia espiritual, de su simpatía por los indignados, de sus propios temores por una jerarquía a la que pone en jaque.

En uno de los vídeos de la página del periódico, que pongo debajo, hablaba por ejemplo del famoso TDAH,
trastorno de déficit de atención e hiperactividad de los niños, señalando por ejemplo que, y traduzco del catalán, "la hiperactividad infantil es una etiqueta que (...) es posterior a la síntesis del medicamento que va bien para esta etiqueta. Desde un punto de vista crítico esta circunstancia debe hacernos sospechar. No demuestra nada, pero (...) lo cierto es que primero hemos tenido el medicamento y cuando ha estado a punto para ser comercializado han existido una serie de iniciativas pagadas por las empresas que patrocinan este medicamento que generan las informaciones en las que nos basamos epidemiológicamente para decir que hay niños que tienen este problema. Y después, naturalmente, deben comprar esta pastilla" Es decir, nuevamente un engaño que genera múltiples beneficios económicos y que ella desea denunciar en su próximo trabajo sobre la desmedicalización. Si alguien entiende el catalán puede ver y escuchar el resto del fragmento en el siguiente vídeo.

Yo no soy nada partidario de las mitificaciones cotidianas (de las otras menos), pero sí de erigir en referente a personajes de nuestra propia cotidianidad o de los medios. Por eso hablo de Teresa hoy aquí. Sus palabras son a menudo un regalo. Como también lo es su breve libro Los crímenes de las grandes compañías farmacéuticas que se puede descargar gratuitamente en el presente enlace.

dijous, 23 de febrer del 2012

BIANCA

Yo fui un niño Tintín. No sabía entonces ni del fascismo que se escondía en sus páginas y que había influido a su autor, ni del racismo, aunque viajaba al Congo con ellos. Supongo que ciertas sutilezas no se han hecho para un niño de diez años. Ahora sí, ahora veo a Tintín dando clases a los negritos y se me cae el cómic al suelo, cuando ciertos comentarios sitúan a los negros un escalón intelectual por debajo de los blancos. Podemos aventurar que, puesto que me formé con estos comics escritos por un fascista y racista, y yo no me tengo por ninguna de las dos cosas, en realidad los niños son más impermeables de lo que los pedagogos suponen.

Cuando algunos menosprecian a los creadores por sus ideologías yo sé que son unos tontos. ¿Quién sabe en realidad qué pensaba Goya de la vida? Pero pensara lo que pensara, ¿voy a dejar de extasiarme con sus pinturas? Es evidente que no. La ideología, la política, pertenece al terreno del ahora, y siempre que no sea tan cercana a nosotros que llegue a ofendernos directamente, yo apuesto por obviarla cuando me acerco al arte, a cualquier forma de arte.

Tintín me gustaba porque su realidad era reconocible para mí (quizá por eso nunca me interesó Astérix, aunque no digo yo que no me hubiera gustado). Yo fui un niño poco imaginativo, aunque con muchísima imaginación (toma paradoja). Lo que ocurre es que mi imaginación nunca se adentró por los terrenos de la fantasía ni por parajes históricos. Preferí la seguridad de lo reconocible o por lo menos verosímil: agencias de noticias, redacciones de periódicos, historias de arqueólogos, viajes en avioneta, las campiñas francesas o belgas, el África real, el Tíbet, el Egipto que contaba Sábado Cine. Con Tintín y sus amigos viajé por el mundo entero, y hasta fui a la luna. ¿Verosímil, dije? Nunca supe de un concepto más laxo.

De todos los amigos de Tintín yo me quedo con... con todos, menos con Fernández y Hernández (Dupond y Dupont en francés, y también en catalán, que respetó los nombres originales), que me daban tirria. Esos gemelos absurdos se parecían demasiado a los hombres que no callan pero no dicen nada. En cambio el rabioso y sin embargo buenazo capitán Haddock, o el locuelo y sordo profesor Tornasol, o el perrito Milú, o Tintín mismo fueron amigos y lograron entrar a formar parte de esa familia de ficción que todos almacenamos. Ah, y Bianca Castafiore.
La Castafiore, que luego inspiró una cadena de comida italiana (Pastafiore), era una soprano italiana con el apodo de el ruiseñor milanés, que era amiga de Tintín y su troupe, que estaba secretamente enamorada de Haddock, y que de tan pagada de su voz como estaba a la mínima comenzaba a dar gorgoritos espantosos provocando el horror de todos. Porque la Castafiore era gritona e inoportuna, y nos parecía muy divertida. Sobre todo cuando llenaba de besos al capitán que no sabía cómo sacarse de encima a semejante momia.

