Para todos los amigos que aún no lo sepan he abandonado este blog y he abierto otro. Ahora me encuentro en Accés a Maians, lugar en el cual voy colgando las nuevas entradas y donde me gustaría encontraros a todos.

dissabte, 28 d’abril de 2012

RUBIANES SOLAMENTE

El día 23 de diciembre se estrenó Pepe & Rubianes, una película documental de Manel Huerga sobre este querido cómico galaico-catalán, como él mismo se definía. No sé si en el resto de España se le conoce; si poco, si mucho, si nada. Sí sé que seguramente era mejor cómico que muchos que llenan teatros y arrasan en las audiencias, como sé también que su compromiso cívico y político le hicieron enormemente incómodo: le persiguieron, le apartaron y a la postre le redujeron hasta su temprana muerte. Si alguien no le conoce, viendo el vídeo siguiente puede entender por qué resultaba tan incómodo. La Iglesia y los fachas fueron sus grandes fijaciones, y dijo de ellos cosas tan gordas como las del siguiente vídeo.

Lo que se entiende menos es que Pepe Rubianes, el deslenguado, el maleducado, el hombre que de cada cinco palabras pronunciadas tres eran un taco, el políticamente incorrecto, se ganara el aprecio del siempre conservador pueblo catalán. Aquí se le quiso, y mucho. Y se le extraña. En la película documental de Huerga que vi hace pocos meses por TV3, con amigos entrañables como el director teatral Joan Lluís Bozzo, el cómico y ex sacerdote Carles Flavià, el sacerdote políticamente incorrecto Manel Pousa (el "pare Manel") o el cantautor Joan Manel Serrat hablando cariñosamente de él, puede comprobarse. (Todos ellos, y algunos/as otros/as que también aparecen en la película, se autodenominan Las viudas de Rubianes. Recientemente se ha originado una desagradable polémica entre ellos y la hermana y heredera del cómico, que les acusa de aprovecharse de su memoria, pero no entraré en asuntos tan desagradables que pienso que Pepe no merece).

Curiosos estos personajes, amigos de Rubianes. El "pare Manel", por ejemplo, tan inclasificable, o Carles Flavià. No es casual que todos ellos fueran amigos. El pare Manel es uno de esos curas perseguidos por la jerarquía, que hace lo que le da la gana, y que monta festivales para conseguir dinero para los pobres con lemas que le escuecen hasta el horror al señor obispo. Y Carles Flavià es un cómico muy interesante que ha abandonado el sacerdocio porque no era exactamente lo suyo: durante muchos años combinó la juerga nocturna con regresar pronto a casa para poder oficiar la misa de ocho. En una ocasión sus amigos gamberros, que ignoraban que era cura, le preguntaron por qué tenía que retirarse tan pronto (a las siete de la mañana, dónde vas a parar, eso es muy pronto si pasas las noches en los tugurios del barrio chino): él les dijo que tenía que oficiar misa. Obviamente los amigos se partieron de risa. Como el otro no puso objeción cierto día le acompañaron. Entraron en una iglesia, se sentaron y vieron, sorprendidos hasta el extremo, como su amigo de juergas aparecía con la sotana y comenzaba su trabajo. (Ante estos catalanes me da mucha rabia que actualmente los catalanes más famosos en España sean los muy aburridos de CIU, sinceramente).

Rubianes, el añorado, el admirado, se hizo popular en España gracias a una intervención que los fachas (sus odiados fachas) supieron aprovechar. Él, comprometido con la causa republicana y de izquierdas, comprometido con una España seguramente federal y nada patriotera y menos facha, se metió con la España eterna, y lo hizo con mucha gracia. Creo recordar que con motivo de la presentación de su espectáculo Lorca eran todos, espectáculo que reivindicaba a todos los muertos de la guerra en una época en que las derechas demostraron a las claras que su opción pasaba por el olvido, asistió a un programa de tv3 y allí, hablando de la unidad de España, tuvo la osadía de ser terrible. Se pasó tres pueblos pero dijo cosas que, bien entendidas, son impecables. Porque él pensaba que había otra manera de ser español. Y no se lo perdonaron. Contened la respiración y mirad el vídeo en que los fundidos en negro sirven para separar elementos para el escándalo (creo que lo montó alguien muy escandalizado).



