Para todos los amigos que aún no lo sepan he abandonado este blog y he abierto otro. Ahora me encuentro en Accés a Maians, lugar en el cual voy colgando las nuevas entradas y donde me gustaría encontraros a todos.

dilluns, 31 de gener de 2011

LA CIUDAD QUEMADA

(Tengo redactada esta entrada desde hace algunas semanas. Quién me iba a decir a mí que ahora, con todo lo ocurrido en Túnez, con todo lo que ocurre en Egipto, iba a adquirir un nuevo sentido. También ellos viven su Semana Trágica.)


A principios de julio de 1909 se produjo una gran revuelta en Marruecos, en la zona del Rif (alrededores de Melilla), donde se estaba construyendo un ferrocarril. Bastantes eran los políticos de la época que se aprovechaban notoriamente de dicha empresa. El gobierno español del momento, presidido por Antonio Maura, no estaba dispuesto a ver peligrar sus inversiones en la zona y sospechó de una inmediata guerra en Marruecos. Llamó a filas a los reservistas españoles. Los reservistas eran hombres de mediana edad que habían acabado los dos años de servicio militar obligatorio y que en aquellos momentos estaban ya casados y con hijos la mayoría. Todos los reservistas y soldados españoles se desplazaron a Barcelona, lugar desde donde iban a salir en dirección a Marruecos, a combatir en una más que probable guerra.

Barcelona se llenó de soldados y reservistas. Y de odio. De odio porque se enviaban a miles y miles de hombres jóvenes a luchar en una guerra que escondía miserables intereses económicos de una minoría afortunada. De odio porque ningún rico iba a la guerra (pagando 1500 pesetas de la época se libraban). De odio porque se decía que también la Iglesia, que apoyaba a los ricos como ha hecho casi siempre, tenía intereses económicos en la zona. De odio porque las burguesas repartían escapularios y sonrisas a los pobres desgraciados que hacían cola en el Puerto de Barcelona para subirse a un barco que les llevaría a una muy probable muerte.

Barcelona en aquellos años era la rosa de foc, una de las almas del anarkismo europeo. El proletariado catalán estaba enormemente politizado y sentía un gran odio hacia una Iglesia que se había posicionado vergonzantemente del lado de los bien peinados.

El resultado fue que se declaró una huelga y que cierta mañana, llenas de esa hipocresía que a algunos nos pone de los nervios, las emperifolladas damas de la burguesía catalana fueron a repartir rosarios y crucifijos a los malhumorados hombres que dejaban atrás mujeres e hijos. Las esposas, las hijas, las amigas de esos hombres fueron quienes iniciaron la revuelta. Comenzaron a insultar a las damas burguesas, esas mismas que bendecían crucecitas y daban cariñosos abrazos pero que habían pagado las 1500 pesetas pertinentes para que ni maridos ni hijos fueran a perder la vida a la guerra del Rif. Los hombres se sumaron a los gritos de las mujeres y comenzaron a tirar los rifles al mar, las cruces, los abrazos. Probablemente hasta a alguna burguesa la tiraron al mar (me gusta imaginarlo así). Y salieron luego, sin atender a la autoridad que les llevaba a una muerte interesada, a quemar conventos e iglesias ("La única Iglesia que ilumina es la que arde") porque ya estaban hartos de tanto ser el burro de carga que recibe todos los golpes. Fue lo que se llamó La setmana tràgica.

Barcelona ardió. Se desentarraron tumbas, se profanaron cadáveres de benditas sores y benedictos frailes, se escupió a más de un cura, alguno caería fruto de la rabia que había cosechado pacientemente durante tantos años. ¿Se cometieron injusticias? Seguramente. Casi con toda seguridad. Pero el pueblo tiene un límite y cuando se sobrepasa se tiran piedras que no siempre reciben los que debieran. La violencia no puede justificarse nunca, pero a veces, cuando mandan a tu padre a la guerra y escuchas a la vecina rica como se marcha riendo, se entienden muchas cosas. La gran lección de aquellos días es que la paz se construye sobre las bases de la justicia. O no hay paz.

Y fue en aquellos días en que apareció una figura emblemática y querida, un hombre honesto y justo. Murió, claro. Asesinado por el poder político en el Castillo de Montjuïch. Le hicieron responsable de todo cuando su única responsabilidad había sido intentar cambiar las cosas y construir un mundo más justo. En una próxima entrada hablaré de él (y de un libro excelente que he leído estos días).

