Para todos los amigos que aún no lo sepan he abandonado este blog y he abierto otro. Ahora me encuentro en Accés a Maians, lugar en el cual voy colgando las nuevas entradas y donde me gustaría encontraros a todos.

divendres, 25 de maig de 2012

MUDANZA

Hace dos años comencé este blog. Era el segundo; el primero lo mantuve también durante dos años. Como dije en la primera entrada de El far "me propongo ir plantando cosas y amigos en la isla que ya tiene un faro". Decidí cumplirlo. A lo largo de este tiempo he ido plantando amigos y también recuerdos. La síntesis de estos recuerdos se encuentra en el lateral de esta página, donde he ido poniendo todo lo que tiene la isla ("¿Qué hay en Maians?")

En aquella primera entrada de este blog expliqué el motivo del título. Maians fue una isla que ya no existe: una isla que los sedimentos formaron delante mismo de la costa de Barcelona. El tiempo y los sedimentos posteriores eliminarion Maians: la isla acabó convertida en tierra firme. La línea de la costa se iba adelantando, lo que era mar acababa convertido en tierra, también el agua que circundaba aquel islote. La isla de Maians estuvo situada aproximadamente en la zona donde actualmente nace el barrio de la Barceloneta, muy cerca de la plaça Pau Vila y no lejos de la entrañable Estació de França.
Maians, ese nombre misterioso y paradójico de una isla que de tanto crecer acabó por desaparecer, me pareció ya entonces un buen nombre para mi blog. A la vez Maians, por sinécdoque, simboliza a toda Barcelona. El conocimiento de Maians lo debo, como tantos, al gran Quim Monzó que publicó hace años una colección memorable de relatos que tituló L'illa de Maians (inciso: qué gran narrador es Monzó y qué desconocido es todavía en la mayoría de rincones del solar hispánico). Seguramente, lo que menos me gustó entonces del nombre de mi nuevo blog fue la idea de faro, que inevitablemente tiene esa connotación de señero, de verdad proclamada. Para mí faro era punto de referencia, lugar para el atraque, promesa de puertos; en ese sentido lo puse.

Recientemente me he visto obligado a poner las molestas letras de validación de comentarios porque recibía spam diario muy molesto (muchos me habéis pedido que las quite: si me vi obligado a ponerlas fue por ese motivo). Como reconozco que estas letras son bastante ingratas y puesto que no puedo quitarlas si no deseo verme bombardeado de nuevo con publicidad diversa, he optado por cambiar de blog y de plataforma. Me paso a Wordpress.

Me quedo en Maians, que es tanto como decir que me quedo en mi país físico y en mi país mental, pero dejo de lado el faro, por la dudosa interpretación que comentaba antes. La próxima semana os daré la dirección, porque se me hace necesario seguir contando con vosotros en mi nuevo blog.

dissabte, 19 de maig de 2012

LITERATURIZAMOS

Recuerdo que en un curso que hice sobre creación literaria el profesor nos retó, el primer día, a que diéramos una respuesta práctica a la pregunta ¿Para qué sirve la literatura? Práctica, dijo. Salieron las cosas esperables. Por ejemplo, para culturizarnos con el fin de ser mejores. Pero es discutible: no siempre la gente culta es mejor. Ni siempre, con más cultura, eres más feliz (lo digo en unos momentos en que parece que los únicos felices puedan ser los ignorantes). No: si la pregunta tenía una respuesta práctica no era esa. Otras respuestas perfilaban más: la literatura abre puertas y sacia nuestra curiosidad. O abre puertas y plantea infinitos interrogantes (esta última me gustó más porque es más borgiana). O sencillamente porque la lectura resulta un placer que acaba siendo, por voluntad, inevitable. Porque, por tanto, nos enriquece el alma. Porque permite acceder a realidades no materiales de nuestra existencia. Porque nos enseña a mirar más y mejor. Porque implica alimentar la imaginación que tiene, en sí misma, un potencial inagotable.

Todas esas resultaban respuestas convincentes. La literatura valía la pena, estaba claro. Pero no fue ninguna de ellas la que más me llamó la atención. A lo largo del coloquio alguien propuso otra respuesta que nos convenció más. De hecho, cada vez me convence más. La literatura sirve para saber contarnos nuestra propia vida. Muchos dirán que eso es una tontería, y yo no lo creo. Si literaturizamos nuestra existencia la dotamos de sentido, y eso, en la práctica, algún tipo de beneficio ha de aportar.