Tras aquel escándalo se marchó a África durante mucho tiempo. Contaron en la película que a partir de entonces se le hizo difícil caminar tranquilamente por la calle: le insultaban y le aplaudían a partes iguales, pero los insultos eran especialmente crueles. Eso en Barcelona; a Madrid ni se planteaba ir, como es natural. Permaneció inquebrantable el apoyo de sus amigos de siempre (Buenafuente, por ejemplo, que le entrevistaba cada tanto, o periodistas catalanes como Om o Soler), pero la vida en la piel de toro se le hizo casi imposible (normal cuando aquí ser español implica serlo desde el lado facha de la vida). Es por eso que se largó, y se inventó que se había casado con una negra guapísima, que era lo que seguramente hubiera deseado. En la película me llamó la atención una cosa que dijo el propio Pepe, en un vídeo que grabó desde África yo creo que para un programa de Buenafuente: que la vida política española, vista desde el continente de la miseria, se le antojaba una pelea de pijos. Una pelea de pijos en la que él también participaba cuando estaba, y que por eso prefería permanecer lejos.

Independientemente de todo lo político, qué pena que se muriera Pepe, la verdad. Porque era un alma libre que salía por la tele y decía lo que ya nadie dice. Si la forma de ser español pudiera ser la que entendía él (libremente, sin imposiciones, sin elementos sacrosantos) qué cómodos íbamos a sentirnos todos en este país que machaca hasta la aniquilación a quienes no respiran el mismo aire. Ved en las fotos cómo celebraron algunos su temprana muerte. Y ved también mi admiración indesmayable por ese galaico-catalán a quien prefiero millones de veces antes que a esa idea de España que se identifica con el dominio, la censura, el odio, la agresión, la mutilación y el asco. Tenía razón Rubianes: antes África que esa España.
Y para terminar, ved lo que escribió Álex de la Nuez en su blog en el año 2007 sobre este tema: ilustrador.

dissabte, 21 d’abril de 2012

PANOTS DE BARCELONA

Los pequeños detalles cotidianos de los lugares que visitamos adquieren, a veces, categoría de icono. No me refiero a los monumentos típicos (torre Eiffel en París, Big Ben en Londres, la estatua de la Libertad en New York) sino a pequeñas cosas que observamos y que no teníamos vistas de otros lugares. Así, en mi caso, el color roma de Roma, ese color rojizo tan emblemático de los edificios de la ciudad eterna, al que dediqué una entrada en mi anterior blog. También los pinos romanos, recortados al atardecer, como sombras vigilantes de la ciudad eterna. O las ventanas de las buhardillas de París, vistas desde la calle, sobresaliendo en los tejados. O los semáforos del Berlín este, con el señor con sombrero como figurita del rojo. Quizá los perros de Atenas. En fin, detalles, aspectos intrascendentes que resumen la imagen mental de la esencia de una ciudad.

¿Cuál sería para mí el icono de mi ciudad si fuera yo extranjero en ella? Seguramente las baldosas del pavimento. Lo que en catalán conocemos como
panots. En la mayoría de ciudades no existen, tan sólo una masa de alquitrán alisado.

Hace tiempo me paseé por la ciudad fotografiando esas baldosas barcelonesas, alguna con mucha historia. Fotografié también los huecos de las baldosas robadas en el Passeig de Gràcia: son las que diseñó Antoni Gaudí, y como los turistas lo saben, si hay alguna algo suelta la arrancan y se la llevan.


El panot más original y más codiciado es pues el diseñado por Gaudí que puede verse en las fotos de arriba. En la primera en su versión original, de pequeño tamaño, tal como lo diseñó Gaudí para el interior de la Casa Batlló del Passeig de Gràcia. La segunda, una versión de mayor tamaño, que fue la que se colocó durante los años 70. Hace unos quince años volvió a restituirse la versión original, pues la mayor se rompía con gran facilidad.