(Las imágenes están, obviamente, tomadas de la red. Y el texto de esta entrada complementa a otras entradas que puse en mi otro blog, hace bastante tiempo. Me preguntaba en aquellas ocasiones (ésta y ésta) por qué todas las revoluciones barcelonesas, o casi todas, se habían dado durante el mes de julio, empezando por la setmana tràgica.)

dijous, 27 de gener de 2011

CUBELLS: TODOS A LA CALLE

Abril de 1980. Unos coches llegaban a un pequeño pueblecito leridano. Los ocupaban personas teóricamente en son de paz (enviadas por el obispo de la diócesis y por el Ministerio de Cultura), pero el pueblo en pleno salió a la calle, cortó la carretera y no dejó que los coches se acercaran a su población. Los ocupantes, con sus mejores sonrisas, venían a recoger unas imágenes religiosas custodiadas en las iglesias del pueblo para llevarlas a algún museo y, teóricamente, protegerlas. El pueblo no lo permitió. Hubo gritos, amenazas y miedo. Y los funcionarios del ministerio y los curas se tuvieron que volver por donde habían venido con las manos vacías.

Ese pueblo se llama Cubells y es el pueblo donde nací yo. ¿Cómo es posible que un pueblo de paz reaccionara de forma tan violenta frente a unos visitantes que pretendían solamente (teóricamente, añadiría yo) recoger sus muestras artísticas para protegerlas de posibles depredadores? La explicación, como en casi todo, se encuentra en la historia. Cubells había atesorado grandes muestras artísticas que muchos sacerdotes no habían tenido empacho ninguno en vender al mejor postor. De esta forma actualmente tenemos muestras de arte original de mi pueblo en museos de Barcelona, Bilbao o Chicago, por nombrar algunos. Siempre se hizo con teóricas buenas intenciones: proteger las muestras artísticas, tratar de evitar su robo, conseguir un dinero para el pueblo... Pero la realidad es que en 1980 en Cubells casi no quedaba nada de todo el arte que había tenido. Y las últimas piezas iban a recogerlas, ese día de abril de 1980, varios miembros del ministerio y de la diócesis.

Se montó una marabunta descomunal, los niños no fueron a la escuela, el pueblo acudió en masa para cortarles el paso a los representantes oficiales y cuentan las crónicas que el coche de los representantes religiosos fue alzado a peso por los vecinos. Uno de los curas amenazó con que iba a venir el obispo (ingenuo... estábamos ya en 1980 y el obispo ya no asustaba a nadie). Y, siempre según las crónicas, como en uno de los mejores relatos carpetovetónicos de Cela, una de las más notables beatas tronó a voz en grito: "Eso, eso, que venga el obispo, que le vamos a cortar los cojones". Excelso.

Cuando hace un par de años estuve en NY visité The Cloisters, un edificio de claustros originales pirenaicos llevados piedra a piedra a Manhattan, donde además pueden apreciarse numerosas muestras de arte sacro catalán, navarro y francés. Los habitantes de Cubells sabían que esas cosas ocurrían: que con buenas intenciones se llevan lo que tienes y que probablemente luego alguien se llena los bolsillos con ello.

Como podéis ver la cosa apareció en la prensa. Imagino que de haber existido los actuales programas de cotilleo hasta en la tele hubiera aparecido. Y cierto periodista, muy señor y muy burgués de Barcelona, bienpensante y promuseístico, ventiló el asunto diciendo que se había tratado de una quijotada. No entendió nada el señor. O probablemente lo entendió todo. Una gran quijotada de un pueblo unido defendiendo lo que es suyo.
También se generaron cartas al director, algunas a favor de la actitud fuenteovejunesca del pueblo y otros a favor de las autoridades. Naturalmente la gente de bien se puso del lado del pueblo. Sólo los rancios levantaron el dedo.

