Para todos los amigos que aún no lo sepan he abandonado este blog y he abierto otro. Ahora me encuentro en Accés a Maians, lugar en el cual voy colgando las nuevas entradas y donde me gustaría encontraros a todos.

dijous, 12 d’abril del 2012

PERIPLO

El 31 de julio de 2009 publiqué una entrada en mi primer blog que ahora quiero recuperar. Se titulaba "Memòria d'anar a la feina" i en ella contaba una experiencia fotográfica: cierta mañana de aquella primavera pasada había salido de casa con la cámara de fotos preparada y había ido tomando fotos de todas las escalas de mi recorrido matinal e inevitable: salida de casa, metro en dirección a la estación de tren, transbordo, llegada al tren... y así hasta el cansancio (el mío diario, no en vano, dado que trabajo fuera de Barcelona, tomo tres transportes para ir a trabajar y otros tres para volver a casa, transbordos aparte).


El otro día me topé con esa entrada y me sirvió para darme cuenta, casi tres años después, de varias cosas. Primera, que mi vida en ese sentido sigue igual. La ruta que hacía entonces es exactamente la misma que hago ahora, y que llevo haciendo desde hace tantos años. Segunda, que cuando hablan de ir a trabajar a Laponia si es necesario a mí, desde luego, no me pilla de nuevo. Siempre me he movido para ir a trabajar, siempre. Con las oposiciones recién aprobadas estuve tres años trabajando a casi cien quilómetros de Barcelona. Luego seis a ochenta quilómetros. Ahora soy feliz porque trabajo sólo a veinte. Y sí, pienso que hay gente un poco comodona que quiere que le traigan el trabajo a casa; permitidme que lo diga.

Pero me di cuenta de más cosas. Por ejemplo, que las obras en la Sagrera de las que hablo en la entrada todavía siguen. ¿Por qué duran tantísimo las obras en este país? O de otra cosa: que mis cafés matinales se han visto radicalmente reducidos por problemas con la tensión.

Y finalmente la entrada que ahora recupero me hizo pensar en otra que en estos días está de actualidad: que los restrictivos presupuestos del Gobierno central son especialmente restrictivos con Catalunya. Leed esto, por ejemplo, donde se glosa que la inversión de Fomento en las cercanías catalanas, que son las que servidor utiliza a diario y que salen en las fotos, ha bajado un 95% mientras que la inversión en cercanías madrileñas ha subido un 25. Y eso no es baladí: en el punto exacto donde servidor toma el tren ha habido en menos de un año dos accidentes: en ambos casos un tren ha arrollado a otro que estaba parado en el andén. El motivo: una señalización incorrecta. Inversión para solucionar el problema el próximo año: cero euros.

Siento mucho acabar mi addenda actual a tan amena entrada de forma tan desagradable, pero es así. Y que nadie se confunda: esto no es una crítica al uso contra el PP. Es una crítica contra el PP además de una crítca contra la connivencia española ante el habitual maltrato económico que el Estado comete contra mi país. Contentos me tienen entre unos y otros.

Y ahora la entrada del 2009. Veréis mi sombra.

"N'hi ha que es queixen d'haver d'agafar el metro per anar a la feina. No seré pas jo qui els critiqui, tothom té dret de queixar-se del què vulgui, faltaria més. A continuació us mostro el repertori de transports diaris que segueixo jo. No és per victimisme, que m'ho passo molt bé i llegeixo molt. I a més m'he mogut tant per anar a la feina que ara sento que treballo al costat de casa. Demano disculpes per la qualitat d'algunes imatges: una de les meves característiques de bon matí són les presses.

Sortida de casa. El rellotge marca dos quarts i deu de vuit. Som-hi cap al metro (llicència: si l'amenaça de fer tard és molt real, agafo un taxi, com els milionaris).


Primera parada, el metro. Línia blava. Característica general: tot està molt buit, o si més no, força buit comparat el tràfec de d'altres hores.



Tant de bo el metro em portés directament al tren. No és així. Això vol dir: enllaç. És el moment d'esperar que el proper metro no trigui i que les escales no siguin plenes. No hi ha res més frustrant que veure com el metro s'escapa perquè un no pot anar més depressa per culpa del tap de gent.
Ara línia vermella... El metro ha d'arribar encara. El gran problema dels transbordaments és el temps que triguen els metros. Depenent de la sort un viatge por durar deu minuts o vint-i-cinc. Si les coses van mal dades millor no mirar el rellotge.



Arribats a Renfe, segon transbordament. Escales, més i més escales, pujar i baixar. Passadissos. Músics (per cada un de bo, dotzena i mitja d'esgarrifosos). I presses. Si arribo amb temps a Renfe puc prendre el cafè al bar de l'estació. Si hi ha perill de què el tren fugi, el cafè haurà d'esperar.


I finalment arribada a l'estació de Renfe, amb el temps just, és clar.


Sol passar que la megafonia anuncïi l'arribada del tren. Així que mirada de reüll al bar de l'estació.
El tren espera(?) aturat a la llunyania. Una foto (moguda, és clar) i carrera.

Comença el trajecte fora de la ciutat. Observació discreta i lectura.


I mirar per la finestra. El particular paissatge, les obres de la Sagrera, el pont del Besós...


O fantàstics edificis a primera línia de mar...