Y cuando se ponía a cantar, que era a la mínima ocasión, siempre entonaba la que a mí me parecía una aria cómica inventada por Hergé: "Ah, me río de verme tan bella en este espejo...". Todos la temían cuando Bianca se veía tan bella en un espejo, e inventaban todas las tretas posibles para que dejara de mirarse, es decir, de cantar. Veamos aquí como el capitán mete al loro en la sala en la que está grabando su disco de arias.
Cierto día, mucho tiempo después de mis primeros tintines, me encontraba en el Liceo viendo una representación. Nunca había visto la ópera, no la conocía: se trataba del Fausto de Gounod. Era la historia, bien conocida por todos, de un hombre que pacta con el demonio para conseguir todo lo que él desea. Y de esta forma conseguía regalar un cofre de joyas y un espejito a su amada Marguerite que, al ver tanta joya, ella que era tan pobre, comenzaba a probársela mientras se observaba en el espejo. Y entonces, justo entonces, comenzaba una de las arias más conocidas de la ópera. La soprano, con sus abalorios en los dedos y en el cuello, se puso a entonar aquello de "Ah, me río de verme tan bella en el espejo...". Fue un momento en que la realidad y la ficción se fundieron, como suele sucederme bastante a menudo.

Yo supe ese día que Hergé, a pesar de todo lo que contaban de él, no me había engañado.


----------
Resulta inevitable, en el mundo en que vivimos, que todo objeto de éxito se acabe convirtiendo en objeto de culto, y generando acto seguido su propio merchandising, es decir, su propia maquinaria para sacarle más dinero al invento. El otro día descubrí la Tintin shop de Barcelona, situada en una de las plantas del centro comercial Las Arenas. A mí me siguen siendo suficientes sus historias (muy de tarde en tarde aún las releo) porque todo lo relacionado con las religiones modernas me produce tanto pavor como lo relacionado con las convencionales.

divendres, 17 de febrer del 2012

TEMES A VIRGINIA WOOLF

Hace unos días fui al teatro, a una obra que había visto en su versión cinematográfica protagonizada por Elizabeth Taylor y Richard Burton, ¿Quién teme a Virginia Woolf? de Edward Albee. Había visto la película cuando era casi un niño y naturalmente me impactó mucho. Se trataba de ver ahora si la historia me atrapaba después de tantos años. Como suele suceder cuando releemos una novela el tiempo aporta siempre algo nuevo que hace que nuestro recuerdo mejore, empeore o se mantenga igual. Son los años, que no pasan en balde, y que nos moldean tanto interna como externamente.

En el caso de la obra de Albee enriquecí la historia con cosas que ahora sé y que cuando vi la película no sabía. La obra me pareció emblemática del teatro estadounidense de la posguerra (Miller o Tennessee Williams), el argumento emparentado con películas que cantan la degradación provocada por el alcohol (en cierta medida me acordé de Días de vino y rosas), y el motivo de la obra lo relacioné con la investigación psicológica tan en boga en los años 60 y 70. Respecto a la función, impecables los actores (sobre todo la gran Emma Vilarasau, desconocidísima fuera de Catalunya, y también Pere Arquillué) , muy buena la puesta en escena y la dirección.

Se trata de una obra tan intensa, tan desgarrada, que no le queda al espectador ni un momento de sosiego. Incluso al final sientes que has aplaudido poco porque la intensidad de los sentimientos y el patetismo desbordado de unas almas que de tanto vivir al filo acaban por hacerse daño, hace que al bajarse el telón uno quede un poco desnortado, con la necesidad de digerir tanta emoción. Al final, cuando todo se ha descubierto, cuando las mentiras han aflorado, George le pregunta a Martha tras prestarle el jersey para que no tenga frío: ¿Quién teme a Virginia Woolf?, y ella responde con un hilo de voz, Yo, George, yo la temo. Las almas quedan en suspenso y uno no se explaya aplaudiendo.

Virginia Woolf, la gran escritora, simboliza en esa frase hecha que nos remite al lobo feroz, la capacidad crítica, la libertad consecuente, la adultez decidida, la coherencia insobornable. ¿Cómo no temerle a todo eso, con lo fácil que resulta refugiarse en la mentira infantil? Todos le tememos un poco a Virginia Woolf aunque no estemos dispuestos a confesarlo.