Es importante acabar esta entrada diciendo que en la actualidad las imágenes y demás objetos artísticos que un día el pueblo defendió siguen felizmente en Cubells. Nadie volvió a intentar llevárselas. Cambiaron la llave de las iglesias, multiplicaron las medidas de seguridad, aseguraron las imágenes con protección de hierro a las centenarias paredes de las iglesias y esperaron que no volvieran más ni obispos ni ministros. Así fue. De momento habían descubierto que, a veces, es importante saber enseñar los dientes a tiempo.

dilluns, 24 de gener de 2011

CRUCEIROS

(Esta entrada es la continuación de la entrada dedicada a Galicia y los hórreos , puesta a principios de enero)
Tras la maravilla de los hórreos, otros detalles curiosos que me sorprendieron durante mi estancia gallega: las galerías por ejemplo. No he visto en ningún otro lugar del mundo esas galerías enmarcadas en madera blanca, con los cristales formando esos pequeños cuadrados desde los cuales es posible ver el mundo. Las casas de cristal de A Coruña son el paradigma, pero existen multitud de ejemplos.
Pero sobre todo los cruceiros. Qué sorpresa los cruceiros. Son cruces de piedra que aparecen, mágicas, sorprendentes, en las esquinas, en las plazas, en los lugares más inesperados. En principio no me extrañaron, porque también en Catalunya las cruces de piedra marcaban los límites de los municipios y todavía existen, testimonio del pasado. Pero en Galicia observé que había muchas y que no podían limitarse a marcar lindes. Recuerdo que lo pregunté a un guía: ¿para qué servían los cruceiros? El buen hombre no supo decirme. Me habló de tierras, de cruces, de supersticiones. Pero no me dijo nada claro. Todo era muy confuso. Y mira que odio los tópicos, pero al final pensaba, gallegos tenían que ser estos cruceiros tan misteriosos.
Probablemente la razón no sirva para nada a ciertas alturas. Probablemente, frente a la belleza, lo mejor sea contemplarla y disfrutarla. Pero quien me conoce sabe que difícilmente puedo evitar satisfacer la inquietud, y sabe también que en muchas ocasiones la razón me es fundamental para disfrutar con mayor intensidad de la belleza. Los cruceiros me siguen fascinando. Y ahora sé algo más de ellos. Gracias, debo decirlo, a María Jesús, de Paradela, y a Dilaida de Groucho. Estas dos gallegas claras, clarísimas, me han explicado que el cruceiro está considerado una de las muestras más hermosas de la arquitectura popular. Que tienen un origen gótico, impulsado por el barroco, cuando construir un cruceiro fue un modo de conseguir indulgencias. Que casi siempre tienen una relación muy directa con la sacralización del espacio, por lo cual se colocaban generalmente en el lugar en que había ocurrido algún episodio terrible, sanguinario, y que aportaban ese valor mágico que era capaz de ahuyentar a los espíritus malignos. Son, por tanto, protección y guía de caminantes. Que los hay de varios tipos (a saber; cruceiros de término, para marcar los límites de las parroquias, de encrucijada, en los cruces de caminos, de parada, para que la procesión los rodee y pueda regresar por donde ha venido, los devocionales y expiatorios, los cruceiros de muerte, levantados donde ocurrió una muerte trágica, entre otros). Que, de entre todos los cruceiros gallegos, uno de los más hermosos es el de Hío. Que la cruz ocupa un lugar central en toda la iconografía gallega, y que corona incluso los hórreos como forma de proteger el contenido. Y me hablaron de santos, de romerías, de lagartijas, de lagartos, de muertos y de vivos.
A veces, cuando me marcho de un sitio, tengo claro que regresaré a esa tierra. Ocurre cuando algo muy interior se removió durante la estancia, o cuando uno sabe que algo muy interior se removerá en el futuro, a raíz de la estancia. Galicia asoma desde la profundidad de su nombre lleno de sugerencias. Supongo que si los cruceiros me hablaron quiere decir que me habló Galicia. Así me gusta pensarlo. Aunque tuvo razón María Jesús cuando me dijo que quedaba pendiente conocer "Galicia desde dentro".

dijous, 20 de gener de 2011

EN CATALÁN TAMBIÉN

Fijaos en una cosa: todo lo que afecta a las lenguas minoritarias siempre lleva polémica. Es cansino. Nada que afecte al español la conlleva. Es como que tenemos asumido que el español es la lengua. Las otras son otras lenguas. Por tanto, que no nos cuesten dinero y que se ocupen de ellas los lugareños.