O la Nacional que voreja la costa.
O el mar, tan relaxant.

O edificis modernistes que contrasten amb els grans blocs.



I finalment algun port esportiu.
Un cop arribats a lloc no es pot tampoc perdre el temps. Serà el moment del cafè, si es pot...



El dilema és prou clar:
Hi ha temps, poc però n'hi ha. Així que cap a l'esquerra (sempre m'agrada més anar cap a l'esquerra). Afortunadament al bar no hi ha ningú (no sól pas ser el més habitual, generalment aquests bars d'estacions estan sempre plens de treballadors que de bon matí ja es prenen el que ells anomenen "barrechas" que no és una altra cosa que conyac amb força anís... sempre m'ha estranyat que no hi hagi més accidents laborals).

Si a l'estació no hi ha temps pel cafè (és una obsessió meva de tots els matins, com es pot veure) sempre resta el recurs de la màquina de la feina que fa els pitjors cafès del món, com sol passar amb aquestes màquines. Bons són, de totes maneres, quan no hi ha res millor. Aquesta és la màquina dels mals de panxa...

Que hi hagi temps no significa que hi hagi molt temps. Per això, des de sempre, els meus cafès in itineri són sempre cafès amb gel, encara que nevi. Així un evita haver d'esperar que s'arrefredin.
Després del cafè arriba el moment de l'últim transport de la jornada (bé, de la jornada no, que després s'haurà de tornar a casa i desfer el trajecte): un autocar que té la particularitat de ser alguns dies extremadament puntual i d'altres absolutament impuntual.



I ja finalment, una estona de camí abans d'arribar.

Són ja gairebé les vuit."

diumenge, 8 d’abril del 2012

INEXISTENTES NUEVOS MODELOS ALTERNATIVOS CREÍBLES

No resultará una novedad si digo que estoy enfadado con los políticos. Ni tampoco lo será si digo que lo que está pasando me provoca un desagradable desengaño desmotivador.

Viene de lejos. Quienes me conocen saben la ilusión por la que aposté por las izquierdas en Catalunya. El balance fue negativo y lo que me gustó (la ley de barrios, por ejemplo, o cierta manera de entender la sanidad pública) quedó ahí como una flor que no hacía verano. Mi disgusto no afectó a uno solo de los tres partidos que componían el tripartito: los tres hicieron números para desengañarme un poco. No por las ideas que defendían, sino por la forma, por la manera desastrosa en que desarrollaron su programa conjunto. La cosa iba tan mal que muchos catalanes comenzaron a contar las horas para que llegara CIU otra vez. Y llegó, claro. Por goleada. Pero que se sepa, y que se diga: no es casual. No es casual que ganaran. Que la gente no es exactamente tonta y no le gusta que le tomen el pelo.

Luego, tras perder merecidamente el ayuntamiento de izquierdas de mi ciudad por similares motivos (amén de un alcalde insoportable llamado Hereu), vino el infortunio de ZP. Lo que había comenzado francamente bien acabó rodando cuesta abajo y sin freno. No fue sólo culpa de la crisis, que influyó, está claro. La arrogancia socialista les jugó una vez más una mala pasada. Ni vendieron el producto, ni lograron convencer a nadie. Perdieron también, por goleada masiva. Y justo antes de irse aprovecharon para indultar a un banquero corrupto. Lo que faltaba para que todos nos diésemos cuenta de que merecían perder, lo mismo que merecen no levantarse en mucho, mucho tiempo. ("No nos falles", le gritaron los jóvenes a Zapatero cuando ganó la primera vez. Los jóvenes sabían que las posibilidades de que acabara fallándoles eran muchas, y le advirtieron vanamente).
Como se sabe me considero de izquierdas, signifique lo que signifique eso. Coincido en la mayoría de cosas con la gente que se autodefine como de izquierdas. Pero lo que no me gusta es cómo hacen las cosas los políticos de izquierdas, y en ocasiones sus propuestas tan poco creíbles. Y eso afecta a todos: a los de las izquierdas llamadas moderadas y a los otros, que a menudo sucumben ante la irrealidad de sus propuestas. No me gusta, por ejemplo, la falta de ideas en IU, partido que en ocasiones parece ladearse hacia posturas que difícilmente entusiasmarán nunca a la mayoría. Es evidente que, por ejemplo, no me gusta el modelo americano-judío-alemán-francés-británico-imperialista-paneuropeodelnorte, que es el nuestro. Considero que es un modelo que debe ser cambiado. Pero quiero proclamar bien claro que el modelo ruso-chino-castrista-chavista-sirio-iraní me gusta muchísimo menos. Si esta es la propuesta para cambiar el mundo que tiene la izquierda que no cuenten conmigo (ni con la mayoría, me temo). Le decía el otro día a un amigo que la izquierda necesita
nuevos modelos alternativos creíbles. Y que, de momento, los que no son nuevos son poco creíbles, o al revés. Pero sigamos.