Una cosa me sorprendió, ésta no precisamente para bien. En una obra tan densa, en que los personajes se dedican tantos insultos, es cierto que en ocasiones la rapidez de sus respuestas te provoca una sonrisa. Pero, ¿a qué vienen tantas risas constantes en ese contexto de desnudez abisal y de existencialismo descarnado? Lo hablaba el otro día con una compañera y me dijo que también ella ha notado que ahora la gente se ríe mucho en el teatro, venga o no venga a cuento. Y según ella mucho tienen que ver estas comedias televisivas de risa enlatada. Y probablemente, añado yo, una menor cultura teatral que lleva a confundir la ironía inteligente con la sal gorda de la comedia menos sofisticada.
-------------------
Apunte o añadido: la obra la vi en el encantador teatro Romea del Raval. Un teatro de los de antes, al que cuando era muy jovencito tuvimos la osadía de abonarnos mi hermano y yo, a unas edades en que los otros chicos se compraban un monopatín o comenzaban los periplos por los bares del barrio. Allí descubrí grandes obras de clásicos universales, españoles y catalanes. Y cuando estuve en Murcia, hace unos años, me encontré también con un teatro Romea muy bonito, más monumental que el nuestro. La verdad es que Romea suena genial para un teatro, pensé entonces. Hoy, gracias al blog La panxa del bou de Júlia Costa, sé que ambos teatros comparten nombre porque ambos lo toman del mismo personaje: un eminente actor murciano llamado Julián Romea que debía triunfar también de lo lindo en Barcelona. Por un lado me gusta que mi ciudad acoja sensibilidades y sepa homenajear a los grandes, sean de donde sean. Y por el otro, gracias a la lectura del blog de Júlia, sé también que mientras por el Romea murciano se pasea el fantasma del gran actor homónimo, por el Romea barcelonés se pasea el fantasma de una colega también eminente: Margarita Xirgu. ¿Qué sería el arte si no supiéramos honrar convenientemente a los verdaderamente grandes? ¿Y qué sería si además no nos despertara preguntas íntimas, e incluso, un poco incómodas?

dissabte, 11 de febrer del 2012

TEST DE ESPAÑOLIDAD

Táchese la opción que no proceda:

a) Culpable b) Obviamente inocente

a) Inocente b) Obviamente culpable

a) Culpable b) Tan inocente como el primero

a) Culpable b) Culpable pero mucho menos

a) Culpable b) ¿Que mi marido ha hecho qué?

a) Rivales b) Vamos a hacer como que somos rivales

a) Ejem b) Sencillos y campechanos, pertenecientes a la casta de los intocables

a) Tortura de un animal b) Espectáculo y bien cultural merecedor de la categoría de Patrimonio de la Humanidad


a) Vigilantes de sus prebendas b) Garantes de la moral pública y voz de la conciencia universal española

a) Dictador b) Caudillo con ligera tendencia a un cierto autoritarismo que nos salvó en un momento delicado de nuestra historia y que nos obsequió con cuarenta años de paz y prosperidad
a) Anticatalanismo español b) Catalinos de mierda

a) Escolti... b) Muy anticonstitucional aunque el estatuto andaluz, que dice poco más o menos lo mismo, sea perfectamente constitucional

a) Destino Universal Unido, quieras que no b) Unidad de destino en lo universal
Valoración de los resultados:

- Trece b) Español sin mácula
- Doce b) más un Ejem: Español con poca mácula, o sea, Republicano de derechas (los hay, cada día más)
- Doce b) más un Escolti...: Español con mácula y además poco informado (aunque sea conocedor de lenguas vernáculas o dialectos periféricos, que viene a ser lo mismo)
- De 6 a 12 b) Español (muy) mejorable
- De 3 a 6 b) Español en peligro
- Menos de 3 b) Rojo, separatista, indeseable, vago y/o maleante. (Algunas de esas razas a exterminar, ni que sea por el camino del desánimo, del engaño, de la prevaricación, del recorte o de la mentira)
- Cero b) Rojo, separatista, indeseable, vago, maleante y enemigo de la Patria, todo a la vez. (A exterminar también, pero a lo bruto y sin anestesia previa)

dimarts, 7 de febrer del 2012

NIEVE

Como no estamos acostumbrados, la nieve nos molesta en nuestra cotidianidad: se estropean los transportes, resbalamos por las calles, carecemos del vestuario adecuado, todo se detiene. Pero la nieve nos gusta, seguramente como una postal navideña que de repente se hace real. Nos gusta: cuando estamos preparados, y cuando disponemos de tiempo para enfrentarnos a sus molestias.