Pero, vamos a ver. ¿Nos hemos creído en algún momento que catalán, vasco y gallego son también lenguas españolas? Porque si es así, supongo que será deber de todos protegerlas, como deber de todos es proteger las manifestaciones culturales aunque se celebren en Ceuta, digo yo.

Para mí el estado español es un estado formado por cuatro comunidades culturales (diría naciones pero ya veis, no se puede): la castellana, la catalana, la vasca y la gallega. Y no necesariamente en ese orden. ¿O sí? Cuando muchos españoles contemplan el catalán como un problema que no tiene nada que ver con ellos, o no entienden la complejidad de su propio país, o no les gusta la complejidad de su propio país.

¿Cuál es el problema? O mejor, ¿cuál es uno de los problemas principales? Yo pienso que querer igualar España a una de esas comunidades culturales. Que España sea castellana. Y luego se preguntan muchos por qué hay algunos que no se sienten cómodos. Pocos parecen darse cuenta de que puede ser debido a que, esos que no se sienten cómodos, básicamente no son castellanos. No quiere decir que tengan manía a lo castellano. Quiere decir que no son castellanos. Con la misma naturalidad con que no son franceses o rusos. Llanamente. Sin más. Y sin acritudes.

El intento eterno de igualar España a lo castellano parece que se ha conseguido casi del todo en Valencia. El empeño es apurado en Galicia. Yo lo veo casi como una campaña en favor del uniforme. ¿Quién se ocupa de uniformar, de intentar acabar con la diversidad que no les gusta?, se me preguntará. El PP, dirán muchos. Y se equivocarán. Contribuye a ese intento toda persona que no comprende que España debe ser federal. Contribuye a ese intento toda persona que no acepta el legado vasco, gallego y catalán como propios, lenguas incluidas. Contribuye a ese intento quien no comprende que la uniformidad del país sólo podrá ser posible a partir de la aniquilación de otras culturas que se hablan, eso sí, en la intimidad cuando conviene. Todas esas personas, quiero decir, todos esos millones de personas, contribuyen a falsear la realidad y seguir empeñándose en que España es castellana. Desde esta óptica, lo demás molesta. Hay siempre que acomodar la realidad a lo que uno quiere.

La polémica sobre el Senado y las lenguas españolas vasca, gallega y catalana (¿son españolas, no?) es sencillamente asquerosa a mi modo de ver. ¿Para qué traducir?, se preguntan muchos aparentemente llenos de buena intención. Cuesta un dineral y en castellano nos entendemos todos. Ese es el argumento. Irreprochable. Visto desde fuera dices, claro, vaya tontería. Pero lo que se discute, y muchos no han querido verlo, o sí han querido verlo pero hacen trampa, es el modelo de estado que queremos. ¿Un estado castellano? ¿O un estado diverso, con varias lenguas? Claro, un estado castellano. Eso es lo que se quiere potenciar. Nadie parece discutir que España se gaste millones largos en equipar a todo lujo la vivienda del embajador de un país sudasiático que casi no recibe turistas españoles. Sí discutimos, sin embargo, lo que cuesta un traductor que no significaría ampliar la dotación económica existente para Congreso y Senado. Seguramente si una parte de ese dinero se dedica al traductor, podrán desayunar menos durante sus provechosas comisiones. Porque es eso, no otra cosa.
Más (con acento). Siempre que desde Catalunya se ha pretendido que el catalán sea lengua oficial en el Parlamento de Bruselas (lo cual tampoco significaría un coste adicional sino una redistribución presupuestaria) siempre han contestado lo mismo: No vengan a pedir a Bruselas lo que no les da su propio Estado. Muy natural.

Resultado: si tuviésemos que hacer caso a los del NO sistemático mi idioma hubiera desaparecido ya, o se hubiera acabado reduciendo a un uso folclórico y graciosísimo, lo cual sería la antesala de la desaparición. Quiero decir que no vamos a cejar en nuestro empeño, le moleste a quien le moleste. No, no pido opiniones favorables o desfavorables a este texto. Ya, a estas alturas, no espero ni comprensiones, porque lo de ir de víctima me da mal rollo. Catalunya ha tratado de ser pedagógica sobre los beneficios de un estado federal en muchas ocasiones y no ha servido para nada. Se cargaron un Govern de izquierdas porque era demasiado independentista y han conseguido lo que nunca tuvimos (ni con Pujol, ni con Maragall, mucho menos con Montilla): un President manifiestamente independentista. De derechas, eso sí. Brillantes que son.