Yo siempre he pensado que, acaso por influencia de la literatura, sé contarme mi vida. Le busco señales, relaciones, símbolos, metáforas. Me divierten los episodios cómicos y los acentúo, como si habitara una comedia elevada. En los momentos duros (si no son muy duros) sé distanciarme lo suficiente como para verle las aristas dramáticas. Normalmente relato mi vida a los míos y, tras añadirle algo de sal y pimienta, utilizando los viejos recursos de la narratividad, acabo pensando que mi vida no es aburrida (ya es mucho). Naturalmente, para este ejercicio, uno debe convertirse en personaje. Procuro ser un personaje amable, y no cargar las tintas en nada: ni en lo gracioso, ni en lo valiente, ni en lo listo (tampoco en lo cobarde ni en lo simple). Los personajes con las tintas cargadas siempre me cayeron mal. El no va más de la literaturización es cuando en una sola vida, la de cada uno, eres capaz de interpretar diferentes personajes, según el contexto: un profesor serio y severo, un amable y entregado vecino, un amigo divertido siempre con la anécdota a punto, un buscador de tópicos, referencias y mitologías, un flâneur que trasciende los paisajes (o lo intenta). Supongo que nos ocurre a todos. ¿Que no hay defectos? Bueno, esa sería la otra cara de los personajes, pero uno mismo no es quién para juzgar. Que juzguen los otros. Y que tengan la misma generosidad con los defectos ajenos como la que tenemos para los propios.

Pero la tendencia a literaturizar tiene un exceso en el que procuro no caer nunca. Es un defecto incómodo, que destruye la verdadera naturaleza de saberse contar la propia vida. O no. Lo mismo que hay novelas realistas y otras expresionistas, puede que ocurra lo mismo con las vidas contadas de cada uno.

A este respecto recuerdo que, en mis años universitarios, tenía un amigo poeta, compañero de clase. Poeta de altura, no se piense. Había ganado algún premio destacado y escribía francamente bien. Sus poemas anunciaban un mundo interior muy denso y una vida intensa a muchos niveles. Por esas casualidades de la vida le presenté a una amiga. Y, también por esas casualidades, iniciaron una relación. Su historia duró unos meses, tiempo más que suficiente para que mi amigo construyera un poemario arrebatado de su historia de amor. Nos reuníamos en aquellas noches de cerveza y porros, y él nos leía sus poemas, con mi amiga y amante suya presente. Nosotros nos arrobábamos, y escuchando los poemas creíamos asistir como espectadores a una historia de amor única. Mi amigo comenzaba a glosar las miradas que él y su amada se dedicaban, sus silencios, cierta noche en que escucharon Schubert, el paisaje que podía divisar desde la ventana cada vez que acudía a casa de ella para pasar la noche, los instantes mágicos en que ambos se quedaban abrazados pronunciando palabras en voz baja para hacer eterna la noche, el hilo que estaban tejiendo que lograba mantenerles unidos incluso cuando no estaban juntos. Entonces, en pleno fervor poético, nosotros mirábamos a mi amiga, pensando que era una chica afortunada, pues un amor tan pleno no se vive cada día. Y, sorprendentemente, mi amiga parecía extrañada mientras escuchaba a su amante: iba negando levemente con la cabeza como tratando de espantar una idea inoportuna. Un día la felicitamos fervorosamente: estaba viviendo una historia poética, plena, maravillosa. Ella se nos acercó y nos explicó su versión. Que no, que no era cierto. Que no era verdad lo que contaba el chico en sus poemas. Que estaba muy bien, eso sí, que le gustaba estar con él, pero que ni miradas, ni silencios, ni palabras, ni Schubert, ni hilos misteriosos.

- Llega, follamos, charlamos un rato y se larga. Ni más poesía ni más hostias, que os juro que no. Que se lo inventa todo, Que eso sólo existe en sus poemas.

Si no la hubiera conocido hubiera pensado que era un alma negada para la sensibilidad, incapaz de captar la profundidad del otro. Obviamente no era así.

El exceso que decía antes es ese: literaturizar hasta el extremo, convirtiendo tu vida en un pura mentira de arriba a abajo. También trato de no caer en eso que, por otra parte, puede que sea en realidad una puerta a la felicidad.

dissabte, 12 de maig de 2012

RIEN DE RIEN

Hace dos años y medio expliqué en mi otro blog de qué estaba hecho el mundo. Durante mi visita al museo de arte moderno de Bruselas descubrí el planeta pintado de verde. Todos se acercaban, todos miraban, algunos hacían fotos y una vez cerca de la escultura descubrías que era un bola del mundo hecha de cucarachas coloreadas.