El Panot Gaudí, efectivamente diseñado por el arquitecto, se ha popularizado de cara a los turistas. Se venden reproducciones, probablemente para evitar que demasiados decidan arrancar los panots de las calles. De hecho el ayuntamiento debe gastar unos 150.000 euros anuales en reponerlos, como se cuenta en esta crónica.
Pero hay otros panots barceloneses tanto o más emblemáticos. Probablemente el más famoso es el conocido como Rosa de Barcelona: la flor o, según algunos, trébol de cuatro hojas que parece que se debe a un diseño del también arquitecto modernista (y presidente de la Mancomunitat) Josep Puig i Cadafalch. En el portal de la casa Ametller, también del Passeig de Gràcia, puede apreciarse una baldosa originalmente diseñada por Puig i Cadafalch que se parece muchísimo a la que después llenaría las calles de toda la ciudad. Esta es la Rosa de Barcelona:
Debo decir que cuando visité Bilbao descubrí la loseta bilbaína que es casi idéntica a la de Barcelona pero el dibujo es más pequeño y con unas líneas que salen de cada uno de los pétalos. Naturalmente prefiero la original de Barcelona. Este panot, yo creo que el más famoso y común, ha generado también un abundante merchandising: bolsos, anillos, chocolatinas.




Esta Rosa de Barcelona también ha inspirado el panot circular rosado que indica las principales paradas de la ruta modernista de la ciudad. Encontrarse uno de estos significa que te hallas ante un edificio representativo de la ruta.
Existen otros panots también bastante frecuentes. Todos ellos han sido fabricados y diseñados por la casa Escofet & Cia., inspirados en dibujos de esos grandes arquitectos y dibujantes, desde que en 1916 ganara un concurso público, como se cuenta en dos entradas del blog del amigo Miquel, Tot Barcelona: aquí se habla en general de los panots y en esta otra entrada de las características y creación del llamado panot hidráulico.

Veamos los otros panots característicos. Los dos primeros creo que ya no se ponen. De hecho, el primero resulta bastante inusual aunque todavía es posible encontrar alguno en el pavimento de algunas zonas. El segundo, con las tres circunferencias concéntricas, se ve más aunque dudo también que se esté poniendo en estos momentos. Los tres últimos creo que todavía se usan: el de los cuatro ojos, y los dos modelos de tableta de chocolate: 2x2 y 3x3.




Gracias al blog de Miquel que he citado antes y al blog Barcelofilia he descubierto otro modelo de panot que no conocía, que de hecho ni siquiera he visto: debió de ponerse hace mucho tiempo. Es el llamado panot de la rosa.

Existen otros modelos, más recientes y con menos pedigrí. No tienen siquiera nombre, que yo sepa. Son los modelos que se han ido colocando en estos últimos años para los bajantes de la calzada, para señalar las paradas de bus o para pavimentar otras zonas de la ciudad.




Y entre los panots emerge el recuerdo de un elemento muchísimo menos estético y más revolucionario: la llamborda (el adoquín). La llamborda casi ha desaparecido en Barcelona, aunque es posible recuperarla en algunos lugares dispersos. Siempre me he preguntado si su sustitución, además de atender a criterios de comodidad, no se debe también al tremendo recuerdo de las barricadas que se levantaron durante la llamada Setmana tràgica cuando la Barcelona obrera se levantó contra una aristocracia y una Iglesia que condenaban al obrero al esfuerzo inhumano y a la muerte en guerras lejanas. Remito a otro blog amigo, Barcelona Antiga, que también se ocupó del tema en una entrada.

Para acabar quiero dar las gracias a Mari Trini por la información y los enlaces. Ya hace tiempo me remitió a los blogs que aquí cito. Su mismo blog creo que resulta imprescindible para conocer elementos históricos y de la realidad actual de la ciudad de Barcelona. Y, ya puestos, gracias también a Josep Estruel por presentarme el blog de Mari Trini.

diumenge, 15 d’abril de 2012

LLUEVE EN CAMBRIDGE

En un país como el nuestro que está sucumbiendo a la desertización, que siempre tiene ese problema latente, sólo puedo entender el odio a las incomodidades de la lluvia desde la misma raíz del egoísmo humano. He visto gente que, tras tres meses sin una gota de agua, se quejaban porque se ponía a llover. Porque la lluvia resulta efectivamente incómoda, estropea los peinados, y nos entumece si tenemos una cierta edad. No, no puedo con eso, no puedo permanecer impasible a esas quejas: para mí es como si la persona se quitase la máscara amable y mostrase su rostro depredador.
En estos días que está lloviendo poco o mucho, pero que al menos llueve, me apetece traer una anécdota reciente. El verano pasado estuve en Inglaterra y descubrí una vez más la incomodidad de la lluvia pero también su generosidad. No hay día en que no caiga algo (por eso me cuesta tanto entender la mala prensa que tiene la lluvia en nuestro país: si lloviera cada día como en Inglaterra podría entenderlo). A cambio de tanta lluvia unos paisajes verdes de ensueño y mucha vida por todas partes.