Pero no dependemos de cosas tan pasajeras como los presidentes. La voluntad es muy clara. No sé si lo vamos a conseguir. Pero seguiremos dando la lata defendiendo lo nuestro. Conseguiremos una cosa: que al menos mientras se lucha no desaparezca una lengua, aunque a muchos les gustaría. Porque el sueño de construir un estado multicultural e incluso multinacional me parece a mí que se ha perdido por el camino. O mejor, sólo lo creímos cuatro imbéciles.

Algunos me dirán: los catalanes solamente reivindicáis la españolidad cuando os interesa (porque ese es otro argumento típico de quien pretende la castellanización de España). Veamos: los catalanes reivindicamos unos una cosa, y otros otra, que somos muy diversos. Pero sí que hay algo en lo que solemos ponernos afortunadamente bastante de acuerdo: en la defensa de nuestra lengua. Mientras seamos España tenemos derecho. Porque también podríamos decir aquello de que solamente se nos quiere en la medida de que dejemos de ser nosotros mismos.

No. Ya no pido. Exijo. Exigimos. Tenemos derecho. Mentre Catalunya sigui Espanya, en català també.
(Hoy nos hemos madrugado con una bonita portada, la de Público. Zapatero, ese ángel terrible de las antítesis, ese repartidor de arena y de cal a partes desiguales, ayer defendió lo mismo que defiendo yo. ¿Buscará apoyos? No seamos malos. Pues nada... que lleve adelante sus palabras y que comience a enhebrar la aguja del ansiado estado federal. De hecho, no he hablado de otra cosa a lo largo de este texto.)

diumenge, 16 de gener de 2011

MENTIRA UNO: LA MENTIRA DE UN LIBRO

En esta época de desencantos conviene tener presentes las grandes mentiras que nos contaron. No para extasiarnos con ellas y hundirnos aún más. Para lo contrario. Para que las mentiras que fuimos descubriendo (las pequeñas, las grandes, las enormes) nos recuerden, por contraste, que la vida también está compuesta de grandes certezas.

Hoy comienzo con una pequeña mentira, de las que no te llevan a ningún desengaño, sino de las que quedan guardadas en el pequeño rincón de las anécdotas. La actualidad de este enero me la ha recordado. Pretendo que sea la primera mentira de mi vida que recuerde aquí, en el blog.
Hace cinco años y medio que dejé de fumar. Estaba a punto de aprobarse la primera ley antitabaco. Yo dejé de fumar en previsión de malestares futuros. Tan crudo me lo pintaban que pensé que no me quitaría nadie de fumar; que me quitaría yo mismo.

Yo era (soy, supongo que siempre seré) un toxicómano de la nicotina. Había comenzado a fumar cuando tenía quince años. Recuerdo (juro que parece otra mentira, y en cambio es totalmente verdad), recuerdo que fumaba en el instituto, en plena clase. Era un alumno de primero de BUP y mientras me peleaba con las mates o con la literatura encendía mis Fortuna, Ducados, Winston, Marlboro, Camel, Lucky o lo que se terciara (rubio o negro, daba igual). Fumábamos todos en clase, profesores y alumnos. A la salida, más tabaco. Siempre tabaco. Mientras leía, mientras escribía, mientras veía alguna película, cuando tomábamos algo con los amigos, cuando paseábamos. Recuerdo los mareos descomunales con los primeros cigarrillos: al volver a casa, dando tumbos, de un lado para otro de la calle, como si me hubiera bebido un coñac tras otro. Hasta que me acostumbré a la nicotina, lo que ocurrió a las pocas semanas.

Fumé durante años y años de forma compulsiva. Y la ley de Zapatero (la primera) me dio tanto miedo que decidí dejarlo antes de pasarlo mal. Decidí pasarlo mal por propia voluntad. Porque sufrí horrores, lo nunca escrito. El tabaco se había colado en mi vida, en mi ropa, en mi pelo, en mis sueños y en mis pesadillas. Nunca olvidaré el último cigarrillo. Hace casi seis años. Domingo por la noche, antes de acostarme. Quedaban cinco en la cajetilla. Si había decidido que a partir de la mañana siguiente no iba a fumar más debía acabar los cinco que quedaban en una hora y media. Fumé sólo cuatro, porque el quinto ya no me atreví a encenderlo, casi al borde de la intoxicación.