A estas gana el Partido Popular por goleada. Un Partido Popular que sigue situándose al lado de los franquistas, que sigue diciendo que desenterrar a los muertos de las cunetas es guerracivilismo, que continúa vergonzosamente amparándose en una Iglesia que ya ha perdido cualquier punto cardinal (no os perdáis las declaraciones de ese obispo infernal llamado Reig Pla), que defiende una ¡Ehpaññia! que particularmente me da náuseas, que continúa protegiendo a quienes más tienen, que se frota las manos cuando se inicia la persecución a Garzón y en cuyo seno no sé yo si hay medio metro limpio. Los espectáculos judiciales protagonizados por recientes barones populares que chuparon lo que pudieron me confirma en eso. Nadie puede imaginarse lo que desprecio a este partido, aunque ningún otro me satisfaga.

La cosa empeorará. Cuando asistamos a nuevos espectáculos de desprecio a la libertad de mi tierra y de mi lengua. Cuando se confirme una vez más que robar es impune o casi impune. Quiero recordar ahora a Millet, el mayor chorizo de Catalunya; robó cuanto le dio la gana, estafó, se embolsó dinero público, es un ladrón confeso y no ha pasado ni un día en la cárcel. Es decir: que a todo lo dicho se suma que estoy convencido de que la justicia es un cachondeo.

Así me veo, en la ciénaga del desengaño. Escucho a la gente poner el grito en el cielo por las medidas de los populares. Y yo pienso que si los partidos de izquierda tuvieran una mínima credibilidad el Partido Popular no estaría haciendo lo que hace por la sencilla razón de que no estaría gobernando. Y pienso también que nada cambiará hasta que la izquierda combine quejas, nuevas propuestas y autocrítica severa. Pero aquí ni Dios hace autocrítica: sólo somos buenos para llevarnos las manos a la cabeza y gesticular sorprendidos por lo que hace Rajoy o lo que hace Mas. Y yo estoy ya tan cansado de esta historia que se repite por los siglos de los siglos... Sigo siendo de izquierdas, y seguramente lo seré siempre. Pero no me fío de los gobernantes de izquierdas. Lo puedo decir más alto, pero no más claro.

No hay problema: me curo bien. Viajes, literatura, cenas, amigos, familia, cine, ópera cada tanto, teatro... Pero no me apetece ver las noticias, leer la prensa. Me acuerdo de esos viejos que decían que todo es mentira. Hay una diferencia entre ellos y yo, no obstante: que ellos habían perdido la ilusión y yo para nada.

Permanece, sin embargo, una certeza. La de que gobierne quien gobierne nos tienen miedo. Y que cuando salimos a gritar, si gritamos bien, si no gritamos a destiempo, si el grito es sincero y no politizado (repito: no politizado), tenemos las de ganar. No las de ganar el mundo, que eso está perdido. Pero podemos, al menos, ganar batallas cotidianas que al final nos hagan la vida más amable y más justa.

dimarts, 3 d’abril del 2012

LA MONA

En mi tierra existe la tradición de la mona, un pastel adornado con huevos de Pascua, ahora de chocolate, y que los padrinos (¿o eran las madrinas?) regalan a sus ahijados en estas fiestas. A mí, que me quedé sin padrino muy pronto, me compraba la mona siempre mi madrina. También el palmón, que a la pobre le tocaba asumirlo todo.

Yo me he vuelto goloso con los años. Fui un niño que prefería las anchoas al chocolate. Por eso, de la mona lo que más me gustaba era el nombre. Recordaré siempre lo que me preguntó un año mi madrina: "T'estimes més una mona com la de sempre o aquest any la vols que sigui viva?" O sea, o el pastel de cada año o de las del parque (el zoológico fue siempre el parque). No lo dudé: una mona del parque, siempre tan graciosas, de variados tamaños (puestos a escoger, me quedaba con una que se pareciera a Amedio, el monito de Marco). No fue así, como era esperable: creo que fue la única vez en que mi madrina, tan querida y añorada, no estuvo a la altura.

La mona, lo supe luego, se llama mona en Catalunya, Valencia y algunas zonas de Murcia por influencia árabe: la munna era el presente en forma de alimento que los moriscos hacían a sus señores en pago por los arrendamientos de las tierras. Otras voces proponen otra etimología: munda, de origen latino y que significaba también alimento. Sea como fuere la primitiva mona estaba hecha con masa de pan. Algunos han querido relacionarla, en su origen, con el hornazo castellano (he probado el de Salamanca; jamás probé bocado más calórico). Con el tiempo la mona evolucionó hacia postre, a dulce, al chocolate, a las figuras de chocolate. Siempre incorporando los huevos (simbolismo indudable de la Pascua y de la primavera) y, ahora, los pollitos amarillos. Las plumas de colores serían un aporte gay: para que luego digan de los catalanes que somos serios.