Un día nos escapamos a Cambridge, que por cierto es un pueblo absolutamente aconsejable, lo mismo que Oxford. Aunque el día amenazaba lluvia (de hecho, como cada día) yo miré el cielo mediterráneamente y me calcé mis sandalias (aquí, en Barcelona, cielo encapotado no es sinónimo de lluvia). Pero llovió, vaya si llovió. Justo al salir el tren de la estación de Kings Cross comenzó a caer un aguacero espectacular. Es fácil deducir cómo acabé con los pies. También imaginar cómo me miraban maravillados los lugareños. Y también lo que llegué a reírme (¿para qué enfadarse constantemente por las anécdotas que nos depara la vida?).

Allí, en Cambridge, en plena lluvia, tras disfrutar de la visita a la capilla del King's College, vivimos uno de esos momentos afortunados. Es decir, un momento en que, si acompaña la disponibilidad de ánimo, se aparecen todas las musas de la felicidad. Caminamos hasta el puente (bridge) que pasa sobre el río Cam; está dentro de la propiedad del King's College y es un lugar ameno para el paseo y el relax de los estudiantes. No me importaban casi nada ni el estado deplorable de mis pies en sus sandalias ni que el paraguas sirviera de muy poco. Llegué al puente y contemplé el paisaje verde, intenso, las gotas de lluvia rompiendo el cristal del río, las barcas pasando por debajo del puente, alguna vaca cercana que lo miraba todo con la tranquilidad de su costumbre, la capilla del King's unos metros más allá.

Y no hubo más. Pero tampoco fue necesario. Los momentos de plenitud suelen ser así de modestos. (Y que siga lloviendo).

dijous, 12 d’abril de 2012

PERIPLO

El 31 de julio de 2009 publiqué una entrada en mi primer blog que ahora quiero recuperar. Se titulaba "Memòria d'anar a la feina" i en ella contaba una experiencia fotográfica: cierta mañana de aquella primavera pasada había salido de casa con la cámara de fotos preparada y había ido tomando fotos de todas las escalas de mi recorrido matinal e inevitable: salida de casa, metro en dirección a la estación de tren, transbordo, llegada al tren... y así hasta el cansancio (el mío diario, no en vano, dado que trabajo fuera de Barcelona, tomo tres transportes para ir a trabajar y otros tres para volver a casa, transbordos aparte).


El otro día me topé con esa entrada y me sirvió para darme cuenta, casi tres años después, de varias cosas. Primera, que mi vida en ese sentido sigue igual. La ruta que hacía entonces es exactamente la misma que hago ahora, y que llevo haciendo desde hace tantos años. Segunda, que cuando hablan de ir a trabajar a Laponia si es necesario a mí, desde luego, no me pilla de nuevo. Siempre me he movido para ir a trabajar, siempre. Con las oposiciones recién aprobadas estuve tres años trabajando a casi cien quilómetros de Barcelona. Luego seis a ochenta quilómetros. Ahora soy feliz porque trabajo sólo a veinte. Y sí, pienso que hay gente un poco comodona que quiere que le traigan el trabajo a casa; permitidme que lo diga.

Pero me di cuenta de más cosas. Por ejemplo, que las obras en la Sagrera de las que hablo en la entrada todavía siguen. ¿Por qué duran tantísimo las obras en este país? O de otra cosa: que mis cafés matinales se han visto radicalmente reducidos por problemas con la tensión.

Y finalmente la entrada que ahora recupero me hizo pensar en otra que en estos días está de actualidad: que los restrictivos presupuestos del Gobierno central son especialmente restrictivos con Catalunya. Leed esto, por ejemplo, donde se glosa que la inversión de Fomento en las cercanías catalanas, que son las que servidor utiliza a diario y que salen en las fotos, ha bajado un 95% mientras que la inversión en cercanías madrileñas ha subido un 25. Y eso no es baladí: en el punto exacto donde servidor toma el tren ha habido en menos de un año dos accidentes: en ambos casos un tren ha arrollado a otro que estaba parado en el andén. El motivo: una señalización incorrecta. Inversión para solucionar el problema el próximo año: cero euros.