Y yo, que soy aficionado a las metáforas y a las señales, pensé que el artista había estado muy acertado. Bruto, pero acertado.

¿Dónde fue lo de la montaña? En Liverpool, en el espantoso museo de la Tate Gallery de Liverpool (nada que ver con sus hermanas, la Tate Britain y la Tate Modern de Londres, fantásticas ambas, por lo cual se demuestra que también ahí ocurre lo de quedarse lo bueno en la capital y repartir las sobras por las provincias). En esa Tate vi una montaña y vi de qué estaba hecha. De semillas de girasol.

Ves una cosa así y normalmente te quedas un poco frío. Artísticamente frío. Yo al menos. Siempre me ha gustado el arte, siempre entendí que Duchamp pusiera un urinario en una exposición para provocar y despabilar un arte aburguesado y dormido, siempre me coloqué del lado de epatar a los burgueses, he entendido siempre el papel del artista como reactivador de la vida y como incesante caminante por los lados menos cómodos. No, nunca me he considerado un conservador en la forma de entender el arte. Pero también desde siempre he pensado que lo que estuvo muy bien en su momento se ha convertido en postura, que lo que en su momento fue necesario ha acabado acogiendo gente con poco o nulo talento pero con mucha cara dura. Por ese motivo los museos de arte contemporáneo me parecen un pitorreo, un acopio de la tontería humana, el paraíso de cuatro trepas que muchas veces no tienen ni arte ni gusto pero a los que sus habilidades sociales les han permitido vivir de su mentira. Mi límite está en Pollock, que no me chifla nada pero tampoco me disgusta. Por cierto, Pollock tiene una suerte: sus obras son tan parecidas las unas a las otras que ves una y es como haber visto su obra completa. Como si fuera posible resumir la novelística de Proust arrancando la primera página de Swann. Todo un mérito.

Que nadie piense que desprecio la abstracción. No, en su momento tuvo sentido y me gusta, incluso la que se hace ahora, si se hace bien. Me gusta Juan Gris, o los coloristas Kandinsky y Klee. También Miró (algunas cosas), o Tapies (qué impresión emotiva me provocan siempre sus pinturas) o Antonio Saura, que es de lo más desasosegante. Mi crítica en este caso se refiere a una sociedad que ha perdido el norte y que acoge en sus museos los absurdos más espantosos.

Cuando llegamos a la parte contemporánea de un museo (porque a museos de arte contemporáneo ya ni vamos) nos reímos mucho. Agarro la cámara y con una reverencia ridícula registro esas obras de arte excelsas que me parecen lo que son: la tomadura de pelo del siglo.

Hoy quiero traer dos ejemplos: el primero es el de los monocromos. Véanlos. Deléitense. Les regalo un par. Y no olvidemos que alguna pintura monocroma ha dado lugar a nombres de diversas tonalidades de color: así tenemos el azul klein, invención inmortal del pintor Yves Klein, eminente experto en el arte de los monocromos (tiene, a mi modo de ver, el mismo mérito que el mezclador de colores de la Titanlux, que es muchísimo).



Y el segundo ejemplo; el de los bodegones matéricos (el nombre es mío). Condición para un buen bodegón matérico: debe estar construido a partir de materiales diversos reciclados de los vertederos de la modernidad. Son un tipo de arte muy exigente: quieren superar el cuadro, sus dimensiones, y recurren a escaparse de sus límites. Así, el resultado, es un híbrido entre el objeto artístico y la performance participativa. Cualquier cosa es válida, y el desorden es un plus (Ramón Gómez de la Serna, fascinado con el Rastro madrileño, fue un precursor en tantas cosas): materiales diversos (así es matérico, palabra que les encanta), luces, espejos, ropa (no me digan que no tiene mérito el montón de ropa sucia tirada en un rincón. Juro que no es mi casa: lo vi en la Tate de Liverpool, que como ven es una mina) o una escultura construida con montones de rebanadas de pan Bimbo que van pudriéndose. Así, lo matérico se fusiona (otra palabra fetiche) con una meditación sobre el paso del tiempo y con las oquedades del hombre contemporáneo. Ahí es nada. (Pero nada de nada).