¿Por qué hablé hoy de la mona? Supongo que estas fechas me llevan a recordar esos momentos felices de mi infancia, y la gente querida que ya no está. Mi madrina siempre me llevaba a comprarla a una pastelería de Les Corts. ¡Con qué intensidad recordamos a la gente querida en circunstancias como ésta! Me acuerdo también de cuando pasábamos la Pascua en mi pueblo de Lleida, acercándonos a ver la mona de la pastisseria Muixí, en Balaguer, que fue ya en aquellos lejanos años un abanderado de las monas de chocolate dedicadas a personajes populares: jugadores del Barça, o Salvador Dalí en una ocasión. Y a tamaño natural, en chocolate. O me acuerdo también, bastantes años después, buscando la mona por los rincones más bonitos y medievales de La Seu d'Urgell (yo, en esos años, con diecisiete o dieciocho, me escapaba a la mínima y me metía toda la tarde en una librería de lance y descubría libros a precios irrisorios: allí encontré la Rosa Krüger del falangista aquel y que, a pesar de todo, tanto me gustó. O las memorias en varios tomos de Corpus Barga, con el precioso título de Los pasos contados. El caso es que llegaba cargado y provocaba el consiguiente enfado de mi madre: On els fotrem, tants llibres?).
La semana antes de la mona era el tiempo de la palma y los palmones, que me parecieron siempre aburridos (porque implicaban misa, y por algo que ya de pequeño me sorprendía y desagradaba: en un momento de la ceremonia el cura pedía que diésemos todos con el palmón contra el suelo en un acto terrible que recibía el nombre de "matar judíos"; juro que yo he vivido eso). Frente a ellos y las venganzas de una Iglesia preconciliar, yo prefería la mona. La sigo prefiriendo ahora, por los tantos recuerdos que me trae.

(Ambas imágenes, como muestran las respectivas leyendas, no son mías. Están tomadas de sendos blogs de cocina: Catacuina y La Lionesa.)

dijous, 29 de març del 2012

PERSONAS

A veces, una breve imagen pillada casi al azar propicia un replanteamiento sobre algún tema. O una nueva perspectiva.

Es lo que me sucedió el otro día. En el informativo de la tele (sería el de TV1 o de TV3, desde la desaparición de Cuatro no veo otros) aparecía un parado hablando de su experiencia. Y puso el énfasis en la cuestión de la autoestima. Vino a decir cosas que también yo, sin haber estado nunca parado, he llegado a plantearme en ocasiones. Y eso que hablo de oídas.

En ocasiones, dijo, cuando estaba a solas pensaba que probablemente su vida había sido un fracaso. Algunas veces pensaba incluso que un gran fracaso. Que algo había hecho mal, que probablemente él no servía para la vida (como si la vida fuera un trabajo, que supongo que un poco lo es), que su mala situación podía deberse esencialmente a no haber sabido manejar bien la existencia. El hombre lo resumía hablando de la anulación afectiva a que le llevaba esa situación.

Todos sabemos que el paro no son cifras, sino personas. Y lo más duro, seguramente, son las secuelas psicológicas. Me gustaría haber podido tener la oportunidad de hablarle a ese hombre para decirle que la culpa no era suya, que nadie había fracasado. Que la cosa era más sencilla, y más terrible. Que la vida de muchos necesita cobrarse estos peajes, exactamente como los imperios necesitan muertos en combate para que algunos puedan vivir como reyes. Y me hubiera gustado poderle dar una palabra de ánimo, con la certeza de que los males tienden a acabar algún bendito día, que espero que sea pronto.

Son esas cosas que le dan a uno: me gustaría decirle, me gustaría contarle a ese señor que sale por la tele. Tonterías... La vida luego hace que la realidad se imponga. No necesitamos tele, en realidad no la necesitamos.
A principios del presente curso descubrí que habían abierto un nuevo restaurante cerca del trabajo. Un miércoles, que es uno de los dos días que me quedo a comer en el trabajo, me dirigí hacia allí, diría que con excesiva desenvoltura, porque me dejé la cartera en el departamento del instituto. El dueño, un hombre de mi edad, era enormemente agradable y cocinaba muy bien. Como no había nadie más nos entretuvimos hablando. En el momento de pagar pasé un malísimo rato cuando comprobé que no llevaba el dinero. Alarmado le expliqué dónde trabajaba y prometí que volvería en un minuto. Pero el dueño no quiso, que se fiaba de mí, que mañana sin prisas... Me despedí algo azorado, dándole las gracias y sintiéndome ridículo. Naturalmente al día siguiente entré en el restaurante con el dinero en la mano y saldé mi deuda.


A partir de entonces cada miércoles durante meses me dirigí a mi nuevo restaurante mientras se iba creando una relación no exactamente de amistad pero sí de confianza y simpatía con Pau. La comida en el restaurante de mi nuevo amigo resultaba agradable, aunque me extrañaba que no hubiera nunca nadie. Sorprendente porque ya digo que cocinaba bien y no era caro (pero en épocas de crisis ni lo más extraordinario puede ser suficiente). Hasta que hará cosa de un par de semanas descubrí el restaurante con la persiana bajada. Oí a alguien dentro y llamé a la puerta de la cocina, que me pareció medio abierta. Una voz, la de Pau, me invitó a que pasara. Entré por la cocina y me dirigí al comedor. El espectáculo no puedo quitármelo de la cabeza: entre montones de cajas de embalar y trastos por doquier, Pau derrotado sentado en una silla con una botella de anís delante. Barba de dos días. Literalmente anulado. Le pregunté lo obvio: que qué pasaba. Tuvo las fuerzas suficientes para hacer un chiste.

- Estic arruinat - me dijo sonriendo amargamente pero con ironía - Semblo la Karen Blixen a Memorias de África.