Hice una cosa bien: conocerme un poco. Supe que con el estrés cotidiano del trabajo servidor sería débil y no podría. Así que lo dejé en verano, al inicio de las vacaciones (me daba rabia también, porque pensaba que me las estaba amargando). Y, como ocurre a veces en la vida, me conocí un poco más y supe que era fuerte. Porque a pesar del horrible sufrimiento lo conseguí.
Lo único que utilicé fue chicles de nicotina durante una semana. Cuando vi que me estaba enganchando a los chicles los dejé también, ya al borde del abandono. Hubo otra cosa que pensé que me iba a ser de gran ayuda (y he aquí la mentira del título): leer el libro que por aquel entonces leía todo el mundo: Es fácil dejar de fumar, si sabes cómo de Allen Carr.

Jamás he odiado tanto un libro. Lo leí antes de ponerme, como si se tratase de una terapia (en el fondo lo era). Me escamaron afirmaciones espantosas: en un momento el autor llegaba a decir que el tabaquismo era peor que las armas atómicas porque había matado a más gente. Solté el libro con rabia. Siempre he pensado que esta afirmación, aunque sea verdad, no es otra cosa que una sandez, ni que sea por el potencial peligro que supone la energía atómica, y más aplicada a la espantosa industria armamentística.

Fue una mala entrada con el libro. Y tuve una peor salida. Porque cuando estaba retorciéndome de sufrimiento, por el mono, me acordaba de él y pensaba que no existe nada peor que la mentira. El autor había mentido bellacamente. Se podían decir mil cosas. Que dejar de fumar es saludable, que conviene hacerlo, que se puede conseguir. Pero decir que es fácil es una soberana tomadura de pelo. Para mí no fue fácil en absoluto. Estoy contento de haberlo dejado, lo recomiendo absolutamente a todo el mundo, pero jamás le mentiría a nadie diciéndole que es fácil. Le diría que no se arrepentirá. Y que el esfuerzo habrá valido la pena. Eso sí.

Supongo que cada persona necesita sus propias estrategias. Para algunos ciertas mentiras acaban siendo una ayuda, porque todos nos acabamos convenciendo a veces de que nuestras mentiras son grandes verdades. Nos agarramos a ellas para seguir caminando. Yo prefiero la versión cruda. Que no me digan que subir la montaña es fácil. Que me digan que es una tortura pero que el espectáculo que se divisa desde lo alto vale la pena por encima de todas las cosas.

dijous, 13 de gener de 2011

BUSCANDO A LA MAGA EN PARÍS

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine...


... al arco...




...que da al Quai de Conti...

...y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua...



...Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente...


...entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas...



"¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico."

Inicio de la novela Rayuela (1963) de Julio Cortázar

(Como dijo Miguel Ángel, la Maga es París)

dimarts, 11 de gener de 2011

ANGLADA Y LOS ESTILOS

Copia del artículo titulado ANGLADA publicado en Grito de Lobos:

Durante las pasadas elecciones al Parlament de Catalunya aprendí a aguantar la respiración durante una hora y media. Justo el tiempo en que tardó en caer, por poco, lo que anunciaban las encuestas a pie de urna: un diputado para Plataforma per Catalunya, la asociación racista nacida en Vic.

Cayó por poco, por poquísimo. Estuvo a punto de colarse en el Parlament. Aunque no lo hiciera lo cierto es que miles de catalanes confiaron en Anglada, el líder de la Plataforma, para que llevara a cabo sus proyectos que no resumiré aquí porque son fácilmente deducibles.

Fue la catalana una campaña electoral en que se jugó la baza de los bajos instintos y en que el electoralismo de algunos partidos (PP a la cabeza) apostó por la demagogia populista en este tema, como si la mano dura fuera a arreglar los problemas que ciertamente existen.

Siempre he manifestado la necesidad de ocuparse con extrema seriedad del tema, huyendo tanto de la criminalización de unos (que tan buenos réditos electorales puede procurarles) como del paternalismo (buenismo, lo llaman algunos) de los otros. Se trata de dos extemos, perjudiciales ambos. El buenismo acaba llevando a excesos que luego los de derechas aprovechan sin rubor. Sigo pensando que hay que tratar al inmigrante con máximo respeto, otorgándole los mismos beneficios de que gozamos aquí, pero exigiéndole la adaptación a nuestras normas y leyes. Dicho de otra manera: los mismos derechos y los mismos deberes. Todo lo demás es fuente de problemas, creo.