divendres, 11 de maig de 2012

ELLAS

dissabte, 5 de maig de 2012

APUNTES SOBRE PSICÓPATAS

A veces, leer el periódico, nos procura una sonrisa. Son las menos, pero a veces ocurre. Hace un tiempo, leí la noticia de un simpático gallego que robó una figura de San Pedro de una iglesia de Ourense. Lo que él no sabía es que estaba robando una copia del original previamente robado hace treinta años. Es decir, que se le anticiparon. Pero lo bueno del caso es que, ya con la imagen que él creía auténtica en su poder, soñando con venderla a un anticuario sin escrúpulos y ganar acaso tanto dinero como el mítico Eric el belga, comenzaron a ocurrirle desastres. Su novia le dejó plantado, y el coche se le incendió. El pobre gallego miraría la imagen del santo robado y comenzaría a sentir el peso de la conciencia. Achacaría los desastres a alguna fuerza sobrenatural. Ni corto ni perezoso, y con el fin de acabar con el castigo del cielo, cogió la figura con las manos y fue, obediente, a devolverla a las autoridades. De lo cual se deduce que el mafioso nace pero no se hace.

Permitidme ahora un apunte biográfico, aun a riesgo de dispersar excesivamente esta entrada. Hace no mucho me encontré en una librería con el libro ¿Es usted un psicópata? firmado por un tal Jon Ronson. No lo compré porque tengo ya infinidad de cosas que esperan a ser leídas. Pero luego, una vez en casa, sí busqué información y me encontré con una teoría que apoyo totalmente. Según Ronson el mundo está dirigido por psicópatas. Es decir, todos y cada uno de los políticos que nos gobiernan, sean del partido que sean, tienen en realidad un fondo psicopático. Según el autor sólo llegan a la cúspide del poder aquellos que son capaces de dedicar el suficiente esfuerzo y energía a esta empresa, y que tienen la escasez de escrúpulos que se precisa para lograrlo. No sólo políticos, claro. Leo: "Hay sectores de la industria donde es particularmente difícil tener éxito si uno no tiene ciertos rasgos de psicopatía. El sector bancario es uno de ellos, como prueba que base su éxito en explotar a los clientes". Y más adelante: "A mí me asombra enormemente que hayamos creado un mundo en el que se premia y engrandece a aquéllos que tienen rasgos psicópaticos". Siempre lo sospeché: toda persona que yo he conocido con un espíritu de líder tiene esos rasgos de frialdad, de afán por la mentira, de conseguir sus propios anhelos incluso a costa de los demás, y que sabe disimularlo bien. No, no me extraña nada lo que cuenta Ronson: por lo que yo he visto el deseo de mando va unido siempre a una determinada manera de ser que pocas veces se aparta de esa patología que comenta. Es decir, toda persona a la que le gusta mandar es, por eso mismo, un psicópata en potencia. Pequeño o grande, según su deseo de medrar. A diferentes niveles, desde el encargado de planta de unos grandes almacenes hasta Angela Merckel. ¿Será por eso que tengo verdadera alergia a la gente con el carácter muy fuerte? A mí, al contrario que a la mayoría, raramente logran abducirme. El final de la entrevista a Jon Ronson (que, por cierto, podéis leer aquí) resulta enormemente tranquilizador: "si a una persona le preocupa ser psicópata, es que no lo es. Al que es psicópata le importa un bledo serlo." (Y permitidme que aclare: Ronson se refiere a las gentes que tienen atracción por el mando, ni que sea el mando pequeño y doméstico, no por la gente que en un trabajo determinado tiene que desarrollar una actividad que implica gestionar algo. Ni tampoco a aquellos que, llenos de buena fe, desean hacer más cómoda la vida de los otros asumiendo responsabilidades públicas.)

Y ya para acabar fue en marzo cuando me encontré con otro artículo en la prensa que me sosegó algo más. Por un lado siempre me desagradó la banalización de la palabra amistad en las redes sociales. Yo, que la verdad sea dicha, tengo más bien pocos amigos en Facebook (57 para ser exacto) comparado con las burradas que tiene la gente sentí una cierta calma al leer el artículo en cuestión. Porque a veces entro en Facebook  y mi muro me avisa, Fulanito ayer hizo setenta y cuatro nuevas amistades... Os juro que yo, ni que quisiera.  Pues bien, según un especialista de una universidad americana (como todos los especialistas de cosas que no sirven para casi nada): "cuanto más amigos en Facebook, más narcicista eres, lo que significa que no eres feliz." O sea, cuantos más amigos en la red, menos felicidad. Suena bien. No tengo ni idea de si es cierto o no, y supongo que da lo mismo. Lo que creo es que para ser feliz lo que se necesita es un puñado de amigos de verdad (con un puñado escogido basta) y tiempo libre para poder disfrutarlos.

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