Se levantó para darme un abrazo. Luego vino lo inevitable: el correo, la promesa de si me enteraba de algo, y nuevamente la autoestima: Ja ho veus, vaig néixer estrellat. Le dije lo que suele decirse en estos casos, pero lo dije sinceramente: que era educado, correcto, simpático, enormemente agradable y que cocinaba muy bien. Y que por tanto era una injusticia que se viera en esa circunstancia, y que llegaría un día en que volvería a tener suerte. Torpe, sí, seguramente, porque uno no está acostumbrado a encontrarse cara a cara con el rostro de la derrota. Me explicó que el restaurante había sido su última apuesta. Con ese fracaso había perdido sus ahorros e incluso su piso; no le quedaba otra que trasladarse a casa de su hermana. En fin, no sigo, porque la escena acaba siendo enormemente previsible.

También lo es cómo he quedado yo desde entonces. Me acuerdo mucho de Pau y deseo que pronto le vaya todo muy bien.

Sí, el paro no son cifras: son personas que las pasan canutas. Me gustaría pensar que nuestros políticos no pierden de vista este detalle nunca.

dijous, 22 de març del 2012

VERONA O LA FATALIDAD

Descubrí el candado como símbolo del amor eterno en Verona, la patria de Romeo y Julieta. En el momento de cruzar el Ponte Navi observé, sujetos a las farolas, un racimo de candados con nombres escritos que, por fuerza, tenían que significar algo. Uno, aunque lento, no es torpe del todo. Y comprendió el simbolismo al pensar que se encontraba en la patria de los amantes literarios por excelencia. Imposible no pensarlo por otro lado: todo en Verona rezuma Romeo y Julieta: al lado de la Trattoria Capuleto encuentras el Forno Julieta o la librería Montesco. Es, a pesar de estos excesos, una ciudad bonita, mucho. Dulce, como un pedazo de Toscana trasplantado al norte.Meses después, en París, vi que en el Pont des Arts, en los pretiles de hierro cantados por Julio, se repetía la historia de los candados. Y todavía hay más; en el puerte de Triana, en Sevilla (recién visto, este fin de año pasado). Siempre el puente sellado con el candado.


Encontrarle el simbolismo es muy fácil, cuando las cosas son tan evidentes. La unión viene señalada por el puente, que une orillas opuestas. La fusión por el candado, que amarra, fija, en un acto burdo de magia simpática.

Así somos los seres humanos. Enormemente previsibles pero con una inmensa necesidad de afecto.Y ahora vean estas otras fotos de la misma jornada en Verona: la primera es del balcón de Julieta. No puede nadie figurarse cómo está de llena la casa de Julieta: cientos de turistas emocionados, pagando sus buenos euros para entrar en la casa y asomarse al balcón. Era tanta la emoción contenida que estuve a punto de gritarles que su mitomanía literaria era mayor incluso que la mía, rayando lo enfermizo. De gritarles lo que toda esa caterva de gente parecía no saber, no sospechar: que Julieta y Romeo son dos personajes literarios, que Julieta no existió, que jamás habitó aquella casa, que no se asomó jamás a ese balcón, que todo es un burdo parque temático para sacarles los cuartos.

Pero hay más: fíjense cómo están las paredes de la casa de Julieta. Hechas un asco. Porque parece ser que también es mágico estampar tu nombre y el de tu pareja. Deben creer que se trata de la fórmula infalible contra los divorcios (escribir dos nombres en una pared o poner un candado exige menos esfuerzo que la paciencia, que el diálogo diario, que los intentos constantes por fomentar las relaciones y dotarlas de cimientos sólidos... en fin).Porque así somos también los seres humanos, aparte de enormemente previsibles y buscadores incansables del afecto: tirando a cándidos, poco dados a la crítica y con una tendencia tremenda a ensuciarlo y destrozarlo todo.

dissabte, 17 de març del 2012

PASTILLAS Y PEDAGOGÍA

Yo, que soy docente, me acerqué siempre, ni que fuera intelectualmente, a la tarea pedagógica con un enorme respeto. El pedagogo, el tutor, era esa persona que hacía que el joven, el puer, descubriera el mundo, aprendiera, asimilara, y llegara a ser mejor persona, más autónomo y con mayor autoestima. El pedagogo ponía límites, normas, mostraba el mundo al adolescente, la mejor y la peor cara del mundo. Le entregaba también las armas para que pudiera valerse por sí mismo en un mundo no siempre fácil, además de darle una cultura, y las herramientas para que pudiera enriquecerla a lo largo de su vida. El pedagogo no engañaba, era duro, inflexible en las cosas importantes, sabía que poner límites es una tarea que no admite rendiciones. Pero el pedagogo era también flexible en el acercamiento al joven; le conocía, sabía de sus momentos, de sus inseguridades, de su carácter, de las particularidades de la adolescencia, y adaptaba su plan docente a esas circunstancias humanas y a la personalidad concreta de cada caso.


Eso es lo que trato de hacer en mi devenir profesional cotidiano. No es fácil porque los alumnos son muchísimos, la burocracia excesiva y las personas no llegamos siempre a todas partes. Pero puedo asegurar, mi conciencia lo sabe, que eso es lo que intento cada día.

Es por eso que cuando hace años me ofrecieron implicarme en el desarrollo pedagógico de un centro dije que sí. Cuando llevaba una semana en el cargo se me acercó la psicopedagoga y me comentó algo sobre cierta alumna con dificultades. Tras una breve charla me soltó a bocajarro:

- ¿Tú crees que debemos derivarla al cesmij?