Siento mucho acabar mi addenda actual a tan amena entrada de forma tan desagradable, pero es así. Y que nadie se confunda: esto no es una crítica al uso contra el PP. Es una crítica contra el PP además de una crítca contra la connivencia española ante el habitual maltrato económico que el Estado comete contra mi país. Contentos me tienen entre unos y otros.

Y ahora la entrada del 2009. Veréis mi sombra.

"N'hi ha que es queixen d'haver d'agafar el metro per anar a la feina. No seré pas jo qui els critiqui, tothom té dret de queixar-se del què vulgui, faltaria més. A continuació us mostro el repertori de transports diaris que segueixo jo. No és per victimisme, que m'ho passo molt bé i llegeixo molt. I a més m'he mogut tant per anar a la feina que ara sento que treballo al costat de casa. Demano disculpes per la qualitat d'algunes imatges: una de les meves característiques de bon matí són les presses.

Sortida de casa. El rellotge marca dos quarts i deu de vuit. Som-hi cap al metro (llicència: si l'amenaça de fer tard és molt real, agafo un taxi, com els milionaris).


Primera parada, el metro. Línia blava. Característica general: tot està molt buit, o si més no, força buit comparat el tràfec de d'altres hores.



Tant de bo el metro em portés directament al tren. No és així. Això vol dir: enllaç. És el moment d'esperar que el proper metro no trigui i que les escales no siguin plenes. No hi ha res més frustrant que veure com el metro s'escapa perquè un no pot anar més depressa per culpa del tap de gent.
Ara línia vermella... El metro ha d'arribar encara. El gran problema dels transbordaments és el temps que triguen els metros. Depenent de la sort un viatge por durar deu minuts o vint-i-cinc. Si les coses van mal dades millor no mirar el rellotge.



Arribats a Renfe, segon transbordament. Escales, més i més escales, pujar i baixar. Passadissos. Músics (per cada un de bo, dotzena i mitja d'esgarrifosos). I presses. Si arribo amb temps a Renfe puc prendre el cafè al bar de l'estació. Si hi ha perill de què el tren fugi, el cafè haurà d'esperar.


I finalment arribada a l'estació de Renfe, amb el temps just, és clar.


Sol passar que la megafonia anuncïi l'arribada del tren. Així que mirada de reüll al bar de l'estació.
El tren espera(?) aturat a la llunyania. Una foto (moguda, és clar) i carrera.

Comença el trajecte fora de la ciutat. Observació discreta i lectura.


I mirar per la finestra. El particular paissatge, les obres de la Sagrera, el pont del Besós...


O fantàstics edificis a primera línia de mar...



O la Nacional que voreja la costa.
O el mar, tan relaxant.

O edificis modernistes que contrasten amb els grans blocs.



I finalment algun port esportiu.
Un cop arribats a lloc no es pot tampoc perdre el temps. Serà el moment del cafè, si es pot...



El dilema és prou clar:
Hi ha temps, poc però n'hi ha. Així que cap a l'esquerra (sempre m'agrada més anar cap a l'esquerra). Afortunadament al bar no hi ha ningú (no sól pas ser el més habitual, generalment aquests bars d'estacions estan sempre plens de treballadors que de bon matí ja es prenen el que ells anomenen "barrechas" que no és una altra cosa que conyac amb força anís... sempre m'ha estranyat que no hi hagi més accidents laborals).

Si a l'estació no hi ha temps pel cafè (és una obsessió meva de tots els matins, com es pot veure) sempre resta el recurs de la màquina de la feina que fa els pitjors cafès del món, com sol passar amb aquestes màquines. Bons són, de totes maneres, quan no hi ha res millor. Aquesta és la màquina dels mals de panxa...

Que hi hagi temps no significa que hi hagi molt temps. Per això, des de sempre, els meus cafès in itineri són sempre cafès amb gel, encara que nevi. Així un evita haver d'esperar que s'arrefredin.
Després del cafè arriba el moment de l'últim transport de la jornada (bé, de la jornada no, que després s'haurà de tornar a casa i desfer el trajecte): un autocar que té la particularitat de ser alguns dies extremadament puntual i d'altres absolutament impuntual.



I ja finalment, una estona de camí abans d'arribar.

Són ja gairebé les vuit."

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