El motivo de esta entrada es glosar unas pintadas que han aparecido en mi calle. Vivas, contundentes, originales. Si este Anglada, el de la Plataforma, se pasa la vida pidiendo que se vayan los inmigrantes, ¿por qué no le pedimos a él que haga lo propio? Podría hacerlo. Como representante de uno de los extremos de que hablaba antes, a nada ayuda su presencia y su discurso. Así que yo también voto para que se largue.



Y copia del artículo titulado UN ESTILO publicado en el mismo blog unos días después:

Chile, el largo pétalo de mar que cantó Neruda, es otra vez noticia o casi. Esta vez no se trata de salvamentos apoteósicos que permiten apuntarse éxitos al presidente Sebastián Piñera, sino de un serio incidente en el que, además, se han visto envueltos varios turistas extranjeros.

Tal vez eso es lo que ha ocasionado que algunos periódicos se hayan echo eco de que Piñera ha intentado subir el precio del gas natural a los habitantes de la región de Magallanes un 17 por ciento, pese a que durante su campaña electoral prometió que el precio de gas, esencial para sobrevivir allí no se tocaría.

No tiene mucho misterio la historia: un empresario se presenta a la elecciones, promete esto y aquello, y los electores, poco avispados, le eligen creyendo que les va a llevar a una especie de paraíso. Luego la verdad es muy distinta.

Piñera, como tantos otros cree que Chile es una empresa en la que los ciudadanos son simplemente unos empleados de los que se puede prescindir sin más.

Ahora dice que hay que subir el precio del gas natural para que Chile no acabe en la ruina como le ha pasado a España, como si mucho de lo que aquí ocurre no fuera debido a los personajes del estilo de Piñera que también aquí sufrimos.

Siempre pienso que cuando de un asunto solamente hablan los blogs (algunos), mal vamos. Porque probablemente algún tipo de censura está afectando a ese asunto. Como también ha ocurrido en conflictos más cercanos, la presencia de españoles permite acercarnos al tema y trascender el lugar al que previsiblemente estaba abocada la noticia: un pequeño breve considerado como asunto local.

divendres, 7 de gener de 2011

MÚSICA: ANTÒNIA FONT

Lo dijo María Jesús y estuve de acuerdo: mejor empezar el año con música. La duda era qué grupo, qué canción, qué estilo. Jamás he sido demasiado melómano, no al menos hasta hace unos pocos años. La música ha sido un descubrimiento reciente, más allá de los típicos grupos que te gustan cuando eres adolescente.

Todo el mundo sabe que me gusta la ópera, pero era demasiado fácil y demasiado reincidente poner ahora un aria operística. También me resistí a poner algo de Serrat, de Llach, de Silvio, de Raimon, de algún otro cantautor, que son otros de mis favoritos musicales (Serrat ya menos, de un tiempo a esta parte no le pillo el punto). Pensé luego en poner algo de lo que tengo previsto hablar algún día en mi blog: de la música indie. Al final me incliné por otra canción, por otro tipo de música.

Se trata de un grupo mallorquín que canta en esta lengua mía que recibe varios nombres según la zona (catalán, valenciano, balear) pero que es la lengua que compartimos muchos (cada uno con sus acentos y sus particularidades dialectales, como ocurre siempre en cualquier idioma). Se llaman Antònia Font, aunque no existe ninguna Antònia Font entre sus miembros (todos chicos, aunque cuentan las crónicas que en sus años de instituto alguno de ellos vivió una fascinación amorosa por una compañera de clase que recibía ese nombre). Hacen un tipo de música popular sin grandes pretensiones pero enormemente alegre y divertida. Os traigo dos vídeos, tan extraterrestres ambos como extraterrestres son los integrantes del grupo. El casi himno Wa Yeah y la que hoy por hoy se convierte casi en una declaración de intenciones: Alegria. Y si queréis conocerlos más podéis entrar en su página oficial.

dimecres, 5 de gener de 2011

HÓRREOS. GALICIA, CLARO

Ocurre que cuando viajamos somos vulnerables. Tenía una amiga, todo un carácter, que para ligar tenía que tomar un avión e irse a Moscú, por poner un ejemplo, porque allí no estaba en casa y al encontrarse perdida aparecía una imagen menos fuerte que hacía que los hombres quisieran acercársele para protegerla y darle cariño. O eso decía ella, que llegaba de cada nuevo viaje con el fichaje de turno y pletórica de satisfacción.