Nos gustan los prados y las montañas nevadas, la arena de la playa emblanquecida, ver los copos cayendo y cómo cuajan en el suelo. Entonces salimos a la calle y miramos hacia arriba. Probablemente porque la nieve es inusual, al menos donde yo vivo.

Durante estas navidades pasadas cogimos el coche y subimos a la montaña a verla. Una cosa es verla en los montes, en las laderas, en los márgenes de las carreteras, y otra verla en las pistas de esquí. Recuerdo todavía la enorme sorpresa que supuso para mí ver una pista de esquí por primera vez hace ya unos años. Si uno no es esquiador no suele verlas más que en la tele. Me sorprendió muchísimo el bar a rebosar, con una terraza llena de gente tomando el sol, a esas temperaturas gélidas, y la forma en que las señoronas combinaban el horrible y vistoso vestuario de esquí con unas Ray-Ban último modelo y un bolso de Prada que fascinaría a la mismísima Rita Barberà.

Una pista de esquí es un decorado. Recuerdo que eso es lo que pensé cuando la vi por primera vez. Un decorado donde se aprovecha un fenómeno natural para saltar un poco y presumir otro poco. El esquí sigue siendo pijo, digan lo que digan quienes esquían, y eso se nota en la pista. Tras muchos años, esta navidad pasada hicimos una excursión a las pistas de Andorra, y allí volvimos a contemplar, sorprendidos y fascinados por la belleza del entorno, la inesperada feria de las vanidades navideñas (o navidades vanidosas).

Vale la pena sacar el hocico en esas pistas. Porque todo es bonito, y frío, y extremadamente encantador. Aunque no sepas esquiar y camines como pisando huevos. Les miras a ellos con la misma cáustica ironía con la que sin duda ellos te miran a ti.
(Y a propósito de la nieve y de la ola de frío: a mí lo que verdaderamente me deja helado son otras cosas. Me deja helado ver cómo los delegados del PSOE cantan La Internacional, puño en alto (¿no les dará vergüenza?). O me deja helado ver cómo corean el nombre de su líder (Ru-bal-caaaa-ba) con esa fe que ellos sospechan que mueve montañas (pero que se parece más al agua pasada que no mueve molino). Me deja helado ver al juez Garzón en el banquillo y constatar que el franquismo sigue vivo y sigue siendo peligroso. También me deja como el témpano escuchar al ministro de cuyo nombre no quiero acordarme decir que lucharán para que los toros sean patrimonio de la humanidad. U observar cómo las izquierdas optan por callarse ante lo que está pasando en Siria y que yo no dudo en calificar de genocidio. Inofensiva nieve ante el peligro de los seres humanos.)

dimecres, 1 de febrer del 2012

UNA VOZ

Durante seis largos años estuve trabajando a 80 quilómetros de mi domicilio. Iba y venía cada día. Tan solo en tres o cuatro ocasiones al año me quedaba a dormir, con motivo de alguna evaluación que acababa tarde o de alguna reunión. Los demás días, los primeros años en coche y luego en tren, regresaba a Barcelona al término de mi jornada laboral.