La miré. ¿Cesmij, había dicho? ¿Qué demonios era cesmij? "Déjame considerarlo un par de días", le respondí sin demostrar mi desconocimiento. Aquel mismo día supe que cesmij significaba Centre de Salut Mental Infantil i Juvenil. Pero aquel día supe también que acababa de abrirse la compuerta del apasionante mundo de las siglas. Nunca jamás he visto tanta sigla junta como en mi época de Coordinador Pedagógico. Afortunadamente las he olvidado todas, menos la del CSMIJ, que así se escribe, y la inevitable del TDAH. Y todas las siglas llevaban más o menos a lo mismo: que los niños que no trabajan o se comportan como verdaderos salvajes es porque están enfermos y por tanto hay que darles una pastilla, justificarlos, no oponerse a ellos, mucho menos a los padres que los defienden de esta forma y entender que como no todo el mundo puede hacer lo mismo se debe hacer lo mínimo para que todo el mundo pueda hacerlo. Aunque luego, ya por cuestión de inercia, ya ni siquiera lo mínimo se termine haciendo.

Supe también al poco tiempo que la tarea pedagógica en nuestro mundo de locos significa llenar papeles y más papeles que luego nunca nadie va a leer. Programaciones, planes pedagógicos, documentos de centro, memorias, los llaman.

No pretendo que esta entrada sea representativa de lo que ocurre en todos y cada uno de los centros de España o del mundo. De todo habrá. Pero no creo equivocarme si digo que las cosas en general no van bien y que buena parte de culpa la tiene el haber olvidado todos lo que significó siempre ser pedagogo. Para el pedagogo en su concepción histórica lo que realmente debería importar es lo que he dicho al inicio: la formación integral y respetuosa del alumno, atendiendo a sus especificidades. El darle al alumno conocimientos y cultura. Y, también, los límites, la educación, y ese gran desconocido, el esfuerzo. Y, otra cosa necesaria, dotar al alumno de resistencia ante el fracaso.

Llevo 18 años en esto y puedo estar equivocado en todo, o en casi todo, pero no en mi experiencia que me demuestra la bajada constante de nivel académico a lo largo de estos 18 años. Algún amigo en la educación universitaria me confirma también que allí llegan cada vez peor, y que la cosa comienza a ser seria.

La izquierda confundió en su día la anhelada educación para todos con el desatino actual. Lo que un pedagogo debería buscar no es igualar el rasero por la parte baja sino una educación integral de calidad. Y por lo que deberíamos luchar no es por un ordenador por alumno (que eso, con la crisis, afortunadamente ya nadie lo dice) sino por un óptimo sistema de becas para que todo el mundo que quiera y tenga aptitudes para estudiar pueda hacerlo de forma totalmente gratuita, recibiendo un sueldo incluso si su talento así lo merece.

A los profesores, en lugar de pedirnos mayores niveles de exigencia cultural y obligarnos a una formación continuada de verdad, nos organizan cursos para explicarnos que estamos obligados a aprobar a un chaval que escribe avia hido a l'istituto aqueya gornada por la sencilla razón de que el niño es disléxico y el pobre no tiene ninguna culpa. Digámoslo claro: los profesores recibimos presiones para aprobar masivamente, incluso a alumnos con un nivel equivalente al del ejemplo.

La culpa es de todos por ser tan acomodaticios con la impostura cotidiana.

(El título de esta entrada remite a la novela unamuniana Amor y pedagogía... ¡Cómo han cambiado los tiempos!)

diumenge, 11 de març del 2012

UMAMI Y LA CULTURA

Pongámonos serios porque la cosa lo merece. Hace cosa de un año, en una conversación a la hora del patio en el instituto, se generó una de esas conversaciones intrascendentes habituales. Alguien comenzó glosando cierto restaurante de moda al que había ido a cenar durante el fin de semana, otro señaló que lo mejor del mismo era la repostería, una tercera persona respondió que ella prefería el sabor salado y el profesor de gimnasia que se estaba sacando un café dijo que no olvidáramos el amargo. Yo, que también lo tomo sin azúcar, le di la razón. Las sonrisas de la conversación intrascendente se interrumpieron en seco cuando apareció la snob del centro, una mujer de mediana edad que sabe de todo. Naturalmente la gente pasa de ella, pero lo terrible es que ella no pasa de la gente. Puso el oído y escuchando la conversación sobre los sabores, aseveró que ella, de entre todos los sabores básicos existentes prefería, sin dudarlo, el sabor umami. Y se marchó con esa altivez que la caracteriza.


¿Umami, había dicho? Como suele suceder en estas ocasiones nadie preguntó que qué sabor era ese. Al contrario, la conversación siguió tras esa sorpresa inicial, ignorando a la snob como hacemos siempre, y pensando todos en buscar ese sabor en google nada más poner los pies en casa.

Hice los deberes. Los cuatro sabores básicos (sabores básicos es lo que dijo la snob, la jodida sabe de todo) son el dulce, el salado, el ácido y el amargo, que se detectan en diferentes zonas de la lengua, desde el extremo hasta el fondo en ese orden. De todos ellos nuestra lengua puede captar diversos matices. Curiosamente del que más matices se pueden detectar es del amargo: ello es debido, según algunos, al instinto de supervivencia, puesto que la mayoría de venenos son amargos (dudo que este detalle lo sepa la snob). Desde siempre se han señalado otras variaciones además de los cuatro sabores básicos, como el agrio o el astringente.