No voy a hablar de ligues ni de vulnerabilidad, sino de aprendizaje. Porque, aunque no esté probado que la vulnerabilidad aporte ligues, al menos a las mujeres, sí lo está que aporta nuevas miradas. O miradas más atentas. Es por eso que, al encontrarnos en un entorno desconocido, nos fijamos más, y todo nos parece o más grande, o más importante, o más genuino. Probablemente lo sea, y la mirada extrañada sea, como la del niño, la que aporte la verdadera dimensión de las cosas.
Cuando en el verano de 2009 estuve en Galicia mi mirada fue esa, como siempre. En Galicia había permanentemente algo diferente en el ambiente. Probablemente el adormecimiento de mi Mediterráneo se había perdido, probablemente el orgullo de lo grande (Madrid, Barcelona, Sevilla) también había quedado olvidado. Asomaba el Atlántico, asomaba lo celta, asomaba el tópico del norte, las leyendas, las brumas, otra mitología menos romana y más bárbara. Supe que yo podría vivir allí (lo primero que me cuestiono de todos los lugares que visito) porque nada de su entorno (físico o espiritual) me era ajeno.

¿Cómo poder explicar todo lo que te aporta una tierra que descubres? ¿Cómo verbalizar la enorme lista de impresiones y de sugerencias apenas entrevistas (como apuntadas a toda velocidad en una servilleta de papel)? ¿Cómo decir con palabras la impresión que los siglos y los milenios han dejada grabada en una persona viajante, caminante o llanamente turista? Porque en Galicia, como en los grandes sitios, fue eso: el peso de los siglos y de los milenios en una roca enorme que no todo el mundo observa pero que todo el mundo siente. Galicia es lo que se quiera, menos ligera.

Ese poso inmenso de tradiciones diversas se concreta en otra peregrinación de la que me habló María Jesús, nuestra amiga de Paradela: es mucho menos conocida que la del Camino pero seguramente más antigua, y atestigua ese pasado remoto del que nos hablan las piedras y las miradas. Se trata de la peregrinación a San Andrés de Teixido, una ruta de origen celta en la cual no se puede matar a los animales que uno encuentra por el camino (lagartijas, por ejemplo) porque se trata de las almas de los muertos que llevan a cabo una peregrinación inevitable. Porque "ao Santo André de Teixido vai de morto o que nom vai de vivo". Ahí va un breve fragmento de un artículo del profesor Xosé Paz que apareció en la revista Auria (gracias también, María Jesús Paradela, por tu traducción) hablando de la inequívoca autenticidad gallega de esta peregrinación: "Sentimos opinar que la de Compostela no es peregrinación auténtica, porque allí puede estar el alma del apóstol Santiago, pero es imposible que esté su cuerpo. A lo mejor es el cuerpo de Prisciliano, tal como muy bien señalaba Castelao en su Sempre en Galiza".
Pero vuelvo al principio, a la mirada del recién llegado. ¿Qué es lo primero que miré con admiración? Los hórreos, supongo. Arquitectura magnífica, bellísima. Lo útil en forma bella. Pero de una belleza discreta, como si los propios moradores no se hubieran dado cuenta. Porque en Galicia conviven, por lo que vi, dos espíritus que no se contraponen. El discreto, el sencillo, el que pasa por la vida sin hacer ruido, y el ampuloso, el que sabe que necesita llamar la atención para sobrevivir. Cuando supe que en la Catedral de Santiago hay dos pórticos, el barroco por fuera y el románico, el pórtico de la Gloria del maestro Mateo, por dentro, entendí esta ambivalencia gallega y la enorme complejidad de este pueblo. Aunque lo grande aparezca a veces, el alma es sencilla, discreta y enormemente hermosa.
(Continuaré hablando de Galicia en otra entrada. Querré entonces hablar de los cruceiros, la cruz misteriosa de los caminos que tanto me sorprendió)

dilluns, 3 de gener de 2011

CUIDADO CON EL PERRO

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