Los primeros años tenía coche, y es por ese motivo que conducía los quilómetros de ida y de vuelta. Con el coche ganaba en comodidad y en horas de sueño, puesto que la combinación con transporte público no era muy buena, y me obligaba a madrugar mucho. Pero cierto día tuve un accidente. Un accidente aparatoso. No sufrí ninguna secuela física, afortunadamente, pero sí psicológica. Desde aquel día no conduzco. Por ese motivo a partir de aquel momento comencé a trasladarme en tren.
Para entenderlo habrá que decir que el accidente fue aparatoso. El coche se me salió de la carretera, se disparó hacia la cuneta, saltó un pequeño terraplén, y dio una vuelta de campana para acabar del revés. Una de las cosas que más recuerdo es la imposibilidad de quitar el contacto del coche, puesto que al estar boca abajo debía girar la llave hacia el lado contrario del habitual. Además todo estaba al revés: el volante y el contacto arriba y yo hecho un ovillo en el techo convertido en base. Recuerdo que salí por la ventana, que afortunadamente se quedó sin cristal. A gatas, nervioso, sin entender muy bien qué había pasado. Recuerdo que temía sobre todo que el coche se incendiara de un momento a otro, o aún peor, que explorara, como en las películas. Recuerdo también alejarme, sacudiéndome la tierra de los pantalones como si un poco de tierra fuera lo más importante. Recuerdo que me di la vuelta y observé mi coche convertido en un acordeón gigantesco (siniestro total, dijeron luego los técnicos, como uno de mis grupos favoritos de juventud). Un coche se paró a lo lejos, del cual salió una chica que vino corriendo hacia donde yo estaba con las manos literalmente en la cabeza. Soy muy malo con las caras, malísimo. Pero aquella cara no se me olvidará nunca. Era la cara del terror. Una chica guapa, no muy delgada, con apariencia de buena persona. Llegó a mí y me cogió de los hombros, y no cesaba de preguntarme si estaba bien, y de decir con la voz temblona que era un milagro que estuviera vivo. Y yo, por toda paga, le pedí que entrara por la ventanilla y quitara el contacto, que yo no atinaba y temía que se incendiara. Sé que resulté muy poco caballeroso. Ella, por el contrario, fue muy obediente. Se agachó, se puso a cuatro patas, entró por la ventanilla y apagó el motor. Bendita muchacha.

Luego llegó una ambulancia que yo no quería, pero como funcionamos por protocolos tocaba entrar en ella y que me llevaran al hospital comarcal. Tras unas radiografías me dijeron que no me había hecho absolutamente nada. Lo cual, ratificaron, era poco menos que uno de esos milagros que afortunadamente ocurren a diario.


Pero hay dos cosas que todavía no he contado. La primera es que tres años después, todavía en el mismo instituto del mismo pueblo, vi entrar aquella cara por la puerta. La cara de la chica que me había socorrido, la que si no me diera miedo resultar cursi definiría como mi ángel de la guarda. Andábamos el uno hacia la otra porque yo salía y ella entraba. Pero cuando estuvimos a metro y medio nos detuvimos ambos, nos señalamos con el dedo y sin decir nada nos dimos un abrazo. El destino me permitió hacer algo que no hice cuando ella me socorrió: darle las gracias. Durante los tres años que habían transcurrido muchas veces lo había pensado: ¿cómo encontrar aquella chica de la que no sabía siquiera el nombre para poder darle las gracias? A veces el destino hace bien las cosas.

Lo segundo que me falta por contar me da, incluso, más apuro. Porque muchas veces me he preguntado qué sucedió allí, en ese momento. No se trata de un secreto, lo he contado a algunas personas en algunos momentos, pero casi nadie ha hecho ningún comentario y me ha parecido que les incomodaba mi sinceridad. También me incomoda a mí, o mejor, también me incomodó durante mucho tiempo. En síntesis: el día que tuve el accidente no fue el primero en que los frenos me fallaron. En dos ocasiones anteriores, al frenar, el coche se me desvió levemente hacia la derecha. Me preocupó pero no lo suficiente. Porque el día del accidente, tras pasar un cambio de rasante, descubrí que había una máquina pintando las rayas de la carretera. Mi velocidad debía de ser superior a la permitida porque, tras frenar, el coche se me desvió hacia la derecha pero esta vez no pude controlarlo. Vi claramente que me salía, que no había nada que hacer, que tenía delante el terraplén, que el accidente era inevitable. No pude maniobrar, no sirvió para nada. El coche iba solo. Tuve el inicio de un ataque de terror, o algo parecido. Pero entonces escuché una voz. Juro que la escuché.

No fue una voz que resonara dentro del coche. No fue como un efecto especial de bajo presupuesto. Fue algo interior pero fue tan claro que supe que no era yo quien había pronunciado aquello. En catalán, mi lengua materna y paterna, la voz me dijo literalmente (y no puedo evitar un temblor extraño al recordarlo):  tranquil, no et passarà res, tranquilo, no va a pasarte nada. Eso fue lo que me dijo la voz.

Seguramente fue mi propio subconsciente. No lo sé. Sólo sé que esa certeza, la seguridad tremenda que me aportó aquella voz, me vino muy bien porque supe, sencillamente supe, que no me iba a pasar nada.