El umami sería, según algunos, un quinto sabor básico. Se detectaría en la zona central de la lengua (ver mapa) y sería un sabor difícil de definir. Bien, difíciles de definir lo son todos. ¿Cómo definir el dulce? ¿O el salado? Los sentimos, los reconocemos y ya está. Imposible explicarlos con palabras. Son, como la mayor parte de cosas que sentimos, claramente inefables.

Pero de la misma manera que decimos dulce y todos sabemos a qué nos estamos refiriendo, porque el dulce forma parte del acervo cultural de todos nosotros, con el umami es más complicado porque en nuestra cultura ha pasado muy desapercibido. Donde sí se ha valorado es en oriente. El sabor umami, definido como el sabor gustoso, es el sabor que hace que un plato resulte más apetitoso. Es el sabor que podemos apreciar en la carne, en el marisco, en ciertos tipos de queso. Hay umami en las conservas, en la comida envasada (lo ponen para que el plato resulte más apetitoso), en algunas verduras, en la salsa de tomate. Es el sabor que impregna la comida rápida, la salsa de soja, las hamburguesas BigMac, el salmón ahumado o las costillas de cerdo. Es el sabor gustoso, como decía.

Se me dirá, ¿qué tiene que ver el el queso con el jamón, y éste con la salsa de soja? Es difícil explicarlo mejor. Todos ellos tienen sabores totalmente diferentes pero comparten el umami.

Siempre es delicado afirmarlo, si uno quiere ser honesto con uno mismo, pero creo que ya lo reconozco. Para asegurarme pensé primero en hablarlo con la profesora snob, pero me dio corte, probablemente porque yo no soy snob (bien, seamos honestos: ni me planteé hablarlo con ella porque no la soporto). Lo que sí hice fue interesarme por ese extraño nombre, de origen japonés, y pensar en cómo podríamos traducirlo aquí (defecto de filólogo, supongo). Un profesor de Navarra propone llamarlo sabor fragante, o incluso una opción que yo prefiero, sabor untuoso. En cualquier caso es curioso nuestro mundo. La cultura condiciona incluso algo tan subjetivo como es nuestro propio paladar, y el nombre que le damos a las cosas, y el reconocimiento de las mismas.

Eso, eso es lo que le diré a la snob cuando me vuelva a incordiar con su sapiencia inoportuna: "Has de pensar, Mercè, que la cultura lo condiciona todo, incluso algo tan subjetivo como es nuestro propio paladar, y condiciona también el nombre que le damos a las cosas, y el reconocimiento de las mismas.". Y entonces me daré la vuelta y me largaré con su altivez característica.

dilluns, 5 de març del 2012

RONDA DEL GUINARDÓ

En la primera guerra del golfo, a principios de los 90, era yo un estudiante de los cursos iniciales de la Universidad que iba a las manifestaciones y gritaba aquello de No volem sang per petroli. Aquella primera guerra no tuvo la repercusión de la segunda, ni levantó tantas protestas. Protestábamos nosotros, los estudiantes. Y, frente a la impasibilidad generalizada, las prostitutas de un lejano país asiático se pusieron de nuestro lado e hicieron un boicot a los productos americanos. Fueron las únicas, que yo recuerde, que actuaron contra aquella guerra. Y yo pensé que en esta vida aprendemos de quien menos esperamos: una puta puede darnos una lección moral.
Esa distancia entre lo esperado y la realidad ha sido tema literario en muchas ocasiones. A veces ocurre al revés: de la inocencia surge inesperadamente alguna forma de horror. Recuerdo una novela (bueno, en realidad mejor decir nouvelle) que siempre me encantó: Ronda del Guinardó, de Marsé, novelita que he vuelto a releer en estos días. En ella se cuenta la historia de una pobre niña de la guerra, Rosita, huérfana, maltratada, que vive en un orfanato y malvive como puede. Rosita fue violada un par de años atrás, cuando no llegaba a los doce años: en un momento determinado uno de los personajes hace una descripción del cuerpo tirado y hecho un ovillo de Rosita tras la violación y observamos en esa descripción toda la maldad de la que es capaz el ser humano.


Conocemos a Rosita desde esa perspectiva de la miseria, pero dos años después. A partir de la particular ronda por el barrio que hace la niña con un policía, en espera de acercarse al Clínico para reconocer el cadáver del hombre que un día la violó, vamos conociendo a este personaje que tan bien refleja la contradicción humana que tanto le gusta al autor. Porque Rosita ya no es esa pobre niña; Rosita, aun y siendo víctima todavía, se ha convertido en una fulana de catorce años, en una pícara que sabe poner la carita justa para engañar a una señora del barrio y quedarse con su dinero. Qué crudeza en los detalles, qué sorpresa cuando descubrimos que las víctimas se convierten tan pronto en verdugos. (Tema muy del gusto del gran Marsé, uno de los narradores que menos me ha desengañado en mi tarea gustosa como lector).