Los primeros años pensé mucho en aquel extraño episodio. ¿Fue mi mente? ¿Era yo esquizofrénico y no lo sabía? ¿Tenemos un ángel de la guarda que nos habla en ciertos momentos límites? ¿Lo que me sucedió tenía algo que ver, ni que fuera lejanamente, con esas experiencias cercanas a la muerte que cuentan algunos? Me preocupó durante mucho tiempo. Hoy, aun y sin entenderlo, me preocupa menos. Aquello sucedió, siquiera en mi mente. No ha vuelto a ocurrir más. No importa que se cumpliera el pronóstico; nadie me asegura que la voz no le dijera lo mismo a alguien que murió en un accidente. Lo que importa es que aquella voz me dio cierto punto de serenidad que de otra manera no hubiera tenido. Cuando estaba a punto de salirme de la carretera, con las manos en el volante, el coche ya fuera de control, tras haber escuchado la voz, cuando estaba ya todo perdido cerré los ojos, literalmente los cerré, y esperé a que terminara todo. La voz me tranquilizó. Supe que nada malo iba a sucederme.

La lógica de la vida, la ley de causa y efecto, nos enseña todo lo que vamos aprendiendo. Me pregunto si a veces crecemos también por el camino inverso: por el camino de lo inconsciente, de todo lo ilógico, de todo lo extraño que nos rodea.

dijous, 26 de gener del 2012

GÓNGORA EN LA PUERTA DEL WATER

En nuestros recientes días sevillanos tomamos una mañana el tren y nos acercamos a Córdoba. La idea era pasear por las callejas, visitar la Mezquita y la Sinagoga (la única en tierras andaluzas), cruzar el puente romano, y poco más.


Las calles de Córdoba son muy bonitas, blancas, diminutas, íntimas. Pero la zona antigua es reducida. Merece la pena una visita, qué duda cabe, lo mismo que los pueblos blancos andaluces que tanto predicamento tienen (no los conozco pero los imagino como la zona antigua de Córdoba). La Sinagoga estaba cerrada. El puente romano enseguida está visto, y además al estar tan remodelado casi ni se percibe la antigüedad cuando lo cruzas. La Mezquita, en cambio, sí que es maravillosa.
La sorpresa fue ver cómo la convirtieron en Catedral: tiraron al suelo la parte central y allí levantaron una Catedral. Naturalmente evité lo más que pude pasar por la zona cristiana, la central: la verdadera maravilla son los arcos árabes que dan una sensación extraña, majestuosa, inquietante incluso.

Cuando ya nos íbamos descubrimos el último detalle: la tumba de Góngora. Nada, una cajita que puede servir como metáfora, o para exclamar aquello tan cierto de que no somos nada. No me atraen especialmente las tumbas de famosos, esa extraña forma de fetichismo que puede seguirse fácilmente por la red y que te permite asomarte a la tumba de Keneddy, por un decir, e incluso ponerle unas flores. Pero, aun sin ese fetichismo, ya son varias las tumbas que he visitado: la de Machado en Colliure, la de Cortázar en el cementerio de Montparnasse en París, la de Marlene en Berlín. Y nada, efectivamente, no queda nada. A los muertos hay que buscarlos en los recuerdos, no en los huesos.

Por eso recordé poemas de Góngora y sonriendo me acordé de los que intercambiaron con su enemigo del alma Francisco de Quevedo, escribiendo así una de las páginas más afortunadas de nuestra poesía áurea. "Yo untaré mis obras con tocino porque no me las muerdas, Gongorilla" le espetó Quevedo llamándole judío. O "Érase un hombre a una nariz pegado", del mismo al mismo. Pobre Góngora, excelso poeta pero pereciendo ante los ataques inmisericordes del castellano. "Anacreonte español, no hay quien os tope" se limitó a contestarle, metiéndose con sus gafas. Aquello que había comenzado con la mala baba de un Quevedo joven ridiculizando los poemas del otro ("Ya que coplas componéis") acabará en una verdadera afrenta poética: "Quien quisiere ser culto en sólo un día, la jeri (aprenderá) gonza siguiente". Así, llanamente, Quevedo reduce a jerigonza la obra poética del otro.
Antes de salir a pasear por las calles cordobesas quise ir al baño. Pregunté a un guardia de la Mezquita  donde estaba y me señaló... me señaló la tumba de Góngora. Extrañado me dirigí hacia allí. Y sí, no lo había visto antes pero la tumba de Góngora está al lado mismo de la puerta de entrada al water de la Mezquita. Fue un estupor, una extrañeza. La tumba de Góngora al lado de la puerta del water. Así de contundente.

Mientras entraba creí ver la sombra de Quevedo sonriendo por ahí cerca. Qué gran poema no escrito, qué punto final más terrible. Y qué mala leche la de los cordobeses apostando tan claramente por Quevedo.

Yo, lo dije siempre, soy gongorino.

divendres, 20 de gener del 2012

SCONES Y TÉ INGLÉS

En una entrada anterior hablé de mi estancia veraniega en Londres. Habría mucho que decir respecto a las excelencias de la ciudad pero no es esto lo que pretendo. Lo que quiero ahora es contar un pequeño detalle gastronómico.

Una de las cosas que deben hacerse en Londres es vivir el ritual del té de las cinco, lo cual no significa meterse en un Starbucks. Buscamos un sitio en que sirvieran el llamado afternoon tea. Lo primero es que cierran a las cinco y media de la tarde. A partir de entonces ya no sirven té (no en estos sitios especializados, uno siempre puede meterse en una cafetería y tomarlo a cualquier hora). Estos Salones de Té distan mucho de ser bonitos, o refinados, como serían sin duda en París. Mucha moqueta y mucho estilo british, que la elegancia y el pueblo británico parecen peleados a muerte.

Elegancia la justa, pero distinción toda. El llamado afternoon tea consiste en una variedad de té negro (una de las mezclas a las que son tan aficionados, el english breakfast, por ejemplo) con unas gotas de leche, un si es no es. Va acompañado de unos panecillos parecidos a una magdalena, mermelada de fresa y una crema extraña, a medio camino entre la nata y la mantequilla. Naturalmente puedes pedir tu té acompañado de un pastel de chocolate, pongamos por caso, pero eso no sería el genuino cream tea. La verdad es que, con la calma de saborear unos panecillos y el sabroso té negro, recuperas fuerzas y parece que el mundo se detiene. Un momento zen. Así lo viví.

Vinimos cargados de té, naturalmente. El de Harrod's es muy bueno (me encanta el English Breakfast Strong). Y una vez en Barcelona decidimos repetir en casa una sesión como la que vivimos en Piccadilly Street (pleno barrio de St. James). Pero, naturalmente, no iba a resultar nada fácil. Puede pensarse que de mermelada cualquiera serviría, y seguramente es cierto. Pero la que sirven ellos es espesa y con el punto justo de dulzor (una amiga me dijo que tenía una textura que parecía la del membrillo). Casualmente en el Gourmet de El Corte Inglés encontramos la genuina mermelada inglesa Wilkin and Sons. Lo siguiente fue descubrir qué eran exactamente esas magdalenas inglesas poco dulces. Tienen nombre: se llaman scones. Y los hay en Barcelona. Sólo nos faltaba la crema. Eso fue más difícil por no decir imposible. No era una nata al uso, tampoco mantequilla: su textura era extraña, particular, suavísima... algo muy extraño que me llamó mucho la atención. Para empezar recibe un nombre (gracias google, en estos casos): nata coagulada (clotted cream) ni más ni menos.

Los ingleses, que tienen poco vino y pocos olivos, se han convertido en expertos en natas y cremas. Mientras que nosotros tenemos la nata de cocina (18% de materia grasa) y la de montar (36%) ellos, además de estas, tienen la double cream, con un 48% (también para cocinar, sedosa y muy apreciada), la nata de origen francés Creme Fraiche (40%) de sabor ligeramente ácido, y finalmente la Clotted Cream, la coagulada, la que sirven con los scons y que aquí es inencontable, entre un 55% y un 63% de materia grasa ni más ni menos. Es fácil imaginar por qué me sorprendió aquella textura extraña, cercana a la mantequilla pero con un sabor diferente, con un ligero tono amarillento pero infinitamente más cremosa.

Nata coagulada (o cuajada, como sale en la wikipedia) aquí no la hay, como decía. Así que en nuestro particular afternoon tea la sustituimos por Creme Fraiche. Y así organizamos nuestra jornada gastronómica inglesa, a media tarde. La comparto para mostrar que de los viajes uno no viene cargado sólo de fotos y de momentos, sino también en ocasiones de magdalenas, de mermeladas y de una extensa variedad de productos lácteos. Yo que en mi juventud y viendo a la Thatcher por la tele pensaba que en Gran Bretaña sólo existía la mala leche.
Hasta dentro de seis días.