Qué falsa la vida, qué aparente. La Ronda del Guinardó, que da título a la nouvelle, existe. Se trata de un cinturón de ronda que va tomando diversos nombres a lo largo de su recorrido (Gran Via de Carles III, Ronda del General Mitre, Travessera de Dalt...). En la zona en que atraviesa el barrio del Guinardó toma su nombre. El Guinardó forma parte del microcosmos de Marsé junto con la zona norte de Gracia y el barrio de la Salut, que termina en Lesseps. Una zona de la que nadie se ocuparía, porque no es turística (si dejamos de lado el Park Güell, en la Salut), si Marsé no la hubiera convertido en literatura en mayúsculas.
La Ronda del Guinardó está al lado de mi casa. Y las fotos de esta entrada son de hace dos años (dos años también, como cuando violaron a Rosita) en que quitaron el espantoso scalextric que habían construido para articular el denso tráfico de la zona en la época franquista. Ahora, ya sin esos añadidos, la Ronda del Guinardó vuelve a ser una vía más agradable incluso para pasear; es decir, para toparse como en la vida con las contradicciones humanas, con los maniqueísmos que se deshacen como un castillo de arena a cada paso.

dimarts, 28 de febrer del 2012

OTRA FORMA DE ENTENDER EL CATOLICISMO

La primera vez que oí hablar de Teresa Forcades i Vila fue con motivo de la gripe A, creo que en el año 2009. Eran mis primeros tiempos con el blog y recuerdo que comentábamos en los foros y comentarios a las entradas que había algo extraño en esa gripe, y que resultaba sospechosa la forma en que se habían exagerado los peligros (eso pensábamos y eso acabó siendo) y la forma en que las farmacéuticas estaban ganando a manos llenas. Fue entonces cuando llegó Teresa, una monja benedictina de la que no sabíamos nada, pero que decía las cosas claras y a la que intuíamos llena de razones.

El hecho de que Teresa fuera monja desorientó a muchos. No parece el quehacer más habitual de las sores el llamar la atención sobre enriquecimientos sospechosos y sobre compras masivas de ciertas vacunas por parte de los estados. Pero supimos luego que Teresa era más que eso: era doctora en medicina y en teología.

A partir del famoso vídeo, que iba acumulando visitas y más visitas, que era traducido y consultado por otros países, Teresa Forcades acabó convertida en personaje popular en Catalunya. Era parodiada en los programas de la tele e invitada a los debates. Nos mostró cómo vivía en el monasterio en un interesante programa de la serie de El Convidat. Y así fuimos sabiendo más de ella.

Esta monja benedictina vive en el Monestir de Sant Benet, en la montaña de Montserrat, y es una especialista en medicina interna y en teología feminista. Nada de lo que fuimos sabiendo nos extrañó: era inevitable que alguien que se atrevía a enfrentarse a las todopoderosas farmacéuticas fuera una mujer comprometida con el feminismo, que deseara una renovación profunda de la Iglesia, que hiciera manifestaciones a favor de la ordenación sacerdotal de las mujeres, que tuviera una actitud en muchas ocasiones comprensible con el aborto, que pensara que la homosexualidad no es un pecado sino otra forma de vivir la afectividad. Teresa Forcades, además de valiente, era inteligente, comprometida y progresista. Es decir, una representante de esa otra Iglesia, de la no oficial.

Pero ella pertenece a la Iglesia y es por eso que sus discursos son siempre, en ese sentido, enormemente prudentes, aunque también meridianamente claros. Con motivo de la presentación de su libro La teología feminista en la historia recorrió muchos lugares de España y de hispanoamérica dando conferencias, planteando siempre la necesidad de un cambio profundo. Y esta semana ha sido entrevistada en el diario Ara, entrevista que podéis leer en castellano en esta entrada. Le pregunta el periodista, por ejemplo, "¿Lo que hace la industria farmacéutica, primero asustarnos y después vendernos la solución, no es también lo que hace la Iglesia?", y responde la hermana Forcades: "Sí, y cuando lo hace es un abuso de poder." Pero también habla de las medicinas alternativas, de la medicalización, de su visión de la religión, de su vivencia espiritual, de su simpatía por los indignados, de sus propios temores por una jerarquía a la que pone en jaque.

En uno de los vídeos de la página del periódico, que pongo debajo, hablaba por ejemplo del famoso TDAH,
trastorno de déficit de atención e hiperactividad de los niños, señalando por ejemplo que, y traduzco del catalán, "la hiperactividad infantil es una etiqueta que (...) es posterior a la síntesis del medicamento que va bien para esta etiqueta. Desde un punto de vista crítico esta circunstancia debe hacernos sospechar. No demuestra nada, pero (...) lo cierto es que primero hemos tenido el medicamento y cuando ha estado a punto para ser comercializado han existido una serie de iniciativas pagadas por las empresas que patrocinan este medicamento que generan las informaciones en las que nos basamos epidemiológicamente para decir que hay niños que tienen este problema. Y después, naturalmente, deben comprar esta pastilla" Es decir, nuevamente un engaño que genera múltiples beneficios económicos y que ella desea denunciar en su próximo trabajo sobre la desmedicalización. Si alguien entiende el catalán puede ver y escuchar el resto del fragmento en el siguiente vídeo.

Yo no soy nada partidario de las mitificaciones cotidianas (de las otras menos), pero sí de erigir en referente a personajes de nuestra propia cotidianidad o de los medios. Por eso hablo de Teresa hoy aquí. Sus palabras son a menudo un regalo. Como también lo es su breve libro Los crímenes de las grandes compañías farmacéuticas que se puede descargar gratuitamente en el presente enlace.

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