dissabte, 14 de gener del 2012

REPÚBLICA SÍ, PERO FEDERAL

Soy de los que piensan que la única solución para España es el Estado federal. Existen otras soluciones menos amables, claro está, soluciones que han funcionado en otros momentos y por largos periodos de tiempo: la represión, la censura, la falta de libertad, la imposibilidad de queja. Esa solución no la contemplo porque es la solución de la vara y no la de la convivencia. Luego, claro, está dejarlo todo como está ahora, cosa que muy probablemente ocurrirá: hacer como que no pasa nada, cantando las virtudes de nuestra monarquía constitucional y autonomista. Lo que pasa es que a mí, la monarquía no me gusta, de la constitución me siento ajeno y la autonomía en cierta medida está amenazada.

Pensamos, probablemente de forma algo inocente, que una solución para el país sería que España se convirtiera en una República. A mí mismo la idea de la República me exalta, me gusta, me apetece. Porque tenemos una visión equivocada de la República; una visión mítica generada por la Segunda decapitada por el franquismo (o el fascismo). Pero en esa Segunda, junto con muchos proyectos muy válidos, recogió también lo mismo que está recogiendo este Estado de las Autonomías que habitamos. ¿Alguien puede imaginar la de críticas que generó ya entonces el Estatut de Catalunya del año 32? Sí, las mismas quejas que hace cuatro años. ¿Alguien puede hacerse una idea de la fuerza de la derecha reaccionaria en la Segunda República? Sí, basta con mirar Intereconomía. ¿Alguien puede suponer las críticas que generaba cualquier intento de aprobar nuevas leyes progresistas? Lo mismo que ahora, exactamente lo mismo.

Yo, por tanto, dudo que la República a secas sea una solución adecuada. Tras la excitación de los primeros momentos, nada o casi nada iba a cambiar. Estas navidades pasadas Miquel Roca, uno de los padres de la Constitución actual, señaló en una entrevista que los españoles quieren como Presidente de la República a Aznar o Bono. ¿Es necesario recordar lo que hizo la derecha republicana durante los cinco años de la Segunda?

Naturalmente prefiero una República a secas que una monarquía que afortunadamente, la gente va por fin conociendo. Pero una República, sin más, sería otra forma de acabar exactamente en lo mismo. Por eso decía al principio que la única solución que yo le veo a este país pasa por una República Federal. Eso que llevamos tanto tiempo reivindicando los catalanes (ya desde la Primera, hace casi 150 años, en que se presentó un proyecto de Constitución Federal en que se indicaba que España estaba formada por una serie de Estados). Esa sería una manera justa de continuar siendo España pero permitiendo que todos (o que casi todos) se sientan cómodos (y siempre que digo esto la gente me mira como diciendo, pero si yo ya estoy cómodo... tú sí, pero igual yo no, y cuando digo yo no me refiero a mí sino a nosotros, claro). Pero, como decía, no detecto en absoluto esa necesidad en otros rincones de España. Señal inequívoca de que no se comprenden las otras nacionalidades ni se empatiza lo más mínimo con ellas. Lo cual me lleva a pensar que el Presidente de la Tercera República seria casi con toda seguridad Aznar. O Bono. Y para este viaje no cojo yo grandes alforjas, sinceramente. En otras palabras, que para construir una República que dentro de tres años repita episodios como el del Estatut, el del boicot a los productos catalanes, el de la polémica por los traductores en un Senado que seguiría sin servir absolutamente para nada, para repetir todo eso ya nos sirve el Rey y su encantadora prole.
De todas formas es importante darse cuenta como España, aunque insista en no querer ver el problema territorial que tiene vuelve siempre a poner sobre la mesa el tema de las nacionalidades: las comunidades autónomas actuales son, naturalmente, muy parecidas a los Estados propuestos por la Constitución Federal que nunca llegó a aprobarse. Señal inequívoca de que incluso quienes no ven problema nunca, saben que el tema no deja de estar siempre encima de la mesa. Y que siempre vuelve.

Ahora que la Monarquía comienza felizmente a tambalearse, ni que sea un poco, me gustaría pensar que se plantea sustituirla por otra organización estatal más respetuosa y menos impositiva. Pero creo que no es así. Mientras que el uso de las otras lenguas españolas en la capital sea visto como un derroche sin sentido, no será así. Las mal llamadas nacionalidades permanecen, por tanto, abocadas a la queja y a la escisión. Y así será mientras la única nación española válida sea la castellana.

  © Blogger template 'Isolation' by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP